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Tiempo de lectura: 4 minutosHogar

Ludmila Ferreri

Hogar 
Argentina-Italia, 2019, 91′.
Dirigida por Maura Delpero.
Con Lidiya Liberman, Denise Carrizo, Agustina Malale, Isabella Cilia y Marta Lubos.

En una zona de grises

Por Ludmila Ferreri

Digamos que el cine argentino no suele ser particularmente propenso a encontrar zonas grises, espacios porosos en los cuales poder hacer pie. Más bien por el contrario, lo habitual, la costumbre en la que hemos recalado una y otra vez repara en definiciones tajantes (desde lo político, lo moral, pero también desde la dramaturgia). No nos habituamos a reconocer contradicciones irresolubles sino a establecer disociaciones antinómicas, agonísmos estúpidos (ay, Mouffle & Laclau, qué mal nos hacen!). Que en ese estado de cosas aparezcan milagros pequeños como Hogar (que no podría haber sido concebida sino por alguien con una mirada extranjera, disociada de la toxicidad local) habla muy bien de cierto sector de nuestro cine, que decide apartarse de la circunstancia, del detalle de época, de lo que la demagogia reclama. Y si algo no es la película de Maura Delpero es demagógica. Ese triunfo radica en una mirada que se hace fuerte cuando descubre los matices entre mujeres. Las religiosas, con todas sus variantes, y quienes se hospedan, madres solteras, con todas sus variantes.

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En Hogar estamos ante un verdadero queso gruyere, en donde todo conecta con todo, en donde lo religioso puede ser violento pero también redentor, en donde el mundo de las madres solteras puede ser vulgar, pero también un lugar desesperado. Y todo eso puede mezclarse, confundirse, convertirse en una masa amorfa de posibilidades y sensaciones, como bien muestra la maravillosa escena del festejo, con cumbia villera incluída, en donde en un mismo espacio, apenas separado por una tela que divide, vemos una sucesión de bailes en shorcitos de hule por los que se escapan los cachetes del culo pero también escotes explotados de un lado y un grupo de niños al cuidado de monjas que deben entretenerlos mientras sus madres se divierten por otro. Esa escena que parece trivial e inverosímil es una declaración de principios acerca del modo de funcionamiento de mundo que propone esta película (que por momentos recuerda a las formas liberadoras de componer el espacio dramático de Alanis, de Anahí Berneri).
Al mismo tiempo esa porosidad entre mundos se evidencia en el registro, que logra oscilar entre lo documental y la ficción (qué antigua esa disyuntiva, pero qué presente, lo sé), por lo que ese encuentro entre elementos de distinto orden también nos recuerda que la película comprende que su tema es el difuso límite que supone toda convivencia solidaria (que no tolerancia, que es un sentimiento hostil y con ánimos de superioridad).

Hogar

Si las versiones más anquilosadas y reaccionarias que reconocen a la mujer dos roles posibles (la mujer Eva o la mujer María, es decir, la puta o la santa), en Hogar no puede sino haber un juego que repiensa esa dialétcica antediluviana. Porque estamos ante una película en la que todas las mujeres pueden ser una y varias cosas a la vez. Por eso lo que vemos es una bomba que se desactiva a cada paso. Al final de cuentas los lugares comunes no son otra cosa que bombas que nos explotan y a las que decidimos ignorar o a las que dejamos que hagan mella, que lastimen. Pero no hay nada más distante a las lastimaduras proporcionadas por los golpes bajos o por los razonamientos dicotómicos que eso que logra esta película pequeña y poderosa, que posiblemente se pierda en la cartelera demencial de estrenos de fin de año en Argentina.

Las monjas de la película son mujeres. Las madres solteras son mujeres. El mundo del hogar de refugio que observamos es un mundo de mujeres. Sin embargo no hay una sola marca que construya una idea excluyente de lo que supone ser mujer. Ni de las prácticas de esas mujeres. En todo caso la película entiende que ser mujer no es un beneficio, ni un castigo ni un hecho extraordinario. Y que en ese mundo de mujeres la multiplicidad es la que enriquece a un sistema de simbolismos cada vez más oxidado, tonto y vacío (que indicaría que las partes que componen ese mundo de contraposiciones son buenas o malas per sé en vez de ser simples posiciones con prácticas contradictorias e irresolubles en una sola cualidad).

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Hacia el final de Hogar, no obstante, reaparecen algunas piezas que podrían llegar a confundirnos y a hacernos pensar que el film ha asumido una posición condenatoria hacia las madres solteras (una en particular, que es la que abandona a su hija, que es cuidada por una de las monjas de la orden, la más joven) y por el contrario, celebrar el trabajo de las religiosas. Afortunadamente es la misma película la que se da cuenta de este fino límite por el que bordea, por eso descubre zonas de encuentro: entre el extremo de las madres que abandonan y las monjas castigadoras reconocemos al menos cinco o seis grandes matices que habilitan pasajes de reconocimiento. Y en esos pasajes sobreviene el acierto ético de la directora, quien entiende que el eje jamás puede pasar por relaciones de bondad/maldad, caridad-desprendimiento/apatía-egoísmo. En ese encuentro de mundos hallamos una riqueza infrecuente, a la que no estamos acostumbrados. El problema es ese: las revoluciones en voz baja no se oyen. Y se las lleva el viento y el silencio.

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