La odisea de los giles 
Argentina-España, 2019, 116′
Dirigida por Sebastián Borensztein
Con Ricardo Darin, Luis Brandoni, Chino Darin, Verónica Llinás, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Marco Antonio Caponi, Rita Cortese, Ailín Zaninovich, Alejandro Gigena, Guillermo Jacubowicz y Andrés Parra.

Género mata bajada

Por Rodrigo Martín Seijas

No fui a la función de prensa de La odisea de los giles, sino que terminé yendo a una función comercial. Y puedo asegurar que un macrista ferviente saldría deprimido. No por la película en sí, sino por lo que genera en el público: con su relato situado durante la crisis bancaria, financiera y económica que arrancó en el 2001, consigue interpelar algo latente en el argentino medio, esos fantasmas de crisis terminales que pueden llevar a asociar a Macri con la chance de repetir el destino que marcó para siempre a De la Rúa. A su vez, si fuera kirchnerista ferviente, tampoco me quedaría tranquilo: el film habría tenido un impacto parecido en el 2013 o 2014, porque si hay algo a lo que está acostumbrado el argentino medio es a que todo le tiemble a su alrededor cada cierta cantidad de años.

Sin embargo, la lectura socio-política e ideológica termina siendo, previsiblemente, lo menos interesante de La odisea de los giles. Eso no deja de ser lógico: el paternalismo y el trazo grueso son marcas registradas tanto de la literatura de Eduardo Sacheri como del cine de Sebastián Borenzstein. Ambos antecedentes hacían presagiar lo peor. Sin embargo, la historia de un grupo de laburantes que ponen todos sus ahorros en el sueño de armar una cooperativa pero sufren una estafa enmarcada en el “Corralito” (para los lectores no argentinos: se trata de una medida terrible tomada por el ministro de economía argentino en el año 2001, medida que supuso la imposibilidad de acceder plenamente a los ahorros y al propio dinero depositado en los bancos a millones de argentinos), para luego encontrar la chance de tomarse revancha a través de un robo, elude buena parte de los riesgos que la acechaban. La clave de esa salida al previsible problema viene por el lado de cómo se aferra a lo genérico y a su galería de personajes. En ese contexto, las actuaciones se convierten en un hecho determinante. 

Es cierto que los primeros minutos de la película amenazan con llevarla directo al desastre. Allí conviven la lectura superficial sobre los avatares de la crisis del 2001, la mirada un tanto obvia sobre una clase media trabajadora que siempre es víctima y una estructura narrativa a la que le cuesta despegarse del lastre literario de la novela de origen. Pero cuando el film consigue terminar de plantear su premisa, presentar a los héroes y al villano -además de definir los obstáculos que se interponen-, se permite finalmente lanzarse a la aventura.O más bien, se permite dejarse llevar por ese gran sub-género que es el de la s películas de robos planificados. Por eso, el primer mérito de Borensztein es darse cuenta a tiempo que lo que importa no es tanto la bajada de línea ideológica (que está presente, es cierto, pero pasa a un segundo plano), sino la misión y el plan que se va armando. De ahí que el retrato social y político se pueda poner al servicio del conflicto central y desde ahí cobrar más relevancia pero por otros medios: la narración no queda relegada. El segundo es el de otorgarle un rol relevante al humor, a la comedia bastante simplona, por momentos lidiando con el grotesco, pero efectiva en su construcción, lo cual ayuda a que la acumulación de estereotipos (más algunas subtramas no del todo bien resueltas) no se note tanto y hasta funcione como una herramienta más en el relato.

Todo lo anterior lleva a que en gran parte de su metraje La odisea de los giles se pueda leer como una especie de versión autóctona de Robo en las alturas, con sus individuos comunes, torpes pero queribles, como representación esquemática de la “gente de a pie” que por una vez decide rebelarse y enfrentarse a los poderosos. En todo caso lo es un poco a medias, porque en la película de Borenzstein sigue rondando una justificación que es también una negación: las palabras “robo” y “crimen” andan circulando por ahí, pero nunca se ratifican. En cambio, se prefiere enunciar como objetivo el eufemístico “recuperar lo nuestro”. Eso no deja de ser un poco cierto, porque los protagonistas recurren al delito como un medio para un fin, como un último recurso cuando ya no tienen a nada ni nadie que recurrir. Sin embargo, si en el film de Brett Ratner el sistema de justicia podía llegar a actuar cuando aparecían las pruebas pertinentes, en La odisea de los giles la única justicia posible es por mano propia, porque las instituciones están totalmente ausentes para proteger al “laburante”. En eso, la figura de Ricardo Darín vuelve a ser fundamental: su capacidad para encarnar –y por lo tanto interpelar- a ese argentino promedio sin fe en el sistema y que apela a otras formas de comunidad (porque las leyes ya no lo contienen) es también un reflejo de las potencialidades y límites discursivos del cine mainstream nacional.

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