El robo del siglo 
Argentina, 2020, 114′
Dirigida por Ariel Winograd.
Con Guillermo Francella, Diego Peretti, Luis Luque, Pablo Rago y Rafael Ferro.

Los límites del mainstream

Por Rodrigo Martín Seijas

El sub-género de robos y estafas es prácticamente inoxidable, en buena medida porque su molde básico permite muchas veces funcionar como un soporte para otras capas temáticas, narrativas y genéricas: la comedia, el thriller, el cuento de amistad, las nociones del profesionalismo, las lecturas socio-políticas. Eso explica en buena medida su potencialidad para conectar con los espectadores y también que una cinematografía como la argentina termine utilizándolo: al fin y al cabo, es una forma más simple y directa –aunque no deje de poseer su dosis de sofisticación- para interpelar a ese público adulto, de treinta y pico para arriba, que es desde hace mucho tiempo su único sostén. 

Quizás haya sido Fabián Bielinsky el que marcó un camino posible con el suceso de Nueva reinas, pero los éxitos de La odisea de los giles y ahora de El robo del siglo evidencian una consolidación de este rumbo. La primera aproximándose al delito desde la mirada de la clase media trabajadora “obligada” al delito, la segunda desde la perspectiva de los delincuentes “profesionales”. Entre ambas conforman un cine argentino masivo destinado a las audiencias de clase media profesional, que ve en estas historias una especie de camino de revancha –sumamente circunstancial y esquemático, por cierto- contra los poderes capitalistas, con un trasfondo social e histórico siempre latente. En el caso de la película de Ariel Winograd, el famoso robo al Banco Río realizado en el 2006, donde una banda de ladrones armó una toma de rehenes que ejerció de distracción mientras se dedicaban a vaciar la bóveda, llevándose bienes y efectivo por una cifra nunca precisada pero indudablemente millonaria. 

Lo cierto es que donde mejor funciona El robo del siglo es en su aspecto más “profesional”, en cómo retrata el laburo de un grupo de tipos que detectan una oportunidad única, con un plan que se va construyendo progresivamente y revelándose ante los ojos de los espectadores a medida que avanza la trama. Es por esta vía que el film va desplegando con mayor efectividad sus distintas superficies, que incluyen dosis puntuales de comedia, la tensión mientras se van ejecutando las distintas fases del robo y el juego con el artificio dentro del artificio, la puesta en escena/engaño del hecho real aplicada a la materialidad cinematográfica. Lo contrario sucede cuando la película quiere construir un marco afectivo y moral que justifique a los protagonistas: tanto las líneas de diálogo que enuncia el cerebro detrás del golpe que interpreta Diego Peretti, explicando la necesidad de un equilibrio cuasi justiciero; como las escenas del profesional del robo que encarna Guillermo Francella con su hija, queriendo mostrar que la quiere a pesar de mentirle, lucen cuando menos forzadas y hasta culposas. Es como si el relato necesitara pulir las miserias –que en verdad no son más que defectos- de los personajes, agregándoles una pátina entre romántica y sensible, que casi nunca pasa del apunte banal, para así no incomodar a los espectadores y que estos puedan empatizar con un grupo de tipos que no dejan de ser lo esperable y obvio: profesionales del delito. Eso se nota particularmente en los minutos finales, donde las resoluciones son entre tranquilizadoras y políticamente correctas. 

Viendo El robo del siglo, no podía evitar recordar películas como El plan perfecto o El gran golpe, que eluden la comedia o la sátira, pero se ocupan de construir entramados socio-políticos que funcionan como marcos de eventos particulares. Si esos films conseguían fusionar con tremenda precisión temas y acciones de la mano de un profesionalismo férreo, haciéndose cargo de cómo eran sus protagonistas, El robo del siglo se deja ganar por una culpa entre biempensante y facilista, que le impide ir más allá de las sentencias obvias o los pasajes de astucia narrativa. De ahí que solo pueda sostenerse a partir de la suma de sus partes: un director experimentado, un elenco sólido, algunas líneas de diálogo ingeniosas, la historia real repleta de elementos fascinantes. No hay mucho más que eso y el film es primariamente un síntoma de que el cine argentino mainstream, desde hace muchos años, no tiene un techo muy alto y los recursos con los que cuenta son limitados. 

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