Ciclos

Argentina, 2018, 72’

Dirigida por Francisco Pedemonte

Fetichismo y frustración

Por Marcos Rodriguez

Una decisión seca y contundente marca Ciclos, un documental sobre un joven ciclista de la provincia de Buenos Aires. Diría que es una decisión rendidora aunque a algunos puede resultarles un poco áspera: Ciclos es una película sobre ciclismo y lo que vemos es casi exclusivamente eso: bicicletas, ciclistas, entrenadores, pistas, competencias, concentraciones de entrenamiento, viajes para participar en carreras, vueltas en redondo, ruedas, trajes ajustados y chillones, altoparlantes, todo un despliegue pasional, técnico, kinético, un mundo de reglas propias, y que pueden resultarnos ajenas. Si bien se supone que la película sigue los días de Ignacio Semeñuk, un chico de unos 16 años que está participando del circuito de ciclismo nacional, con la esperanza de clasificar para los JuegosOlímpicos de la Juventud 2018, en realidad es más bien poco lo que llegamos a conocer de Ignacio, más allá del frente y algunos pasillos de su casa, algo de su madre (que habla exclusivamente de la actividad de su hijo), nada más de su familia, nada de su escuela, nunca una entrevista con él para que nos cuente qué piensa u opina. Cine documental del directo, construido en torno a una actividad rigurosa, practicada en un nivel de exigencia altísimo, llevada adelante con pasión y constancia. Lo que llegamos a conocer de Ignacio es casi exclusivamente a través de la bicicleta y, cada tanto, en los rincones de tiempo libre entre entrenamientos o de camino a una competencia: alguna conversación (en carne y hueso o vía whatsapp), una naranja compartida, no mucho más. La contrapartida de eso es la concentración: inmersos en una actividad que, en camino hacia los más altos grados de competencia, exige entrega y dedicación, Ciclos es una película entregada al ciclismo. Lo que importa es el deporte: sus momentos, sus chiches, sus tensiones, sus decisiones.

Esta concentración en el ciclismo nos lleva inevitablemente a una suerte de fetichismo, y el fetichismo, se sabe, se lleva bien con el cine. Al retratar un deporte que depende tanto de un objeto tan específico como son las bicicletas de competición, Ciclos no puede más que convertirse, en mayor o menor medida, en un muestrario de modelos, ruedas, reparaciones, trípodes, máquinas, caños, conversaciones sobre marcos y modelos, rodillos y cascos, modos de moverse y levantar una bici, formas de sujetar un asiento desde atrás, brazos cruzados por el hombro entre dos ciclistas que se sostienen mutuamente al estar frenados, todo un catálogo de pequeños detalles que surgen de la relación constante y dedicada entre los cuerpos y el aparato de su deporte.

Ese fetichismo de la bici contagia a todos los personajes que, de manera más o menos circunstancial, van apareciendo en la pantalla: desde Ignacio y sus amigos hasta los entrenadores, familiares, promotores, relatores, una especie de caravana inestable, tensa, que se congrega y disgrega alrededor de los eventos del circuito. La pasión que despliega Ciclos por el registro directo, por el movimiento y por la pasión del ciclismo llega a tal punto que en algunos momentos parece olvidar al que se supone que es su personaje central para derivar por las tangentes que aparecen en su camino: un competidor de su misma edad, un entrenador, el padre de otro competidor amigo, conocidos y compañeros que van apareciendo y que comparten códigos y comportamientos y que la película raras veces se preocupa por definir o explicar. Así, por ejemplo, vemos que la cámara le dedica un cierto grado de atención a un entrenador que grita consignas a un costado de la pista en un velódromo y recién un tiempo después, y de manera no muy clara, venimos a enterarnos de que se trataba del entrenador de Ignacio. En otro momento, para poner otro ejemplo, la película le presta espacio a la voz del que podríamos definir como el “antagonista” de Ignacio: uno de sus competidores más férreos y frente al que tendrá que competir en la carrera final; este corredor, a diferencia de Ignacio, sí tiene su tiempo frente a la cámara para contar un poco de su historia en una entrevista.

De todas formas, hablar de antagonistas o competidores en Ciclos puede resultar engañoso. Si bien en un primer momento la película parecería buscar los cauces del relato deportivo más tradicional (un protagonista que enfrenta obstáculos, el entrenamiento para el momento definitorio que dará sentido a su identidad, el enfrentamiento climático sobre el final), pronto comprendemos que ese no es el camino central de lo que se quiere contar. La cosa arranca con una voz en off de la que resulta ser la madre del protagonista, que cuenta en unos pocos minutos los inicios de Ignacio, los esfuerzos de la familia, un par de líneas que esbozan un contexto a partir del cual iremos avanzando. De ahí a los trofeos, a algunas palabras de un entrenador, a algunas competencias, pero pronto esa línea se quiebra. Vemos a Ignacio sufrir, entrenar, muy nervioso y en algunos momentos hasta antipático, suponemos que por la tensión de la competencia por venir. Ciclos, por otro lado, no se detiene a explicar las reglas de este deporte, que uno supone más bien simples pero claramente no lo son. Ignacio llega al lugar de la competencia, entrena con sus amigos, se prepara, los jueces miden y pesan las bicicletas, se va preparando el orden de la competencia, los chicos se acercan a la pista, empieza la carrera, termina la carrera y hay rumores entre la gente de que Ignacio habría salido primero de la categoría. La decisión tarda porque parece que en ciclismo no es tan fácil o inmediato saber quién ganó y la película decide arrastrar los minutos de metraje para que corran en paralelo con esa incertidumbre. Pero hasta aquí todo parece indicar una sola cosa: Ignacio es nuestro protagonista, tiene que ser el ganador. Y no. Puesto número seis. La frustración es evidente, hay mal humor y puteadas. Y después hay nuevos entrenamientos y más competencias, que tampoco terminan de resolverse de una forma satisfactoria.

No se trata simplemente de la diferencia entre una ficción y el registro documental: Ciclos apuesta, de forma muy consciente, a retratar la frustración. Y probablemente ese sea uno de sus más grandes logros. Competir en un deporte es difícil. Participar de un circuito nacional de competencia requiere enormes sacrificios, no solo de tiempo y dinero, sino también de voluntad por parte de los deportistas que, muchas veces, al final de todo ese esfuerzo encuentran una decepción.

La mirada seca, detallista, enamorada del andar de una bicicleta pero también realista en su cotidianeidad hace que Ciclos se vuelva, a través de un retrato muy puntual, una película mucho más grande de lo que parece.

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