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Tiempo de lectura: 3 minutosLos ganadores

Por Federico Karstulovich

Los ganadores
Argentina, 2016, 78′.
Dirección: Néstor Frenkel.

Sean eternos los laureles

Por Nadia Marchione

A esta altura del partido, el cine de Néstor Frenkel ya es un género en sí mismo. O al menos lo es para quienes hemos seguido su carrera. Esto se debe a que sus documentales están atravesados por una visión tan particular y personal del mundo, que uno podría reconocerlos con sólo mirar un par de escenas. Dentro del documental argentino, hoy, Néstor Frenkel es lo más parecido que tenemos a un autor.

Con motivo del estreno de su última película, hace poco leí una crítica que hablaba de que Frenkel se ríe o se burla de las personas retratadas en sus películas. Desde mi punto de vista, nada más errado en la apreciación de su filmografía en general y de Los ganadores en particular. Frenkel no podría ser más empático con sus personajes. Tanto es así que, justamente, los vuelve propios, literalmente se los apropia para su cine. Esas personas que ahí fuera de sus películas respiran y se mueven independientemente del ojo de Frenkel, cuando son atravesados por la cámara de aquel se vuelven, automáticamente, sus criaturas. Son seres especiales, llenos de defectos, sí, pero con una profunda ternura que se les escapa por los poros.

En el caso particular de Los ganadores, no podemos obviar que los que sigue Frenkel con su cámara son ganadores de premios de poca monta, gente dedicada a recolectar reconocimientos por actividades que a simple vista no les importa (o no les podría importar) a nadie más que a ellos mismos. Y de cuánto y cómo les importa, de sus relatos de galardones ignotos, es que surge el ridículo. La ventaja del cine de Frenkel -lo que lo vuelve interesante para unos y repudiable para otros- es que no le teme al ridículo. El cine de Frenkel no teme enfrentar a sus personajes con su fase ridícula, pero maneja tan bien el límite, el borde del abismo, que nunca jamás podría acusárselo de dejarlos expuestos -excepto en los casos en que ellos mismos desean exponer sus miserias como es el caso del señor “embajador de la paz” que se enoja, y en su enojo se ve condensada toda su arrogancia-.

Los personajes de Los ganadores, tanto los que de alguna manera “compran” su premio, como quienes premian, son queribles. Son queribles porque son humanamente imperfectos, porque siguen hablando cuando creen que la cámara está apagada, porque murmuran y dudan sin miramientos. El tratamiento entonces de un tema tan ególatra como los premios, pero visto desde la ternura del ridículo como red, se vuelve exageradamente humanista y hasta podría decirse que la película, en su retrato particular de premios desconocidos, es prácticamente un tratado sobre cualquier galardón alrededor del mundo, que puede extenderse incluso a premios mucho más prestigiosos (o acaso la gaffe de los últimos premios Oscar puede ser menos ridícula porque sus vestuarios son más glamorosos que los de cualquier premio retratado en esta película?).

Frenkel imprime, entonces, su singular mirada, esa mezcla de documental de observación con rasgos de mockumentary a la que nos tiene acostumbrados, al mundo de los premios, los premiados y los premiadores (si es que acaso existe esa palabra). Los muestra con una fascinación que lejos está de ser burlona. Más bien es curiosa y perpleja, admiradora de la estética kitsch que cualquier puesta en escena de premiación puede alcanzar. El ojo de Frenkel capta detalles, mira con detenimiento allí donde cada uno de nosotros quizás no se detendría. Entra en esos detalles que, por pudor ante el ridículo, muchos de nosotros pasaríamos de largo. Y entrando allí los humaniza y el ridículo se atraviesa, logrando empatía con el espectador. Como pasa con Jorge Mario, a quien conocimos en Construcción de una ciudad (2007), disfrutamos por completo en Amateur (2011) y que aquí abre y cierra Los ganadores. Su figura constituye así la síntesis del tipo de criatura que logra retratar Frenkel. Alguien que aparenta su ridiculez extrema y que, cuando logramos atravesarla, se vuelve profundamente querible. Tanto como para querer verlo una y otra vez cada vez que Frenkel estrena una nueva película.

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