La botera 
Argentina-Brasil, 2019, 75′
Dirigida por Sabrina Blanco.
Con Nicole Rivadero, Alan Gómez, Sergio Prina y Gabriela Saidon.

En tránsito

Por Carla Leonardi

La adolescencia es una etapa de transformaciones marcadas por el despertar sexual, si, pero al mismo tiempo ese despertar marca una instancia de pasaje, que deja en evidencia las implicancias de realizar el duelo por el niño ideal que fuimos para nuestros padres así como el duelo por los padres idealizados de la infancia, para construir nuestro propio camino como sujetos mientras nos adentramos en el mundo adulto. En esta etapa ancla Sabrina Blanco a su opera prima, La botera, en una ficción que hibrida el realismo social con el coming of age pero desde una perspectiva menos tradicional a los relatos de adolescentes de clase media.

Tati (Nicole Rivadero) es una adolescente de 13 años que vive en la Isla Maciel junto a Osvaldo (Sergio Prina), su padre. Osvaldo maneja un remise y ha hecho y hace lo que puede por criar a su hija. Tati se ha hecho fuerte a fuerza de los golpes duros de la vida. Pero el momento que describe la película es un presente en el que se produce una evidente metamorfosis, que la introduce en un mundo nuevo, lleno de incertidumbre, confusión y angustia. Buena parte de esa angustia deriva de no contar con un referente que pueda contenerla y orientarla, especialmente en lo que hace a su escolaridad (donde tiene un bajo rendimiento en varias materias) y al despertar sexual (temática de la sexualidad femenina que su padre, desconoce como abordar con ella). En buena medida todo Coming of age también tiene algo de eso: dejar el mundo de las referencias para comenzar a equivocarse solo.

En el comienzo de la película, vemos que Tati tiene un estilo más bien masculino, en cuanto a su tipo físico, la rudeza de sus modales, sus amistades con varones y los juegos en los que participa, como así también en cuanto a su vestimenta, que cubre las formas de su cuerpo. La directora nos presenta entonces a Tati como una adolescente que se sale del estereotipo común de la joven preocupada por banalidades, por su figura y arreglo personal, por ir a fiestas y agradar a los varones, como sus compañeras de colegio. Bien por el contrario, Tati parece interesada en otras cosas, que definen su camino a los tumbos. Una en particular: está interesada en ser botera, oficio en extinción (ligado al transporte de pasajeros por el Riachuelo, desde la isla Maciel hasta el barrio de La Boca) y que tradicionalmente es realizado por hombres. Es entre este prejuicio vinculado a los estereotipos de género (ligados a los oficios) y la angustia que el padre de Tati tiene con respecto a la independencia de su hija (el padre ha vendido el bote que de pequeña le había prometido; a la vez que le prohíbe en adelante incluso tomar contacto con el aprendizaje de dicho oficio) es en donde el bote adquiere otra clase de lógica simbólica, como una figura de resistencia.

Tati se encuentra subjetivamente dividida entre seguir siendo la niña que era -sujeta a las ordenes de su padre- o avanzar hacia la conquista de su feminidad y su independencia. Este nudo es claramente simbolizado en la película por ese peluche que Tati sostiene todavía en sus manos al borde de la cama, pero que a la vez, comienza a perder, al romperlo y quitarle trozos del relleno. Como perfecto contrapunto, el bote que cruza el riachuelo, es el símbolo privilegiado de la travesía vital que debe transitar Tati. En uno de sus primeros encuentros, con Maxi (Alan Gómez), el joven a quien le padre de Tati ha vendido el bote, éste le dice: ¿Para qué querés el bote, si no sabés remar? Y precisamente en este viaje, se trata para Tati de aprender a remar con las dificultades que la vida le presente, de obtener herramientas simbólicas, de adquirir un saber hacer con su sexualidad, con sus primeros amores, con su libertad, es decir, con aquello respecto de lo que no hay recetas predeterminadas que puedan servir.

Al mismo tiempo acompañamos a la protagonista en su descubrimiento de su feminidad: el desconcierto de la menarca, el pintarse las uñas, usar ropa más ceñida, la liberación de la sensualidad de su cuerpo al sumarse a un grupo de baile de cumbia, sus poses buscando capturar el deseo de Maxi. Tati gradualmente va dejando la defensiva identificación con los hombres para devenir una mujer deseable y deseante, incluso en un contexto de crueldad del que la película no la exime, como si la pusiera a prueba incluso excesivamente, casi sin dar lugar a algo parecido a la felicidad por el medio que fuera. Tati siempre está padeciendo. Y quizás ese sea uno de los problemas de la película: el tránsito hacia la independencia puede ser doloroso. El problema es cuando esa irrupción del dolor parece ser, por momentos, externa a la narración, casi como una voluntad de sometimiento del personaje de parte de su directora.

La joven tendrá entonces su primera experiencia con el sexo opuesto. Con inocencia, se dirige una noche a la casa de Maxi. El acercamiento brusco y con prisa de Maxi hacia el cuerpo de Tati, sin mediación amorosa y en un contexto de debut sexual, deviene para ella una experiencia del orden de lo intrusivo y lo traumático, sin poder responder. Maxi acepta el límite que le pone Tati y no la fuerza, pero ante esta negativa, la rechazará cuando lo busque cuando, mediado un tiempo, se encuentre emocionalmente más armada para poner el cuerpo y arreglárselas en el encuentro sexual. A pesar del trago amargo de esta experiencia, Tati sale fortalecida con el saldo de saber que sola (aunque no sin servirse del padre), puede abrirse paso, abierta a sortear los obstáculos tanto de las ocasiones felices como de los infortunios que la vida le depare. Crecimiento, si. Pero a un costo altísimo.

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