Pistolero 
Argentina, 2019, 108′
Dirección Nicolás Galvagno
Con Maria Abadi,  Diego Cremonesi,  Lautaro Delgado,  Juan Palomino,  Sergio Martínez

El retorno del pop(ulismo)

Por Luciano Salgado

La fascinación pequeñoburguesa por el mundo criminal (que es una fascinación fría, de esas que se consumen, se ven desde fuera, que se disfrutan como mito pero despolitizan a las personas y sus actos o los politizan para el lado que más les place) siempre retorna. Es un retorno peronista, que como siempre, vuelve cuando la crisis se huele en las calles (aunque nunca suma demasiado sus partes de responsabilidad). De mitificaciones peronistas ha sabido construir un cine potente un director como Leonardo Favio, quizás el más lúcido de los poetas cinematográficos que supimos tener. Su lucidez, precisamente, siempre fue ligada a que la emoción nunca estuvo disociada de cierta distancia formal, como si la épica en Favio siempre hubiera sido un camino de dudas.

El mundo de los bandidos rurales es un mundo de fascinación burguesa, precisamente porque es un mundo que no los toca. Es un mundo de acciones parecidas pero puntos de partida divergentes: todos los bandidos rurales supieron asaltar, muchos de ellos supieron matar, la gran mayoría terminó muriendo. Lo curioso es que las acciones de estos bandidos (romantizados por un robinhoodismo superficial, infantil, como si el mundo de la violencia fuera una sala de jardín de infantes) parece ser una superficie carente de rugosidad para quienes los idolatran por la distribución. “Roban pero la reparten” podría escucharse. El bandidismo, amén de la defensa obtusa de quienes la cuentan sin haberlo vivido (no lo viví pero he conocido a gente que si), no es ni fue nunca un juego. Detrás de toda actividad de los bandidos rurales siempre hubo una parte de violencia que la lectura academicista parece analizar sinuosamente (en el caso de el libro de Roberto Carri (Isidro Velazquez: formas pre-revolucionarias de la violencia) el nivel de fascinación es incluso una apología de la violencia, no asi en el caso de los libros de Hugo Chumbita (Jinetes Rebeldes) y Eric Hosbawm (Bandidos)), como si en el fondo el fenómeno omitiera cualquier tentativa de pensar el ejercicio de la violencia desde su costado más humano y contradictorio.

Juan Francisco Cubillos y Juan Bautista Bairoletto, José Dolores Córdoba, Manco Bazán Frías, Francisco López, Julián Baquisay, Antonio Mamerto Gil Núñez (si, el gauchito Gil), Aparicio Altamirano, Olegario Álvarez (el gaucho Lega), Martina Chapanay, Juan Cuello, el Gato Moro, el Tigre de Quequén, Santos Guayama; Segundo David Peralta (Mate Cosido), Pelayo Alarcón y la lista sigue. Todos y cada uno de ellos fueron bandidos rurales. Pero el presente nos trae variaciones despolitizadas de esas vidas desesperadas. El presente construye, desde la comodidad de una cama tibia y sábanas limpias, una sucesión de vidas deseables, una sucesión de santos. Y es que el cine antisistema tiene ese no sé qué de la épica falopa que habilita suspiros a granel. No hay épicas democráticas, ni republicanas ni reflexivas con la violencia. La violencia vuelve. Pero la poesía triste de los que alguna vez fueron expulsados del sistema pero pueden contar la historia del margen, como alguna vez lo hiciera Favio, no se queda. Lo que nos queda son imitadores de baja escala.

Pistolero al final de cuentas, es una película fascinada con la violencia y con los bandidos rurales. Pero es, al mismo tiempo, una película vaciada de poesía, de sensibilidad racional frente a lo que representa. Y eso la carga de una inevitable mochila de frialdad. Nada de lo que emerge de ella puede conmover porque, sencillamente, no hay emoción posible detrás de las pasiones frías. Y lo único que nos queda cuando las pasiones sin calor se apoderan de las historias y de las vidas alucinadas es una sucesión de poses sin vida. Por eso en buena medida la película de Nicolás Galvagno es una suerte de juego con tradiciones locales (Favio) y un género que el cine argentino suele visitar con mayor o menor suerte como es el western, que en esta caso particular parecía ser el género indicado para seguir preguntándose por la idea de ley, institucionalidad y delito. Pero nada de eso es el centro de la película. Por el contrario nos vemos sometidos a poses de género, que son algo asi como moldes configurados previamente para ser llenados con material. Nada de lo que vemos en ella parece entonces valerse del género ni del tono del cine de Favio (excepto quizás uno de los últimos planos, con su protagonista esperando la llegada de la policía, en un plano muy cerrado, con volumen a nivel 1000 y con una carga épica ausente en el resto del film). Por eso tampoco nos interesa ni nos cambia nada de lo experimentado por lo personajes.

En el medio del experimento quedan actuaciones que merecían un mejor contexto, como la de Juan Palomino, que cada vez actúa mejor y con menos recursos. O la de Lautaro Delgado, que también ha aprendido a explotar sus recursos limitados a lo gestual. Acaso el mas desaprovechado del conjunto sea Diego Cremonesi, que suele ser un actor más que solvente pero que aquí está entregado a una sobreactuación involuntariamente funcional a las características de una película que en efecto sobreactúa una pertenencia a un mundo que le es ajeno. Pero que necesita reivindicar como propio. Es lo que sucede cuando lo popular se imposta: se llama populismo.

Comentarios