Los sonámbulos 
Argentina-Uruguay, 2019, 107′
Dirigida por Paula Hernández.
Con Érica Rivas, Daniel Hendler, Luis Ziembrowski, Ornela D’Elía, Marilu Marini, Valeria Lois y Rafael Federman.

El subrayado como método

Por Rodrigo Martín Seijas

Los primeros minutos de Los sonámbulos son razonablemente decentes, aunque no dejen de ser una clara réplica de lo que podríamos denominar con cierto simplismo como “estilo Martel”. La cámara en mano y pegada a los personajes, los planos cerrados y hasta asfixiantes, incluso las atmósferas que rozan lo inquietante –por ejemplo, la muy buena escena del comienzo, donde vemos a una chica desnuda y con sangre menstrual, aquejada por un episodio de sonambulismo-, le sirven a Paula Hernández para delinear efectivamente la premisa del relato, centrado en una reunión de año nuevo de una familia atravesada por múltiples y latentes tensiones. No deja de notarse esa operación de imitación, que no tiene finalidad mucho más allá de lo funcional: si Martel filma así por convicción –incluso en sus peores momentos-, como una vía para hacerse cargo de lo que está contando a un nivel ciertamente ético, lo de Hernández es más instrumental, un camino para conectar con un público festivalero, capaz de reconocer rasgos ya muy explorados. 

Pero ese primer tramo correcto aunque nada innovador –que demuestra que hay una parte del cine argentino que funciona como una máquina de repetición similar al mainstream hollywoodense pero desde otro lugar- no va más allá de la media hora. A partir de allí, la película entra primero en una instancia de repetición y giro sobre el vacío, donde la narración no avanza, como si Hernández no se decidiera a abordar lo que realmente quiere contar. Quizás porque el procedimiento imitativo ya está a esa altura agotado, quedando demasiado explícito que la puesta en escena centrada en lo corporal, en el registro de los cuerpos y sus interacciones, no pasa de la mera pose. Sin embargo, esos minutos de indecisión conducen luego a algo mucho peor. 

Es que ya entrando en los últimos cuarenta minutos, Los sonámbulos pasa de ser una superficial actualización de los primeros años del Nuevo Cine Argentino, a un retroceso –en todo sentido- al cine nacional (y la televisión) de los ochenta y principios de los noventa. Los personajes empiezan a elevar sus voces, los diálogos se hacen cada vez más explícitos, la gestualidad pierde toda sutileza, los protagonistas caen cada vez más hondo en lo estereotípico y es casi imposible no sentir que se está viendo un capítulo de AtreverseAlta comedia o incluso Montaña rusa. Todo se va haciendo obvio, remarcado, como si a Hernández se le hubieran agotado todas las herramientas cinematográficas y solo le quedara el grotesco. Pero encima se agrega una sombra adicional, que es la del peor cine festivalero posible, representado por nombres como Iñárritu o el Cuarón de Roma. De hecho, uno la ve a Érica Rivas, con todo el maquillaje que la avejenta y se retroalimenta con una interpretación cada vez más desbordada, y no puede evitar recordar al Brad Pitt de Babel.

Las últimas escenas de Los sonámbulos confirman las peores presunciones, y no solo porque el acontecimiento que hace estallar todo se ve venir a la distancia, a partir de indicadores carentes de toda sutileza. Los gritos, las peleas, los llantos, esa especie de drama al cuadrado -donde el subrayado es el método por excelencia- dejan bien en claro que todo lo terrible que sucede solo está en función de una tesis previamente diseñada. Hernández pareciera querer decirnos que el mundo es un lugar horrible y que la familia –particularmente la de clase media alta y terrateniente- es una institución que muchas veces puede ser una trampa, lo cual no deja de ser válido (al fin y al cabo, es una opinión), si no fuera porque para eso recurre a todo tipo de manipulaciones y arbitrariedades. Ver Los sonámbulos es como echarle un vistazo al pasado más gritón del cine nacional, pero también puede ser anticipatoria: el pesimismo sensacionalista y de diseño de Iñárritu –tan hecho para ganar premios y generar una polémica efímera- ya tiene émulos en el cine argentino. 

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