Fin de siglo 
Argentina, 2019, 84′
Dirigida por Lucio Castro. 
Con Juan Barberini, Ramon Pujol, Mia Maestro, Mariano López Seoane y Helen Celia Castro-Wood. 

Resonancias

Por Luciano Salgado

Cuando uno se enfrenta a Fin de siglo resuenan muchas películas a su alrededor, como si en efecto los 84′ de duración fueran un gran espacio acústico en el que reverberan otras películas que conocemos (aunque de forma sutil, elegante, sin forzar demasiado la referencialidad). Asi las cosas no deja de ser una lectura limitada y un tanto injusta. Porque la película de Lucio Castro parece bastante más que una suma de citas o referencias legitimadoras. Por eso la película no se organiza de buenas a primeras en la cabeza. No. No hay nada de clásica en ella, al menos narrativamente hablando. No obstante, cuando el juego establece sus reglas y podemos comprender el desplazamiento, las piezas se encadenan. Y lo que prosigue no es otra cosa mas que un elegante sistema narrativo que desarma cuando comprendemos la constelación que organiza. Si, se le puede adjudicar una duración algo desmesurada para lo que narra (en 60′ o incluso menos podía narrar lo mismo con mayor efectividad inclusive), pero a su vez ese tempo interno es el que funda la melancolía que impacta con los últimos minutos de metraje.

Fin de siglo es lo suficientemente universal como para no ser reducida a una expresión de cine LGTTBQ+. De hecho hay algo de esa aclaración constante, de los subrayados del amor entre dos hombres que mencionan las diversas críticas que hablaron del film, que minimiza en el fondo lo más importante de la historia que narra la película: una pequeña enciclopedia de la percepción amorosa del otro y cómo esa percepción se modifica en las distintas instancias de una vida adulta (que va de los 20 a los 40) tanto individual como de pareja. Por eso también hay algo de engañoso en los primeros y morosos minutos en donde los libros que ocupan un estante, los intercambios de miradas entre los dos protagonistas (que aparentemente no se conocen), una cerveza de una marca en particular tomada en soledad, un recorrido por espacios aparentemente cualesquiera, parecen vincular a la película con una serie de formas-vagabundeo más vinculadas al cine moderno. Pero la inteligencia del film de Lucio Castro está en poder construir silenciosamente, debajo de esas figuras, una sucesión de indicios que hacen de la segunda lectura de los hechos una película clásica, un melodrama fantástico con viajes en el tiempo, adioses inconclusos, despedidas que no son tales, ucronías (qué hubiera pasado si…) en versión lo-fi.

Por eso, en su recorrido helicoidal (una hélice construye una helicoide, es decir, una figura que se desplaza sobre un mismo eje pero construye un sistema de cambios y repeticiones a la vez) la película obliga a que leamos y veamos su puesta en escena depurada varias veces. Y que lo que parece funcionar de un modo en realidad termine operando de otro. Por eso hay un pequeño prodigio en la película cuando se concentra en los objetos y los espacios, como grandes portadores de emociones. Incluso mucho más que lo que los personajes puedan decir, que en mayor o menor medida funciona como elemento informativo pero habla menos de cada uno de ellos como personas. Por el contrario, las acciones mínimas (un vino compartido, una heladera que se abre y descubre una vida distinta en cada tiempo, una recorrida nocturna, una remera persistente) son aquellas que hablan con una contundencia impar. Por eso el recorrido inicial que hacemos por sus minutos es un recorrido desprovisto de información, pero solo porque queremos. O porque no hemos sabido observar y escuchar cuidadosamente. Cuando volvemos el imparto es mayor. Y lo que parecía una sucesión de encuentros casuales se transforma en un ensayo sobre la adultez, la vida en pareja, la soledad, la melancolía de saber que el tiempo pasa y pasó y la necesidad de remendar el pasado.

Fin de siglo no necesita más que un balcón-De Lorean y un verosímil grande como el cielo para construir el suficiente impacto emocional. Sus elípticos viajes en el tiempo, sus versiones alternativas del pasado y presente y sus personajes algo esquivos en un inicio pero que terminan siendo queribles al final (menos por lo que dicen que por lo que expresan con sus silencios) son una verdadera irrupción en las formas en las que el cine argentino decide trabajar los géneros con su característica lateralidad despreciativa. No, aquí hay un amor asordinando por las formas más clásicas de los géneros. Sencillamente a esta película le tocó un tiempo en el que buena parte de sus logros y su melancolía infinita (que parece de otro siglo) se pierden entre sus imágenes falsamente contemporáneas. Pero ahí está esa otra película, la de la tristeza y el desarraigo. Solo hay que mirar con atención.

Comentarios