El cuento de las comadrejas
Argentina-España, 2019, 129′
Dirigida por Juan José Campanella.
Con Graciela Borges, Oscar Martínez, Luis Brandoni, Marcos Mundstock, Nicolás Francella y Clara Lago.

Los muchachos de antes eran mejores?

Por Rodolfo Weisskirch

Dedicada a mis abuelos, mis primeros maestros

Para muchos, José Martínez Suárez, es solo el hermano de Mirtha Legrand. Para Juan José Campanella es un maestro, un mentor. Para mi fue un jefe, y aún hoy, un referente de una generación del cine nacional que se animó a romper ciertas reglas y revelarse ante las normas sociales establecidas.

Mi relación personal con Los muchachos de antes no usaban arsénico arrancó a los 5 o 6 años, cuando la vi por primera vez en la casa de mis abuelos. Es la primera película argentina que recuerdo haber visto. En su momento la impresión que me dejó fue importante. Pasaron muchos años y la volví a ver. Mi visión mejoró. No solo porque siempre fui admirador de Narciso Ibáñez Menta y Mario Soffici, a quiénes considero de los mejores directores e intérpretes que tuvimos en nuestro cine, los primeros que se animaron a ser rostros del cine de género en nuestro país -recomiendo ver El extraño caso del hombre y la bestia, de Soffici, que cuenta con la mejor y más original transformación física que se haya hecho sobre la novela de Stevenson- sino que además su naturalidad expresiva era tan contrastante con el siniestro cinismo de sus personajes que realmente era inolvidable el trabajo de ambos, al lado de Arturo García Buhr.

Pero Los muchachos de antes no usaban arsénico, más allá de ciertos diálogos teatrales pasados de moda, y un barroquismo que habría que revindicar, no resulta acorde al cine contemporáneo. Es, si se quiere, un film políticamente incorrecto, al que si leemos pronto y apurados mal podríamos calificar de machista o misógino. Los protagonistas no son héroes y resulta difícil, sino virtualmente imposible identificarse con ellos. En todo caso lo que hace Martínez Suárez es operar de un modo distinto: pretende que el espectador se fascine con personajes muy oscuros, y lo consigue, pero nunca se pone del lado de ellos. No hay en esta película de mediados de la década del 70 apología alguna del asesinato (como en muchos lugares se forzó interpretativamente). 

Campanella, en cambio, quiso adaptar este relato a una mirada más conciliadora y una visión más correcta enfatizando la mirada intergeneracional. Como si fuera una marca autoral, lo viejo siempre es mejor, no se debe tocar ni subvalorar. Esa es la idea poco sutil que el realizador de El hijo de la novia sostiene, film con el que, dicho sea de paso, comparte más de un punto de vista ideológico. Si esa siempre fue la mirada de JJC nunca debió animarse a tocar la película de Martínez Suárez. Acaso la verdadera comadreja de esta película sea el propio Campanella.

Pero sacando de lado que se trata de una remake fallida, a cada film hay que analizarlo de manera autónoma. Particularmente soy de los que piensan que Campanella no es el gran realizador popular que pretendión instalarse desde su irrupción oficial con El mismo amor, la misma lluvia (1998), pero tampoco el paria que odian los críticos más sinuosos. Pienso, el el mejor de los casos, que se trata de un director cargado de vicios costumbristas y otros demasiado televisivos (pero en el peor de los sentidos, que referencia a una televisión antigua y discursiva). No creo que sus películas anteriores sean necesariamente malas, pero sí ostensibles sus pretenciones emotivas, motivo por el y que una y otra vez el director abusa del sentimentalismo.

Pero volvamos a Campanella hoy. Es cierto que El cuento de las comadrejas, de alguna forma, es más oscura que otras obras del mismo director, pero también desaprovecha el material original. Para ser un realizador tan con pretensiones intelectuales y sentimentales a la vez a esta remake le falta amor, cerebro e imaginación. Y en ese punto solo por contraste con su propia obra Campanella pierde, ya que esos eran aspectos que sus films anteriores tenían, para bien o para mal. Pero en este caso el director quería homenajear a sus maestros. Por eso resulta evidente que no se detuvo a pensar demasiado en qué contar o cómo, sino en actuar como un taxidermista que quiere congelar el pasado para que no muera en vez de repensarlo. Aquí Campanella acumula ideas narrativas y visuales, eso es cierto, pero ninguna aporta más que leves destellos (como aquel celebrado plano secuencia de El secreto de sus ojos). En este caso Campanella abusa de los planos oblicuos, en blanco y negro -con poca coherencia-, pero no llega a otorgarle a una decisión operativa tal una función determinante. Al mismo tiempo como guionista también hace agua, ya que en concreto no llega a profundizar nunca en las diversas subtramas. De ahí que los personajes de Martínez y Mundstock se estanquen en la superficialidad, y que a ninguno de los dos intérpretes los intente llevar por terrenos actorales distintos de lo que suelen hacer. Ahí están Martínez y su convicción de hacer crecer a su personaje con las limitaciones que le impone el guión y Mundstock logrando llevar adelante, él solo, la mejor escena de la película. Ambos están desperdiciados.

