De nuevo otra vez 
Argentina, 2019, 84′
Dirigida por Romina Paula
Con Romina Paula,  Esteban Bigliardi,  Pablo Sigal, Mariana Chaud, Denise Groesman

Anfibios

Por Diego Maté

Un personaje habla de un pasado distante con un lenguaje más bien recargado y se hace preguntas un poco altisonantes. Sabemos que es Romina Paula, pero el tono en el que narra una saga familiar enrarece la escena. Esa voz extraña se vuelve rápidamente la de la propia película, que alterna entre dispositivos lingüísticos que se contraponen y rápidamente instauran un clima anfibio: no se sabe bien en qué registro se está, los personajes se expresan de manera cotidiana y teatral al mismo tiempo, como si lo que se buscara fuera arrancar al espectador de cualquier posible comodidad y llevarlo a un lugar inestable, móvil. De nuevo otra vez cuenta una historia amasada con la propia vida de la directora: su madre y su hijo son efectivamente ellos, aunque todo lo que rodea a ese núcleo familiar parece visiblemente ficcional. No importa, de todas formas, porque la película se nutre de esa incertidumbre: la mezcla de universos, el personal y el ficcional, es la argamasa de la que se espera que surja el relato. Romina se va con su hijo chiquito a vivir un tiempo en la casa de su madre. El traslado la conduce a una situación borrosa: ella misma no sabe si sigue en pareja o no, si quiere estar con otra persona, si está a gusto siendo madre. La película podría ser el vehículo que le permite hacerse preguntas y, a la vez, formular respuestas posibles, pero la directora tiene otra cosa en mente, algo más contemporáneo: un cine que procede por la vía de la duda para el que la vacilación es un estado constante. El relato avanza y las inquietudes se acrecientan.

El lenguaje ensamblado que la película trata de hablar arroja resultados dispares. De a ratos, se tiene la impresión de que el proyecto de trabajar a partir de la incertidumbre se nutre bien de esa mezcla de registros lingüísticos y audiovisuales: los cambios de tono traslada a la película entera la confusión de la protagonista. Algunas de las mejores escenas toman esa confusión como su material primordial. Romina le pregunta de sopetón a su alumno de alemán si quiere ir a tomar una cerveza después de la clase. Él acepta, pero como ella no tiene con quién dejar al hijo, salen los tres y se sientan en una escalera con latitas de cerveza. Lo que sigue es extraordinario: los dos parece que fueran a entregarse a la seducción atolondrada de la comedia romántica, pero las dudas de la protagonista arruinan definitivamente el momento. Los gags surgen de unos diálogos veloces y la escena termina con un beso accidental que ella le da él sin querer y con el hijo a upa.

Pero la intromisión de un tono sobrecargado y extraño en el entorno más bien cotidiano de la protagonista muchas veces se siente contrahecho, como si esos experimentos de estilo tuvieran como único resultado la visibilización repetitiva de los mecanismos de la película. Por ejemplo, los momentos que interrumpen el relato para mostrar a los personajes hablando a cámara mientras se proyecta sobre ellos fotografías producen ese efecto: el recurso parece apenas un gesto vacío, la introducción de un procedimiento teatral del que el cine no obtiene prácticamente nada. 

Así, la película se mueve un poco a los tumbos, a caballo entre formas de hablar y de contar que no dialogan siempre de la mejor manera. Por otra parte, es ese aparato formal es el que entrega algunas de las mejores escenas de la película, como la de la excursión nocturna a una plaza después de la fiesta en la que la cumpleañera (Denise Groesman) se para arriba de uno de los juegos y sus amigos se arraciman cuidadosamente a su alrededor como si estuvieran en una pintura renacentista. La película se divierte unos minutos con ese cuadro mientras muestra a Groesman arriba de todo, cantando y riéndose, rodeada por un coro de festejantes insistentes.  

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