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Tiempo de lectura: 2 minutosIlse Fuskova

Por Ludmila Ferreri

Argentina, 2021, 89′
Dirigida por Lucas Santa Ana y Liliana Furió
Con intervenciones de Ilse Fuskova, Adriana Carrasco, María Rachid, Diana Maffía, Mabel Belluci, María Laura Rosa

Mi mundo privado

Lohana Berkins. Carlos Jáuregui. Ilse Fuskova. Todos y cada uno de esos nombres esconden personas detrás. Usualmente configurados como mitos (en la lucha política por los derechos de las personas trans, de los gays y de las lesbianas, respectivamente), como héroes civiles de una lucha infinita, el modo en el que han sido documentada su lucha no siempre les ha hecho justicia. Quizás esto se deba a la tensión entre la vida personal e individual y la necesidad de convertir a esas vidas en ejemplos sociales de los colectivos cuyos derechos han sido vulnerados.

En este sentido, el anclaje que proponen Lucas Santa Ana y Liliana Furió con elabordaje de un personaje fascinante como Ilse Fuskova no es muy distinto a los que solemos ver en esta clase de documentales: por un lado la intimidad de la voz propia, por otro el uso del archivo que nos lleva (mediante fotos o mediante video) a tiempos en los que la experiencia de la elección sexual por fuera de la heteronormatividad implicaba un riesgo físico y psíquico para quienes osaran vivir su vida de ese modo. Pero así como están las convenciones de representación que el documental ostenta, también está la ternura necesaria de los detalles, que es el lugar en el que la película sobre Ilse Fuskova se convierte en una película sobre ella y no una película que utiliza a su protagonista para hacer reverberar al discurso anticipado en el tiempo para conectarlo con el presente.

En cierta medida, lo curioso es que el documental atenta contra su propia solidez y sutileza cuando en vez de dar pleno lugar a la inmediatez de los aspectos de la vida personal y la carga política de estos (el recorrido por vida y obra de Ilse habla mucho más y mejor que los relatos sobre el mito y sus grandes aportes históricos, que si bien son determinantes le quitan a la persona la centralidad del autodescubrimiento). En alguna medida, para los directores, siempre que hay un aspecto privado en la vida de las personas públicas es porque debe haber un correlato en esa vida pública. De esa manera las personas gestoras de momentos míticos (como la misma Fuskova) no son personas, sino que siempre estarán condenadas a la escritura de la Historia con mayúscula.

En alguna medida, el problema de Ilse Fuskova (la película, no la persona) es que el relato hagiográfico no hace otra cosa mas que inhabilitar el relato íntimo. No porque no aparezca ni porque deje de estar presente (de hecho lo está), sino porque la película entiende que la politicidad de los actos se expresa en las acciones colectivas y en la vida en común y no en las reivindicaciones privadas, incluso acciones silenciadas por el pudor o por la verguenza. En este sentido es que la película siempre observa doblemente: a la persona, a la que dedica una ternura y un amor visibles, pero también al mito, al que construye de manera admirada, al que fuerza a proyectarse sobre el presente, como si la misma Ilse Fuskova fuese una gran madre legitimadora de los colectivos LGTTBIQ+ presentes.

En esa tensión irresuelta podemos conmovernos con la persona, en efecto. Pero también podemos dudar del uso de los mitos, que como siempre sucede, son material plástico y reciclable para una diversidad de luchas más complejas y contradictorias que una pancarta alusiva.

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