En contraste corren con un poco de mejor suerte Brandoni -con un registro diferente a lo último que viene haciendo- y especialmente Graciela Borges, el centro de la narración, que logra engrandecer al personaje undimensional que interpretaba Mecha Ortíz en la versión original. Su Mara Ordaz, con sus claroscuros, es un personaje encantador. Por eso resulta penoso que en un flashback, patéticamente filmado, pierda la oportunidad de lucirse completamente.

Pero las novedades vienen por otro lado. Vamos a los personajes más jóvenes, los villanos, los ambiciosos agentes inmobiliarios que pretenden quedarse con la mansión de los cuatro veteranos del mundo del cine. El más importante es el que compone la española Clara Lago, que tiene un carisma seductor que supera, en talento, a todo el elenco nacional junto. Es una fuerza imponente en cada escena que aparece. Nunca distrae su acento y, honestamente, su personaje crece a medida que se va incrementando su presencia. La versatilidad de la actriz de 8 apellidos vascos es digna de mencionar, y contrasta con la superficialidad de los demás. El problema es que esto tiene su contratara, que es la que ofrece Nico Francella. Aparentemente, Campanella le pidió que interpretara al personaje del estafador como lo hubiese hecho su padre hace 20 años atrás y el resultado es vergonzoso y fuera de tono. El joven actor no solo no necesitaba emular cada expresión del protagonista de Brigada Cola para destacarse, sino que su participación termina restando, ya que es odiosa y lo reduce al ridículo. 

Vale preguntarse, entonces, el por qué de cada una de estas decisiones. En este sentido hay muchos interrogantes asociados a las intenciones de Campanella. Si quiso homenajear al cine clásico argentino -al igual que en la primera escena del film original y al mejor estilo Sunset Boulevard, el personaje de Borges mira verdaderas películas que la actriz de Pobre mariposa, protagonizó- por qué recrea escenas de films que nada tuvieron que ver con el cine argentino, y parecen remitir más al de Rodolfo Valentino. Por qué poner a una actriz que nada se parece a Borges joven, si vemos a la verdadera Graciela en películas de Torre Nilsson o Raúl de la Torre? Por qué universalizar la figura del director y guionista clásico por momentos, y en otros hacer guiños a Mario Soffici? Cuál es la verdadera relación que Campanella propone en relación al cine del pasado y la tradición?

Si me lo preguntan, yo creo que Campanella, en la mitad del proceso de escritura o del rodaje, perdió el entusiasmo o la concentración por el producto final. Y el resultado de este desamor terminó en la construcción de una obra perezosa, hecha a la apuradas, sin demasiada coherencia o sentido en relación al modo de encarar el presente asi como su manera de pensar el pasado. Acá los guiños son pobres, las sub lecturas parecen salidas de manual antiguo de conducta, la estética rozando lo publicitario. Aún contando con los mejores profesionales de la industria nacional, decepciona ver un climax que hace 40 años, Martínez Suárez consiguió con mucha mayor intensidad, soficisticación y refinamiento. Me pregunto cuanto habrá de autoconciencia en la vulgar resolución propuesta por Campanella.

El cuento de las comadrejas es una película fea, filmada en piloto automático, con la soberbia de alguien que sabe que va a llevar gente a las salas, aún cuando haga un producto mucho menor de lo que se espera de él. Hay, en ese gesto, una decisión demagógica pero también elitista y soberbia. Martínez Suárez, Mario Soffici y Narciso Ibáñez Menta, merecían un homenaje mejor.  

Pensaba entonces en mi infancia cinéfila y en el lugar fundacional de la película de Martinez Suarez. Y la comparación se me resolvió con simplicidad y crueldad a la vez: es muy poco probable que para un chico de 5 o 6 años, hoy en día, El cuento de las comadrejas, quede grabada en su memoria. Seguramente no sería una película de formación e ingreso a un mundo (el del cine), sino todo lo contrario. Los años pasan por algo.  

Comentarios