Baldío 
Argentina, 2019, 78′
Dirigida por Inés de Oliveira Cézar
Con Luis Brandoni,  Cecilia Dopazo,  Mónica Galán,  Rafael Spregelburd,  Gabriel Corrado, Leonor Manso,  María Figueras,  Nicolás Mateo,  Mónica Raiola

El suplicio de una madre

Por Carla Leonardi

Una reconocida actriz, con peluca rubia y enfundada en un tapado, llega al set de filmación de la película en la que participa como protagonista. En la escena siguiente, Brisa (Mónica Galán) ha abandonado el vestuario de su personaje para volver a otro rol, pero esta vez fuera del set. En medio de la llovizna busca de noche a su hijo a la vera de la vía del tren y lo encuentra con ansiedad persecutoria y lastimado dentro de un contenedor de basura. Brisa convence a Hilario (Nicolás Mateo) de salir y acompañarla a su casa, donde lo alimenta y lo cobija. En medio de la noche, un ruido la despierta. Se dirige al escritorio y constata que su hijo le robado. Es el inicio de Baldío, que ingresa sin anestesia al torrente sanguíneo.

La película que Brisa está filmando es un film noir, donde encarna a una suerte de femme fatale, estereotipo que usa su atractivo y recursos para hacer caer a los hombres en la trampa de su malicia. En este punto, la directora apela a un tópico transitado una y mil veces pero no por eso poco efectivo: el cruce entre la ficción (en la que está trabajando Brisa) con la realidad cotidiana de los actores (en tanto madre de un joven adicto), buscando la previsible indistinción en los límites entre ficción y realidad. El glamour del espectáculo, las peleas entre egos, las dificultades en el rodaje; contrastan y a la vez convergen con lo que Brisa vive en su vida cotidiana. El asunto es cómo convertir este eje transitado en un giro distinto.

Baldío asume, reflexivamente, todos y cada uno de los códigos del noir (blanco y negro, luces focalizadas, contrastes marcados, que naturalmente buscan evidenciar la ambigüedad y el conflicto moral de los personajes) ya dentro de la película filmada como fuera de ella. El código, entonces, se extiende: en su piloto Brisa se interna en los bajofondos suburbanos tratando de dar con el paradero de su hijo, un joven adicto al paco que ha caído, debido a ello, en una importante degradación física y moral. Asi y todo, nada se nos dice de cómo se produce el encuentro fatal de Hilario con la droga ni qué motivaciones internas lo llevaron al lugar en el que está. Tampoco se especifica qué uso particular hace de la sustancia. En este punto la originalidad de la directora, es narrar la problemática de la adicción, no desde el punto de vista del consumidor, sino del familiar allegado a él. Los intentos que han realizado los padres de Hilario por ayudarlo han resultado infructuosos. Se lo ha internado reiteradas ocasiones, pero al poco tiempo se fuga y abandona los tratamientos. La situación de impotencia en la que se encuentra Brisa, es aquella a la que hace referencia el titulo en tanto terreno que no ha sido fecundo, a pesar de los constantes esfuerzos. Por eso quizás el segundo gran punto a favor es que ahí donde la película pudo haber juzgado a los personajes, apenas si se limita a observarlos. 

Los planos fijos que enmarcan a Brisa dan cuenta de su encierro en la impotencia de no saber más que hacer, a quién o dónde recurrir por ayuda, cuando ya se van agotando todas las instancias. Hay también planos que unen a madre e hijo en los momentos más desesperantes y otros donde elementos como rejas, cifran la distancia entre ambos, la imposibilidad de Brisa para llegar a él y persuadirlo para dejarse ayudar. En este punto el formalismo de la directora es sutil. Sin remarcado alguno. La soledad de la madre con su hijo, no sólo se hace explicita en sus diferencias verbales  con el padre donde ella le reprocha su posición ausente sino también a nivel formal mediante encuadres que la encierran sola y separada de él, como por ejemplo el recorte de ella en el espejo retrovisor del auto, mientras que a él lo muestra en el plano. 

Las constantes fugas de Hilario, sumada a la ineficiencia de los efectores de salud y de los organismos de policía y judiciales (que además solo están autorizados a intervenir cuando hay riesgo efectivo para sí o para terceros) para actuar en estos casos complejos, colocan a Brisa en una situación sin salida y la sumen en el agotamiento físico y mental por el cual se debate entre pensar a su hijo como un caso perdido (como lo asume el padre) o continuar luchando para lograr internarlo. De ahí que en la película, entre Brisa y su hijo, se dé una suerte de juego del gato y el ratón. A veces con la vestimenta de su personaje, otras veces en su rol de madre, Brisa deambula por las calles buscándolo, intentando darle caza. Pero no es fácil traicionar a un hijo aunque se lo haga con buenas intenciones. La ambivalencia de sentimientos tiernos y agresivos, la ilusión y la decepción se juegan en Brisa ante cada aparición de su hijo, del mismo modo que el intento de curación y la destrucción se trenzan en combate en el interior de Hilario. Aquí es donde la atmósfera del noir se vuelve sumamente efectiva y la femme fatale es el símbolo adecuado de quien podría atraerlo y tenderle una trampa al servicio de ayudarlo en pos de una rehabilitación. La vuelta de tuerca vuelve a ser, otra vez, el cine dentro del cine. La película tiene la virtud de no dar respuestas concluyentes sobre el destino del hijo y de tramarse entre los tropiezos y los pequeños progresos en el largo camino en la recuperación de un goce más conectado con la vida.  

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