El día que resistía 
Argentina, 2018, 98′
Dirigida por Alessia Chiesa
Con Lara Rógora, Mateo Baldasso y Mila Marchisio

La noche

Por Gabriel Santiago Suede

No fue el único ni el fundador. Ozu y los niños. La orfandad y lidiar con los padres que no están. Si, Kore Eda Hirokazu. No, nada de Truffaut. Esa es otra clase de melancolía. No, tampoco es Favio. No, no es Rosellini. Basta de ecos.

La ópera prima de Alessia Chiesa reverbera de modos distintos en el cerebelo cinéfilo (digo cerebelo, porque ahí hay una respuesta instintiva, no una respuesta racional). La cinefilia es también piel y sensación. Y la película de esta joven directora tiene ese no sé qué de lo táctil, de lo olfativo. Hay, en ella, como en el mundo de los niños, más contemplación expectante del mundo que respuestas. Quizás sea por eso que su vibración narrativa sea tan particular: toda la película es un gran enigma repleto de posibilidades. Pero frente al enigma en cuestión, la pregunta por los niños solos en esa casa abandonada a su suerte, las tentativas son siempre laterales, como si la respuesta que nunca llegará se prolongara indefinidamente.

La película, con enormes puntos de contacto en relación a la película de Ivan Fund estrenada a finales de 2018, hablo de Vendrán lluvias suaves, sitúa a tres niños en los días y las noches en los alrededores e interiores de una casa sin adultos. Son días y noches de juego que, con el tiempo, derivan en inquietante abandono. Hay casa sin padres. Hay un día a día cada vez más insostenible. Hay monstruos de la noche y ausencia de los días que se hace cada vez más insoportable. En este aspecto, es notable el uso de los tamaños de plano, como reguladores de la relación con el mundo. Pasar de planos relativamente abiertos a planos cada vez más cerrados es también un modo de minar ese mundo de defensa, de resistencia frente a lo que se sugiere no tendrá resolución: esos niños solos, sin adultos cerca, en algún momento, morirán de inanición. Pero ese resultado no parece ser el que preocupe a la directora. Sino que la obsesión es otra: el naturalismo.

Como toda obra naturalista, el centro no está en la respuesta moralizadora. El ojo ciego del naturalismo mira hacia el caos, hacia el principio de la entropía. De ahí que la película sea especialmente puntillosa en las degradaciones diarias: una ropa cada vez más sucia, una cocina carente de elementos para comer o con los elementos abandonados y descuidados, los interiores llenos de polvo, el desorden penetrando en todas las habitaciones, la higiene personal cada vez más limitada o ausente. Para el naturalismo siempre vale más la pendiente que los motivos o el final. La degradación es el núcleo duro de los sueños húmedos de un naturalista. Pero esta degradación es distinta. No es el naturalismo de un Ferreri ni de un Buñuel. No es, siquiera, el naturalismo artie de un Haneke. Es el naturalismo pobre de los despojados políticos. Porque, en definitiva, todo naturalismo es político de una u otra forma. Y no hablamos de política referenciada, sino de política como emergente de esa degradación.

En El día que resistía la degradación es un continente vacío. En efecto no hay ni parece haber historia con mayúscula. Pero también hay una sustracción a cualquier historia menor. Lo que resta es una cáscara enigmática que, a partir de cierto punto, comienza a volver sobre sí.

La película de Alessia Chiesa es un ovni, pero con un vuelo limitado. Le sobran ideas, le sobra ejecución. Pero es su vacío, precisamente, el que llena y limita sus posibilidades. A veces los agujeros son agujeros y nada más.

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