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Tiempo de lectura: 2 minutosAl acecho

Por Mariano Bizzio

Al acecho 
Argentina, 2019, 95′
Dirigida por Francisco D’Eufemia
Con Rodrigo de la Serna, Belén Blanco, Walter Jakob, Hector Bordoni, Pablo Ragoni, Facundo Aquinos

La ciénaga

Por Mariano Bizzio

El cine argentino tiene una relación larga y prolífica con el policial. Me atrevería a decir que, en mayor o menor medida, se trata del género que mejor supo sobrellevar los vaivenes del desprecio olímpico con el que la cultura argentina ha tendido a tratar al cine de género luego de la debacle del sistema de estudios tal cual y como los conocimos alguna vez. Por eso cada vez que emerge un policial en el marco de los estrenos locales (mas en un contexto de pandemia, encierro, ausencia de cines y proyecciones limitadas al visionado online), todos los críticos levantamos la cabeza para ver de qué se trata, al menos por curiosidad. Pero la experiencia no siempre sale bien y, por el contrario, esa suerte de piso, ese estándar en donde creemos que el policial argentino puede hacer pie, a veces se mueve un poco.

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La irrupción de Al acecho puede que no nos traiga mayores novedades en relación a la matriz ideológica del policial negro en cierto período de su historia (la estructura narrativa de «el último trabajo para salvarse y salir» es bastante común y ha sido revisada una y mil veces). Pero lo que se agradece es la estrategia del cambio de eje geográfico, corriendo el eje a la zona rural, como lo es en este caso el Parque Pereyra Iraola. La decisión de poner el eje en torno a la mafia de los cazadores furtivos, la transa con los guardaparques, la estructura del tráfico de animales y la pequeña estructura criminal de baja escala que supone el centro narrativo que propone la película es un giro interesante respecto de la estructura narrativa mencionada: acá no hay un último trabajo salvador que permita salir del delito, pero tampoco hay una estructura delictiva que aporte grandes cantidades de dinero. Mas bien se trata de un policial negro rural que pone el eje en el chiquitaje, en la mejicaneada de la materia prima, en la pelea por unos mangos.

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La idea del policial negro en un capitalismo de supervivencia ha sido visitada en muchas ocasiones por el policial negro urbano. Pero este cambio de perspectiva construye, curiosamente, un acto de respiración, un cambio de ritmo respecto de la claustrofobia del espacio urbano. En Al acecho testimoniamos una idea que tiene enormes puntos de contacto con la notable El otro hermano (Adrián Caetano, 2017): no hay salida, no hay salvaje no siquiera por medio del mundo del delito, no hay siquiera con qué garabatear una consistencia de continuidad. Vivimos en una ciénaga de degradación de la que ya no se puede salir ni trabajando ni delinquiendo. Lo único que queda es la caída. Esa idea demoledora es una declaratoria política, también: es el gran señalamiento que el policial negro argentino contemporáneo tiene para hacerle a su época. Vivimos en la anomia y no hay salida. Por eso quizás esos planos obsesivos con drones también dan cuenta de una mirada desesperada y entomológica: humanos que viven como insectos eliminándose mutuamente.

En ese gesto que retoma tradiciones del género Al acecho también mira y encara al futuro y al pasado, como lo hacía el film de Caetano: solo nos queda ver la caída y la degradación. A la vuelta de la esquina se nos viene el desastre de la supervivencia y la muerte. Qué timming para estrenar.

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