Las buenas intenciones 
Argentina, 2019, 86′
Dirigida por Ana García Blaya.
Con Javier Drolas, Amanda Minujín, Ezequiel Fontenla, Carmela Minujín, Sebastián Arzeno, Jazmín Stuart y Juan Minujín.

Mentiras verdaderas

Por Marcos Rodriguez

Es difícil hablar de una película tan hermosa como Las buenas intenciones. Buena parte de su fuerza viene de la sinceridad con la que exhibe sus emociones a flor de piel y es poco probable que lo que uno escriba haga justicia a esos pequeños momentos que flotan más acá de las palabras.

Quienes hablan sobre ella eligen referirse a la ambientación de época y a la cuestión autobiográfica. Difícil no hacerlo: más allá de los hechos (la existencia real de las personas e incluso de la banda que lideraba el padre de la protagonista y cuyas canciones suenan en la banda sonora) y los dichos de la directora (que uno bien puede no conocer al momento de ver Las buenas intenciones), la película lo postula abiertamente al incluir en medio de su metraje material de archivo real de la familia de Ana García Blaya. Es casi un juego: en medio de la reconstrucción ficcional de época (ah, los ’90, ah, sí, los críticos, que tendemos hacia el viejochotismo, nos acordamos cómo era aquella época) aparecen momentos que están filmados de tal forma que reproducen las filmaciones caseras de la época. Y, en medio de esas filmaciones caseras ficcionales, se insertan más que unos cuantos planos de las filmaciones reales, en las que vemos a las personas hacer (y repetir) los gestos de sus contrapartes de mentiritas. El juego es simpático: suma verdad, suma desprolijidad, hasta suma un desafío a las bases mismas sobre las que se construye una ficción: la puesta en evidencia de la meticulosa construcción y reconstrucción de lo que alguna vez simplemente fue.

El problema de concentrarse en el aspecto autobiográfico es que parece asumir que algo es natural cuando en realidad está lejos de serlo. Las buenas intenciones sería así de hermosa y conmovedora porque su “realidad” le garantiza verdad: lo que vemos pasó y es por eso que tiene vitalidad. Mentira. Todo en el cine es mentira. El aspecto autobiográfico sin duda debe ser importante para Ana García Blaya (la película está dedicada a su papá y a su mamá), y será relevante para los arqueólogos de la dirección de arte y la reconstrucción de época (ah, yo me acuerdo cuando iba a una disquería a comprar cassettes de compilados, murmuran a coro…), pero eso no quiere decir nada. Las buenas intenciones no siempre alcanzan. En cine lo importante es saber construir, esto es: mentir. En algún punto, mentir sobre la mentira o mentir sobre la verdad importa poco. Las buenas intenciones es así de buena porque sabe mirar, porque sabe prestarle tiempo al tiempo muerto, porque reparte su atención y su comprensión sobre todos, porque construye un mundo más que una historia y construye personajes más que un mundo, porque no se rinde ante el pudor o el miedo. Todo eso es mérito de Ana García Blaya. Eso es lo que sostiene Las buenas intenciones.

Dicho esto, y más allá de los múltiples aciertos que contiene, creo que lo que quedará en la memoria de esta película hermosa es la construcción de esa pareja de personajes que se sostienen por su cuenta pero, sobre todo, se retroalimentan en el vínculo mutuo: el padre y su hija. Personajes complejos, desde ya, pero sobre todo queribles: nacidos del trazo prolijo del cine clásico (se nos presentan de entrada con gestos mínimos y definitorios), hechos en la acción, sólidos y sostenidos. Personajes que se sostienen, desde ya, en el gran trabajo de los actores que les dan cuerpos: Javier Drolas (que creo que nunca estuvo tan bien, actuación puramente cinematográfica) y Amanda Minujin, el gran descubrimiento de la película.

Queremos ver Las buenas intenciones porque queremos verlos a ellos y el climax de la película, una simple charla entre ellos dos, debe ser de lo más emotivo que ha dado el cine argentino.

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