Así habló el cambista 
Uruguay-Argentina-Alemania, 2019, 97′
Dirigida por Federico Veiroj.
Con Daniel Hendler, Dolores Fonzi, Luis Machín, Germán De Silva y Benjamín Vicuña.

Los nuevos templos

Por Carla Leonardi

La última película del realizador uruguayo Federico Veiroj, reconocido por películas como La vida útil, El apóstata y Belmonte, es más ampulosa en cuanto a sus ambiciones que sus precedentes, pero no obstante logra mantener la idiosincrasia rioplatense así como sus marcas de identidad como director. Una de esas marcas está en el trabajo obsesivo en torno al conflicto íntimo de los protagonistas con el universo masculino y sus representaciones. Y como esa masculinidad se piensa en torno a la religión, el desempleo o el éxito como factores determinantes de la subjetividad masculina de sus personajes. 

El film abre en la Jerusalén de tiempos de Jesús, mientras la voz over del narrador relata que ya en ese entonces cuando el hijo de Dios echó a los usureros del mercado había entendido que los cambistas son el origen de todos los males. Mientras corren los títulos de presentación la cámara entra en el fastuoso edificio del Banco Nacional de Uruguay. La cámara sigue los movimientos de dos ancianos que depositan dinero en una caja de seguridad y su salida del banco hasta el auto donde el narrador los espera. La acción se sitúa en Montevideo en el año 1975, en el distrito bancario de esa “Suiza financiera” incrustada entre Argentina y Brasil, en la cual se convirtió nuestro país vecino cuando el gobierno militar liberó el control de cambios. El narrador dice llamarse Humberto Brause (Daniel Hendler) y ser cambista. A lo largo de la película queda claro que el recorrido que lo ubica en la puerta de ese banco en 1975 permite caracterizarlo como un especulador inescrupuloso que hace su negocio comprando y vendiendo dinero y que obtiene su ganancia aprovechándose de las crisis financieras de Argentina así como del lavado de dinero sucio de políticos uruguayos y de turbios empresarios brasileños. 

La narración se organiza, por tanto, a partir de este comienzo, como un largo flashback que se remonta hasta el año 1956, para contarnos el recorrido que sitúa al protagonista en ese presente. Y luego si avanza desde su situación en 1975 hasta las consecuencias en el año 1976. En un inicio se nos retrotrae a 1956, época en la que Brause era el joven asistente del Sr Schweinsteiger (Luis Machín), un reconocido y respetado cambista de quien aprende el oficio y que se convierte en su suegro al casarse con su hija Gudrun (Dolores Fonzi). El primer viaje que hace Brause hacia la meca financiera de Suiza, entonces, es lo que tuerce su camino despertando la tentación hacia la avaricia y los placeres de la lujuria. El objetivo de su vida deja de ser ganarse el respeto de los demás y hace del dinero el objeto al cual entregarse. Suiza, territorio rebosante de capitales, se convierte entonces en su paraíso de perdición. Así traiciona a su mentor, primero falsificando su firma, acaso con la picardía de que Gudrun pueda ir a un campamento, pero con el tiempo lo hace autorizando la colocación de dinero de políticos corruptos en Wall Street. 

La diferencias entre ambas generaciones de cambistas se hacen evidentes. El suegro tiene sus límites éticos que no le permiten trabajar con dinero mal habido e incluso frente a la pérdida del honor, el bien de su hija y de sus nietos el reparo ético es lo único que lo detiene de consumar los impulsos de matar a su yerno. En Brause, en cambio, al traicionar a su maestro y suegro, se advierte la caída de la figura del padre en tanto aquel que prohíbe y permite, pero también ordena y regula simbólicamente. Sin el padre como brújula, Brause queda sometido por el imperativo de goce ilimitado al cual empuja el flujo de circulación del capital financiero. Ya no hay vergüenza, asco ni moral, que lo detenga.  

