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Tiempo de lectura: 3 minutosNieve negra / Casi leyendas / Los padecientes

Por Federico Karstulovich

Nieve negra
Argentina-España, 2017, 87’
Dirigida por Martín Hodara.
Con Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín, Laia Costa, Federico Luppi y Dolores

Casi leyendas
Argentina-España, 2017, 105’
Dirigida por Gabriel Nesci.
Con Diego Peretti, Santiago Segura, Diego Torres, Claudia Fontán, Florencia Bertotti, Bebe Sanzo y Uma Salduende.

Los padecientes
Argentina, 2017, 116’
Dirigida por Nicolás Tuozzo.
Con Benjamín Vicuña, Eugenia Suárez, Pablo Rago, Nicolás Francella, Luis Machín, Angela Torres, Osmar Núñez y Justina Bustos.

Los tanques no tienen soldados

Por Federico Karstulovich

Los tres tanques relativamente importantes en cantidad de salas y copias estrenadas son, no casualmente, películas de directores impersonales. Ojo, que no se malentienda: eso no constituiría un problema si no fuera por una serie de inconvenientes que anteceden a la observación sobre la impersonalidad. Y, a decir verdad, creo que ser impersonales es de lo mejor que pudo haberles pasado.

En la película de Martin Hodara (codirector con Ricardo Darín de la poco lograda La señal) hay un intento por replicar los climas del cine de Fabián Bielinsky. Pero ahí donde el cine del fallecido director confiaba en las imágenes, Hodara precisa de explicaciones verbalizadas o lisa y llanamnte, redundancias mediante flashbacks. Hay, en ese verbocentrismo del mainstream argentino, un íntimo desprecio para con el espectador, a quien trata de manera condescendiente. A eso sumémosle una necesidad imperativa de dar giros de tuerca a un guión que es un colador de arbitrariedades y que, en ningún momento confía en sus personajes, que más que personas parecen funciones simbólicas en un mundo con un verosímil dudoso. No obstante, el final es de una previsibilidad que se adivina a 10km. Acabada en los rubros técnicos, como las mejores publicidades, si, pero desconfiada de la potencia de las imágenes, Nieve negra es un salto hacia un cine ascéptico, sin demasiados matices pero tampoco sin demasiados códigos con el espectador, hacia el que expresa un sutil desprecio disfrazado de oscuridad arbitraria. Todo lo contrario a la narración clásica y tersa de Bielinsky. Y eso que es la mejorcita del trío.

Impersonal, también, es la película de Gabriel Nesci, quien luego de haber dirigido Días de vinilo (2012), comprendió que (compartiendo el cetro con Ariel Winograd) el cine argentino mainstream, especialmente la comedia, tiene que ser permutable, es decir, tiene que poder verse, entenderse, consumirse e imitarse en cualquier parte del mundo (porque el negocio está en la venta de derechos y en los estrenos internacionales, no en el mercado argentino). Por eso crea un mundo impersonal, irreconocible a un contexto local, una suerte de artificio de clase media porteña en donde los problemas se asemejan mucho a los de una suerte de imaginario mediocre y televisivo del universal de clase media metropolitano cosmopolita de cualquier ciudad del mundo occidental. La comedia de Nesci es una suerte de versión citadina del world cinema pero al revés: en vez de ser hiper localista, multicultural y for export, es cosmopolita, impersonal e imitativa de usos y costumbres, como si el clasicismo consistiera en imitar a directores de comedia actual que nos gustan como Judd Appatow o Nicholas Stoller. El cine de Nesci sigue siendo una enorme sucesión de poses reconocibles de otros cines y otras recetas pero no hay apropiación alguna de los materiales en su propuesta. No hay cine argentino, pero tampoco es universal. Es, invocando a Augé, un no espacio cinematográfico. Es un territorio neutro de identidad.

El tercer director sin identidad es Nicolás Tuozzo, quien tras dos largometrajes que pasaron sin pena ni gloria por la cartelera (Próxima Salida en 2004, Horizontal/Vertical en 2008) hace un salto presupuestario de proporciones astronómicas. En este caso el director se ve sujeto a un principio ajeno al cine, que es el de la publicidad. Para la publicidad todo debe ser reluciente, se debe ponderar el producto por sobre la narración (y en el mejor de los casos, que la narración sea funcional al producto). Y Los padecientes no hace nada muy distinto: dispone los procedimientos formales y las decisiones estéticas al brillo del producto. Y el producto es el inverosímil mundo de la novela de Rolón, cuyo realismo ramplón está repleto de lugares comunes sobre el policial negro y sobre el comentario social sobre las clases altas. Como la novela misma construye un mundo sin riesgos, matices ni variables en lo que hace a su conclusión, la puesta en escena no hace otra cosa sino acompañar esa limitación. La traducción formal de esto es simple: abundancia de recursos. Todo es explicado, verbalizado, subrayado, mostrado 2,3,4,5,10 veces. Y el recurso predominante es la redundancia. Esto atenta contra cualquier posible clima narrativo. Finalmente la película asume su condición de meseta y nosotros cabeceamos.

Entre la impersonalidad, las abundancias explicativas, la estética publicitaria, la desconfianza en la narración y la cualidad permutable del mundo que representan, los exponentes del mainstream argentino no hacen otra cosa más que convencernos de una idea superadora: el cine argentino que más presupuesto público concentra, que más espectadores lleva, que más salas inunda, es cualquier cosa excepto local.

El nuevo mainstream argentino se impone con la densidad de una flatulencia en un vagón de tren cerrado, en invierno. Y nos lo comemos, aunque no lo queramos respirar.

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