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Tiempo de lectura: 4 minutosLos trabajos y los días

Por Ariel Esteban Ramos

Los trabajos y los días 
Argentina, 2019, 61′
Dirigida por Juan Villegas

La tradición de la vanguardia

Por Ariel Esteban Ramos

Entrada al Teatro Colón. Parece la entrada de artistas de Cerrito, pero puedo equivocarme porque es de noche. Un Taxi Peugeot 504 impecable y el vestuario de los numerosos extras del mundo real nos notifican que la escena tiene unos años. De repente, Gerardo Gandini en la sala grande del Colón. La platea está vacía, pero lo rodea en el escenario un grupo atento, absorto en el universo de sonidos que van saliendo de un largo cajón que, en un plano previo, se nos muestra intervenido con tornillos y caprichosos apagadores. Quizá ya ni se trate de un piano. ¿Qué estará tocando? Quizá un fragmento de Liederkreis, su última ópera, que pude escuchar una noche hace 20 años junto a Il Prigionero, de Luigi Dallapiccola. Qué noche.

Aunque en «la sala de arriba» las obras de Gandini se escucharon asidua y merecidamente, su impronta experimental y su labor como programador se deja sentir más naturalmente en «la sala de abajo», el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), de la que fue su primer director. Con este homenaje que encontrará su espejo sobre el final, fragmentos documentales dentro de un documental, arranca Los trabajos y los días, de Juan Villegas.

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El departamento musical de las películas de making-of tiene antecedentes tan numerosos que sería ocioso ofrecer una lista. Pero tampoco es exactamente el caso de este objeto fílmico que, cuando al final comienza la música, nos muestra largamente al público sentado como al voleo en la sala, a la manera de esos happenings míticos del Di Tella que mi generación no llegó a ver. La cámara se demora en la llegada de las primeras cajas a la cocina del CETC, se detiene en las minucias del armado de una puesta de luces y se desgrana en dilemas kafkianos que, por ejemplo, cambiarán aquella idea tan simpática de sentar al público en reposeras (que parecía que las conseguían pero no las consiguen…) por un viaje al Once a buscar almohadones. 

El programa hesiódico del título parece rescatar la importancia, la dignidad de este engranaje que trabaja siempre en las sombras, en el largo paréntesis entre la firma de los contratos y el primer ensayo. Tal vez este énfasis en dar el tiempo a lo que nunca se ve arriesgue demasiado las reservas de paciencia del espectador. Me cuesta verlo con objetividad, ya que tuve oportunidad de participar en varias locuras sonoras en ese palacio subterráneo, pero las cajas, los telefonazos y el día a día de la producción se me hacen excesivos.

La excusa, el espectáculo In nomine Lucis (En nombre de la luz), basado en ocho composiciones electroacústicas como entorno sonoro para la «puesta en escena» de dos obras de Giacinto Scelsi, Khoom y Sauh I. La elección de villegas es acertada al privilegiar esas tomas fuera del lugar a donde se dirigen todas las miradas, revelando la voluntad de un espacio que ensaya otra organización, otras jerarquías. Sin esa direccionalidad clásica que sí tiene esa otra sala armada de araña, alfombras rojas y volutas. Como si la edad que Hesíodo pinta de dorada tuviera lugar allí mismo, unos cuantos metros más arriba, en un teatro en donde sólo se ve la escena y que justamente, oculta sus condiciones de producción («la tierra produce bienes», decía Hesíodo). La arquitectura inadecuada del CETC, casi un depósito, una fábrica recuperada, colabora para lograr este efecto de espacio a veces en tensión, a veces inane, con fronteras y centros lábiles. 

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Tal vez peque el documental de jugar demasiado con esa anulación de coordenadas, sobre todo las informativas: ¿quién habla ahora? ¿quién es este personaje? En ese aspecto, esta laxitud intencional produce una nueva jerarquía quizá nunca buscada, la de los iniciados que sí saben quién habla, quién se muestra. Reflejo de un espacio del conoisseur en donde, como dice Sarlo, se juntan al mejor estilo de la serie Dark dos públicos sedientos de vanguardia: los jóvenes actuales y los jóvenes de los 60, del Di Tella. La emoción de volver a ver almohadones. 

El contenido del programa ofrece en cierta forma una estructura similar a lo que Villegas pareciera querer narrar. Porque las composiciones electroacústicas operan como una suerte de arquitectura para la dos obras de Scelsi que vertebran el programa. Son elaboraciones sonoras a partir de la experiencia de haber visitado el archivo de la Fundación Scelsi. ¿Habrá querido mostrar Villegas la dualidad de registros en la que se desenvuelve esta puesta tan particular, ondas y partículas? ¿O es una casualidad la elección de esta obra? 

No parece, o por lo menos eso hace pensar el título del concierto, basado en otra obra de Scelsi. Luz en la oscuridad es lo que sucede en este espacio tan atípico, inframundo de tinieblas gástricas en donde la luz, donde todo el dispositivo técnico y humano se revelan más puramente como artificio, pero sobre todo como trabajo y lenta digestión. El riesgo de extraviarse en la anécdota amenaza a Los trabajos y los días hasta el final, al borde de perderse en un ensayo sobre la burocracia, sobre la insignificancia que rodea desde los márgenes infinitos a todo sentido. Quizá por eso el cierre, doble homenaje a Gerardo Gandini y a Rafael Filippelli, nos tranquilice y a la vez nos decepcione, como recurso emotivo a una vanguardia que ya es tradición. Karma de nuestro Zeitgeist, moderno y posmo a un tiempo.

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