En la clásica disociación de la vida amorosa, Gudrun queda en el lugar de esposa y madre, mientras que el deseo se juega para Brause con distintas amantes y prostitutas. Pero lo nuevo que supone ese cambio de generación es que no hay intención alguna por ocultar el engaño y el descaro con que le dice a su esposa que se haga revisar por el ginecólogo -porque pudo haberle contagiado alguna enfermedad venerea- mientras cursa su embarazo. Otro elemento es la culpabilización a la mujer por su frialdad, como justificación para sus infidelidades, cuando tampoco de parte de Brause se aprecia gesto amoroso alguno. Su trato hacia ella durante el cortejo la sitúa para él como un bien preciado a adquirir (es la hija del jefe), por el cual  está dispuesto a cometer cualquier bajeza necesaria, más que como sujeto digno de su amor y respeto. Por otra parte, Brause se sitúa ante Gudrun, como un hijo respecto de una madre, lo que explica su impotencia sexual y la obediencia con que le responde en sus prohibiciones y cuidados. 

Si pensamos las cosas del lado de Gudrun, el rasgo de elección de objeto es el padre protector. Humberto es cambista como  su padre y ella espera recibir de él, la manutención económica como antes la recibía de él. Este era además el rol de dependencia destinado a la mujer al quedar restringida al lugar de esposa y madre. De ahí que Gudrun renuncie a  la separación y mantenga esa vida vacía de tantos años, sosteniendo el ideal de la familia. En cuanto a la relación con sus hijos, Brause se limita a ser el genitor y el proveedor de todas sus demandas mediante el dinero, induciéndolos al empuje por el consumo, más que situándose como un referente capaz de transmitir un límite. La película, en este aspecto, no hace otra cosa que establecer paralelismos entre la pérdida de reparos morales propias de la circulación del capital financiero a la vez que ligarla a la difuminación de los propios límites morales en la vida privada.

La experiencia con los políticos uruguayos expresa la iniciación en el delito por parte de Brause. Por su inexperiencia para pasar desapercibido, su ascenso es rápido como su caída. El descenso a los infiernos está simbolizado (casi toda la película opera por simbolismos de mayor o menor intensidad) por su descenso en la escalera hacia la celda de la cárcel durante unos meses y por el uso de la luz, que lo sume plenamente en la oscuridad. Veiroj construye una idea evidente y sin demasiadas sutilezas sobre adoradores del dinero, quienes florecen en su esplendor al aprovecharse de la desgracia ajena invirtiendo en la timba financiera durante las crisis financieras y políticas. Las valijas colmadas de dinero, son signos obscenos, que redundan en lo innecesario.

Es en la última media hora de película en donde el pulso del thriller se hace más patente. Hay una lograda atmósfera de neo-noir, que construye un tono distinto, como si la película quisiera encontrar una autonomía estilística respecto de sus subrayados. En ese contexto el camino de Brause se torna más peligroso y más conflictivo en cuanto a la dimensión ética cuando debe lidiar con la persecución del Teniente de Fragata Bondpland (Benjamín Vicuña), dispuesto a adueñarse del dinero de los guerrilleros, a la vez que ese mismo dinero también sea codiciado por Brause, ya que le permitiría mantener a flote su negocio. Aquí introduce Veiroj la cuestión de la apropiación ilegal de los bienes de los desaparecidos durante la dictadura militar, como ya lo había hecho Naishtat con su película Rojo. Pero lo hace, otra vez, sin sutileza alguna, como si la alegoría se hubiera instalado.

Así habló el cambista, es un retrato acertado del cambio de paradigma que supone la declinación del padre y las consecuencias desubjetivantes que derivan de la captura en el imperativo de la pragmática (y el discurso) capitalista en la contemporaneidad, pero al mismo tiempo lo hace con una inevitable incapacidad para tomar distancia, al menos por algunos minutos, de ciertos lugares comunes que hemos visto representados una y mil veces a la hora de representar el mundo de la codicia y sus consecuencias inmediatas en la vida privada de las personas.

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