Delfín 
Argentina, 2019, 92′
Dirigida por Gaspar Scheuer.
Con Valentino Catania, Cristian Salguero, Paula Reca y Marcelo Subiotto.

Crónica de un niño

Por Rodolfo Weisskirch

Después de dos películas que combinaban lo genérico con lo experimental, y una profunda austeridad en la puesta en escena, Gaspar Scheuer –El desierto negro, Samurai– uno de los mejores y más experimentados diseñadores de sonido audiovisual de Argentina, se arriesga a narrar un cuento clásico, con un montaje fluído y una puesta en escena transparente. 

Delfín es una producción que no se destaca por su originalidad, sino por su discurso directo, sin demagogia ni efectismos. Scheuer se aleja de su propuesta contemplativa, habitual en películas anteriores, para meterse completamente en la cabeza de sus dos protagonistas. De esta manera consigue un relato sincero, notablemente interpretado y con algunos momentos bastante inspirados, al menos en lo que respecta a las decisiones narrativas que lo respaldan.

El protagonista es un niño de 11 años llamado Delfín, que vive con su padre en una casucha del pueblo de Los Toldos. La situación de ambos es precaria. La madre está ausente –supuestamente los abandonó, pero eso nunca queda del todo claro y tampoco es información que aporte al relato- y el padre es un hombre tosco y solitario, con deudas y comportamiento un poco antisocial. A Delfin le obsesionan dos cosas: tocar el corno y la atracción que siente por una de las maestras de su escuela con la que no mantiene relación. La estructura narrativa del guión de Scheuer sigue una premisa simple: Delfín desea presentarse en una prueba, que se realizará en el pueblo vecino de Junín, para formar parte de una orquesta juvenil. Su obsesión con el viaje choca con el comportamiento errático de su padre, que es el único que lo puede llevar a la localidad.

Hay un aspecto relacionado con la soledad del personaje, y su rebeldía, que de alguna forma emparenta inevitablemente a Delfín con Crónica de un niño solo, la memorable ópera prima de Leonardo Favio. Se respira, al mismo tiempo, un tono autobiográfico, inclusive –Scheuer proviene de Los Toldos- y acaso el aspecto más interesante del film radica en el grado de madurez del personaje, de distinguirse de sus compañeros, de llegar a las últimas consecuencias con tal de conseguir el objeto de su obsesión. Es esa búsqueda lo que le importa más que nada al director, y no tanto si lo consigue o no. 

Pero en esa búsqueda también empieza a ganar protagonismo el personaje del padre, que redescubre el rol de la paternidad, ante la máxima expresión de rebeldía que tiene el hijo. Por lo tanto, en la búsqueda de uno y en el descubrimiento final del otro se encuentra la mayor riqueza emocional y narrativa del film.

El problema, es que en el medio hay varias subtramas satélites que poco aportan a la narración. Es incompresible, por ejemplo, la incorporación de una historia seudoromántica. La obsesión del protagonista por formar parte de la orquesta –algo de su persistencia recuerda a Whiplash– es una línea narrativa tan fuerte, que la adición de un personaje que solo sirve para exhibir el perfil más adolescente –suerte de coming of age- del personaje se vuelve innecesario. El personaje de Paula Reca –notable actriz cuyo personaje no logra crecer por limitaciones del guión- no intercede con la vida de Delfín. Todas sus escenas se podrían suprimir, y la historia sigue narrando exactamente lo mismo. Hay, claro, una justificación sentimental y audiovisual que justifican las breves persecuciones a pie –el juego de travelling y fuera de foco es técnimamente impecable- pero las escenas no llegan a explotar dramáticamente. Resultan incluso demasiado naif estas escenas para un film que propone una búsqueda más profunda, adulta, que incluyen el descubrimiento de una identidad, la salida de una vida marginal, y descubrir un propósito en la vida.

El film se distrae demasiado con personajes secundarios o líneas alternativas que construyen el mundo de Delfin pero no infieren en ese viaje interior y exterior de autodescubrimiento. Y así como es poco lo que aporta el personaje de la maestra, también termina siendo anecdótica la participación de un panadero croata –Marcelo Subiotto- que ayuda a ambos personajes en un par de escenas, o de los compañeros escolares del protagonista, que por un lado le hacen bullying y por otro lo incluyen en sus juegos.

La ingenuidad de estas subtramas choca constantemente con el conflicto padre-hijo que es central en el relato. Tampoco aporta demasiado, del lado del padre, su enfrentamiento con el usurero del pueblo. Cuando el film reposa en la relación de Delfin con su progenitor se consiguen los instantes más genuinos, tensos, oscuros y con mayor carga climática y dramática. 

La solidez interpretativa, del joven Valentino Catania –nuevo descubrimiento de esa gran castinera y directora de actores infantiles como es María Laura Berch- y del profesional Cristian Salguero –el notable protagonista de El invierno, en el rol del padre- propone un interesante diálogo/contrapunto actoral, íntimo, que se resuelve de manera verosímil y emotiva, pero nunca apelando al sentimentalismo o golpe bajo. 

Scheuer deja de lado pretensiones visuales compositivas. Resuelve los encuadres prolijamente, pero alejado del estilicismo de su obra previa. En cambio, es fundamental el diseño sonoro, lleno de detalles en primer término, y las intervenciones musicales – en donde se destaca el corno- que aportan a generar climas adecuados para cada escena, además de relacionarse directamente con la narración.    

Obra de matices, pero con un resultado final satisfactorio, Delfin es una propuesta clásica que demuestra la versatilidad como narrador de Scheuer, y su capacidad para transitar diversos géneros y estilos, con la misma solvencia y una clara mirada autoral. 

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