El cuidado de los otros
Argentina, 2019, 72′
Dirigida por Mariano González.
Con Sofia Gala Castiglione, Mariano González, Jeremías Antún, Laura Paredes y Edgardo Castro.

Perspectivas

Por Marcos Rodriguez

Curioso cómo las películas comienzan a conformar territorios y tendencias a medida que van surgiendo y retomando los hilos de propuestas que parecían singulares y que, ahora, cuando las miramos en perspectiva (perspectiva: ese gran engaño) se relacionan de forma directa. Hay un campo del cine argentino (pequeño, sólido) en el que se van agrupando películas que se rozan no solo por sus temáticas, ambientaciones o incluso actores, sino fundamentalmente por las decisiones formales que las conforman. Es el campo que une, por ejemplo, a Mauro con Alanis, y ahora con El cuidado de los otros (y con Los globos, desde ya, y con Por tu culpa, antecedente bastante directo de El cuidado…). Es un cine con mucha calle (no en Por tu culpa), sin música, de duración compacta, con personajes en movimiento constante.

Un cine de realismo seco, con parentesco con el cine de los Dardenne pero también con el cine francés post-Nouvelle Vague (pienso en Pialat, siempre pienso en Pialat), que sin embargo no reniega de las claves más genéricas de la narración, salpimentando sus relatos con tensiones, intrigas, parcialidades de información que incomodan al espectador y generan algo que podríamos llamar suspenso asordinado. Un cine que atraviesa las contradicciones de clase, pero no se plantea como lección de sociología. Un cine marcado siempre por el trabajo: es llamativo y hermoso cómo en estas películas las horas de sus protagonistas adoptan la forma de sus quehaceres: desde la prostitución hasta la fabricación en serie y la falsificación artesanal, lo que sea que sea necesario para llegar a fin de mes. Es un cine que, en definitiva, termina erigiéndose como el heredero de lo mejor que tuvo para ofrecer el Nuevo Cine Argentina, allá lejos y una generación atrás: no es difícil ver Mundo grúa Pizza, birra, faso escondidos detrás de los planos de estas películas.

Una de las mejores cosas de este cine, y de El cuidado de los otros, es, por decirlo así, su falta de perspectiva: no solo porque la cámara sigue de cerca a sus protagonistas (sí, los Dardenne) sino porque la narración ocupa básicamente esa misma posición. Vemos poco más que lo que ven ellos, sus limitaciones son las nuestras y las tramas que los envuelven parecen surgir exclusivamente de los elementos limitados (y muchas veces azarosos) que los rodean. No hay arco dramático sino una sucesión de trabas que van apareciendo a cada paso. Empiezan en un punto y terminan en otro, pero uno tiene la sensación de que los cruces que circunstancialmente constituyen una trama no son esencialmente diferentes de lo que pasa en cualquier otro día: lo extraordinario (lo narrado) surge solo del desacomodamiento de una de las piezas que normalmente funcionan con fluidez. Películas hechas con la materia de todos los días.

Gonzalez maneja con gran soltura las elipsis, que permiten un ritmo acelerado en una sucesión de hechos casi nulos, de forma que uno llega a sentir vértigo. Esta narración cotidiana y extremadamente fluida le permite, sin embargo, espacio al espesor de lo irrelevante. Parece una pavada pero es la materia del cine: supe que no podía sino amar El cuidado de los otros cuando, a los pocos minutos de película, el plano permite un pequeño rincón en el que vemos cómo la luz del sol penetra en los gajos de una mandarina. No hay preciosismo pero tampoco abstracción: la mandarina cumple una función (la bolsa de basura que desencadena todo esto), pero también tiene su momento: cáscara, gajos, sol. La cámara capta una chispa de nada y en esa chispa se esconde todo.

Por supuesto que si todo esto funciona es porque los actores pueden sostener cada plano a fuerza de pura fotogenia. El cuidado de los otros es Sofía Gala Castiglione. El cine no se hace solo con grandes actores, pero ella está bastante cerca de ser puro cine.

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