Chubut, libertad y tierra 
Argentina, 2018, 129′
Dirigida por Carlos Echeverría.

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Por Federico Karstulovich

El documental argentino ha sabido tener, a lo largo de su historia, una diversidad notable. Claro está, buena parte de esa diversidad se sustenta en la cantidad de películas realizadas aunque no necesariamente en una innovación que venga con ellas. Es que no hay que pensarlo demasiado: en un país proclive a las crisis económicas, con procesos de desactualización presupuestaria, el documental es una de las formas que menos inversión requiere y que al mismo tiempo está menos condicionada por los vaivenes de producción. En ese proceso que impulsó una cierta autonomía del rodaje de un documental gracias, entre otras cosas, a los equipos de video de alta definición, buena parte de las estrategias de acercamiento a esta modalidad se acoplaron al paso del tiempo. En definitiva: no se podía narrar hoy con las mismas estructuras y recursos que ayer. Películas que van desde Los rubios (Albertina Carri, 2002) a Opus (Mariano Donoso, 2008) o desde El rato horror show (Enrique Piñeyro, 2007) hasta El silencio es un cuerpo que cae (Agustina Comedi, 2018) muestran una variedad y un arco de posibilidades que permite pensar el terreno del documental nacional como un espacio expansivo, experimental a la vez que en un proceso de maduración de recursos excepcional. Por eso el retorno al documental de parte del director del indispensable Juan, como si nada hubiera sucedido (1987) no resultaba un hecho menor. Y es que si bien el director había filmado en 2006 el largometraje Pacto de silencio, aquella última experiencia había dejado a su obra en un lugar bastante convencional en lo que hace a los recursos utilizados. Por el contrario, la película de 1987 supo ser uno de los grandes documentales argentinos ya no solo desde el regreso de la democracia sino de la historia del documental argentino a secas.

Pero qué hacía tan grande a Juan, como si nada hubiera sucedido? Fundamentalmente su idea de mediatizar, testimonio ficciones mediante, todo lo que pudiera mediatizarse la experiencia del rodaje para intentar acercarse al proceso de la narración de un hecho aberrante, como fue el pacto de silencio en torno al único desaparecido durante la dictadura oficializado ciudad de Bariloche. Frente a la posibilidad de narrar esa historia de manera más o menos convencionalmente (es decir: apelando a testimonios frente a cámara, a el uso de material de archivo y a la voz over como recurso aglutinante) la película de Echeverría optaba por encontrar vías para borronear su presencia. Una de esas estrategias estaba dada por el uso de un alterego que guiara la narración, una suerte de personaje documental que tuviera un rol ficcional pero que fuese funcional a la narrativa del documental en si. Al mismo tiempo que este personaje encarnara a una persona ficticia, que se interesara en el caso a abordarse. Y como tercera instancia, el uso de la voz over, para establecer una distancia todavía mayor. Ese triple dispositivo habilitaba a la película a narrar la historia desde dentro y desde fuera, generando un efecto de extrañamiento y de reflexividad elegante.
Pero claro, la película de Echeverría supuso a finales de los 80s un quiebre en el sistema de enunciación de los filmes de denuncia sobre la dictadura ya que el contexto argentino no habilitaba, para ser sinceros, una disposición de variantes radicales a la hora de pensar la representación documental del trauma reciente. El tema es que entre aquella gran película y el presente pasaron 32 años y unos pocos largometrajes (la mayor parte de ellos sin estreno comercial) de por medio entre aquella y el último trabajo (Los chicos y la calle -2002-, Pacto de silencio -2006- y Querida Mara, cartas de un viaje por la Patagonia -2008-). El problema es que el tiempo parece no haberle pasado a su director, porque los recursos son los mismos que en aquellos años, pero el contexto es otro.

En algún momento, en razón del estreno de la nefasta película de Ken Loach, recuerdo haber estado discutiendo con algunos colegas acerca de uno de los problemas recalcitrantes del marxismo trasnochado. Ese problema se concentraba en una idea: si la estrategia frente al enemigo es siempre la misma, entonces se cae frente a un problema que no resiste la menor rigurosidad del pensamiento marxista, que es la necesidad de la historia como eje. Si se acepta la historia, la estrategia no puede ser la misma ni el contexto igual. Si la historia se niega, entonces los procesos se homologan de manera superflua. El marxismo tiene muchas de estas agachadas, en donde en pos de mantener una suerte de “línea de conducta” lo que queda de lado es la rigurosidad racional del análisis. Por eso, en alguna medida, es la suspensión de la historia lo que deja a esa perspectiva política atada a mecanismos circulares. Ojo, no hago sino referirme a las formas más anquilosadas del marxismo y no a sus expresiones más lúcidas (que van desde Frederic Jameson a Mark Fisher pasando por Franco Bifo Berardi o por los aceleracionistas). Bueno, entre esas formas anquilosadas del marxismo podemos encontrar a muchas expresiones audiovisuales. Lamentablemente, la obra de Carlos Echeverría no tolera muy bien el paso del tiempo. Y menos que menos cuando el recurso no solo atrasa temporalmente el registro de lo narrado (si algo afecta a Chubut, libertad y tierra es que se ve, se oye y se siente particularmente vieja, como si hubiera sido hecha hace 20 o 30 años, o como si hubiera sido concebida desconociendo toda la historia que pasó por los costados a esta clase de formato documental).

Sostenida, nuevamente, como el film de 1987, sobre la base de un personaje ficcional que lleva adelante una investigación, toda la película redunda en infomación que, Google mediante, puede resultar en mayor o menor medida novedosa con respecto a los procesos de abuso de poder asociados a las formas del colonialismo. En este sentido, lo que cuenta Echeverría no es nuevo para su obra ni para buena parte del cine argentino que ha decidido examinar el pasado, más específicamente las relaciones laborales y la naturalización de la explotación en el contexto del trabajo rural en los latifundios extranjeros en pleno siglo XX (aunque cuando debe llamar con nombre y apellido a algunos latifundistas actuales la película elige omitir sugestivamente algunos de ellos). El problema es que lo que cuenta no es nuevo pero los medios tampoco. Y esto no hace otra cosa sino poner una serie de estorbos en la narración. Porque a diferencia de su obra máxima, Echeverría no logra justificar el porqué de esta estrategia o al menos no logra encontrar uno que no sea el de una marca identitaria en su cine, es decir, una marca de autoridad que redunde en el reconocimiento de un autor que alguna vez fue, pero que hoy no tiene nada nuevo para ofrecer sino la repetición de los tópicos que ya podemos reconocer en su cine. Si, el poder existe, si, las comunidades se organizan en torno a pactos de silencio implícitos, si todavía experimentamos los daños colaterales de la experiencia del colonialismo en todos sus niveles (el material y el simbólico). El problema es que si no encontramos nuevos medios para pensar en estos temas no estaremos haciendo otra cosa que justificar el mayor de los quietismos: el de estar tranquilo por saberse del lado de los buenos. Y mientras tanto que la historia te pase por arriba sin que te des cuenta que no podés tocarla.

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