Dry Martina
Chile-Argentina, 2018, 95′.
Dirigida por Che Sandoval.
Con Antonella Costa, Patricio Contreras, Geraldine Neary, Pedro Campos, Álvaro Espinosa y Yonar Sánchez.

Una mujer es una mujer

Por Tomás Carretto

Pensemos esto: Una comedia, una producción chileno-argentina, estrenada en pleno Mundial de fútbol, cuando las rivalidades entre ambos países están a flor de piel. Un equipo Chile que a pesar de ser el bicampeón de América vigente (superó en ambas ocasiones a la Argentina en la final), no se clasificó al Mundial. Otro equipo Argentina que después de perder aquellas dos finales, se clasificó por la ventana, tanto al torneo como a la segunda ronda del mismo y que viene sobreviviendo a los tumbos. Ambos países que parecen gozar con el fracaso del otro. Una relación entre ambos completamente autodestructiva. Dos cinematografías que compiten por los mismos fondos y premios internacionales. Para colmo en la misma semana se produjo el fallecimiento del ex canciller argentino Dante Caputo, aquella figura clave en el histórico acuerdo por el canal de Beagle, que llevó a la paz a los dos países (hermanos, vecinos) que estuvieron AL BORDE DE LA GUERRA. Algo que visto en perspectiva no deja de parecer increíble. Ahora bien esta introducción que pareciera trivial e innecesaria pero sirve para valorar aún más la propuesta del director Che Sandoval, alguien que mira todo aquello con absoluto desinterés y que navega libre alejado de cualquier coacción o tara nacionalista, propuesta enmarcada en este mundo absurdo que nos toca vivir pero que su cine pretende trascender. De dos países complementarios más que opuestos pero que nunca han entrado en comunión. Si la calidad de una comedia se mide por su relación con el mundo al cual se referencia, por su reflexión inteligente, el cine de Sandoval nos propone una mirada que se escapa de lo convencional. Porque la comedia (decimos) es una visión de mundo por sí misma. Cuando funciona, subvierte esa realidad proponiendo un nuevo prisma. En otros géneros quizás pueden convivir la perfecta evasión y el más absoluto artificio. La comedia, en cambio, puede ser un escape pero ahí está el referente agitándose omnipresente. Sin referente real no hay comedia. La comedia oculta el dolor (por un rato) pero lo que verdaderamente trasciende es esa perspectiva que nos otorga. Esa mirada humana de nuestros propios demonios. “La comedia es tragedia más tiempo.” Ese tiempo que sirve para pensarnos y consolarnos.

Martina Andrade (Antonella Costa) es una diva pop en decadencia que ha perdido sus orgasmos (como también sucedía en sus dos anteriores films: Te creís la más linda (pero erís la más puta) (2009) y Soy mucho mejor que vos (2013), Sandoval no disimula jamás los tormentos que sufren sus protagonistas –planteados en tono cómico «Beigbeder: “El humor es la cortesía de la desesperación”» que son el punto de partida de sus historias: lo genital que constituye una identidad pero que se va expandiendo y complejizando). Hay mucho de autobiográfico también: Sandoval (chileno), Costa (argentina). Él más joven que ella, fueron pareja durante 4 años. Martina Andrade (Antonella) lleva el nombre de su padre. Aquel recordado Martín Andrade actor en los films de Leonardo Favio, aquella voz en off de Perón sinfonía de un sentimiento (1999).

Un Sandoval que construye su cine como una suerte de Judd Apatow autóctono, a partir del absurdo y la musicalidad potente del oneliner. Honrando la tradición de los Sturges, de los Hawks, de los McCarey, aquellas batallas de los sexos colosales en clave screwball hoy políticamente incorrectas. Ahí también puntea Sandoval con su cine desprejuiciado. Como Apatow en Trainwreck (2015) tuvo que abandonar el punto de vista y su humor masculino, como una pequeña concesión para adaptarse a nuevas sensibilidades, aunque aquí en Dry Martina con resultados más felices. En ambos el dialogo se improvisa, se afina, se construye: del “You Know How I Know That You’re Gay” de Virgen a los 40 (2005) a la cursilería de César: “Tengo una frase para vos” y Martina que le va subiendo la apuesta. Lo guarro en desmedro del puritanismo mainstream. Recordemos los problemas que tuvo Apatow con Katherine Heigl en Ligeramente embarazada (2007). Aquí –en cambio- Antonella colabora y le pone el cuerpo como si fuese la gran Leslie Mann. Las chicas de la película, Martina y Francisca (Geraldine Neary, una revelación) también juegan.

Mujeres audaces. La tradición cómica que se iniciase a partir del screwball comedy en el cine clásico norteamericano corre peligro. Las reivindicaciones feministas ultra bienvenidas, en una mirada de exacerbada ortodoxia, tienden a condenar aquellas películas. “Humor machista”, “Control social”, “Agresiones naturalizadas”. El feminismo cuando se pone solemne se acuerda de las sufragettes, de Madame Curie, de Victoria Ocampo (aunque poco) pero se olvida de Lucile Ball y Nini Marshall (tía bisabuela de Antonella Costa de paso) grandes mujeres (inteligentísimas y brillantes) que desde su arte causaron una verdadera revolución. Abrieron camino. Provocando que la mirada masculina deje de estar en el centro y se ponga en crisis. El punto de vista femenino empiece a ser considerado y valorizado. A irrumpir con fuerza. Si aquello se enmarcó dentro de modelos culturales de familia delimitados no debe perderse de vista que Lucile y Niní producían su propio trabajo. Se auto gestionaban. Eran emprendedoras. ¡Casi 70 años atrás! E inspiraron a miles y miles de mujeres. Y si bien Martina y César tienen una relación tierna alejada de las agresiones (aunque no de los chistes mutuos), en algún punto a Martina ese “mambo” por quizás un amor que no es tal la sume en una deriva de la que a pesar de todo sale edificada. Sandoval y Costa evitan cualquier mirada complaciente o demagogica y siguen adelante. La película aborrece de cualquier solemnidad. Con personajes secundarios que además de cumplir su función de comic relief, tienen la carnadura del gesto humano (como en Apatow, como en Mottola, como en Stoller) y la música del gran Gabriel Chwojnik.

“Pasé años sintiendo que debía ser en la vida como era en la cama, pero no me salía” dice Antonella Costa. Antonella es una de las poquísimas verdaderas actrices de cine de la Argentina. O actrices de cine puras. Conocida a través de aquel memorable papel en Garage Olimpo (1999) a diferencia de otras actrices uno tiene la sensación de una mujer natural, sin velos. Alejada de la verborragia televisiva del modelo Polka o de la teatralidad exacerbada y monologada de otras, surgidas bajo el amparo de las nuevas dramaturgas (Lola Arias, Romina Paula, Agustina Muñoz, etc) Antonella puede prescindir de la palabra. Con mínimos elementos (un uniforme de mucama como en La chica que limpia (2017) puede componer (meterse dentro de) un personaje. Su forma de actuar es completamente cinematográfica. Y sin embargo la sociedad con el verborrágico Sandoval la pone en nuevas fronteras. Poniéndole el cuerpo al derrotero de Martina. En ese punto de encuentro (la comedia) que es la perspectiva que ofrece la distancia ante lo doloroso. Una risa que matiza el sinsabor y al que se mira de frente sin esconder la mirada. Porque “la mujer debe ser/Soñadora coqueta y ardiente/Debe darse al amor/Con frenético ardor/Para ser una mujer” como en aquel bolero de Paul Misraki.

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