Que sea ley 
Argentina, 2019, 87′
Dirigida por Juan Solanas.

Ni indagación ni persuasión

Por Rodrigo Martín Seijas

En su más que interesante libro La quinta disciplina, Peter Senge le dedica un capítulo al concepto de los modelos mentales, explicando que no son otra cosa mas que una especie de anteojeras con las que vemos el mundo. Los modelos mentales serían, por tanto, nuestros recortes sobre el contexto, configuraciones culturales y sociales que nos llevan a establecer menos razonamientos que estructuras lógicas cristalizadas, por eso nos dejan a un paso de las simplificaciones pero también de los prejuicios. Funcionan casi como métodos de defensa –si quisiéramos abarcar toda la realidad con nuestra mirada nos estallaría el cerebro-, pero también suelen cerrarnos a otras perspectivas. Por eso el autor enumera acciones/recomendaciones para tratar de superar -incluso romper- los modelos mentales, entre las cuales se encuentra la búsqueda de equilibrio entre la persuasión y la indagación. Es decir: argumentar pero también escuchar, intentar percibir qué piensa el otro, porque eso incluso alimenta nuestra capacidad para convencer a quien piensa distinto a nosotros. 

Dije todo lo anterior porque si hay un género que suele asomarse con facilidad a los extremos ideológicos y las posturas políticas radicales es el documental. Y lo cierto es que, para hacer política y convencer a otros de que compartan nuestra ideología, se necesita escuchar, investigar, incluso cuando esa indagación pueda generarnos incomodidad, ya que el mundo no tiene por qué estar habitado por gente que opine lo mismo que nosotros. Inevitablemente, entonces, el terreno de la política se revela como cualquier cosa menos un terreno cómodo. Es, en el mejor de los sentidos, uno de disputa, pero también uno que implica entendimiento conjunto. Es una de las pocas cosas que enriquece la experiencia humana: convivir solidariamente en el dispenso pero también poder entenderse y llegar a acuerdos. Bueno, todo esta expresión de deseos no aparece casi en lo más mínimo en Que sea ley, que se precia de su posición política, casi en el orden de la propaganda (se dice que la propaganda refuerza a quienes opinan lo mismo y la publicidad convence a quienes no saben qué pensar todavía sobre ciertas cuestiones) pero que no parece entender el fino arte de hacer política, donde la capacidad de convencer debe ir a la par del propio convencimiento. 

¿Tenía poco material Solanas para indagar, para investigar, para contrastar? No, más bien lo contrario. Se enfrentó a un campo enorme, rico y extenso para explorar, múltiples recursos a los que apelar para sentar un posicionamiento y a la vez dar una productiva batalla cultural. Pero por algún motivo que intentaremos identificar, nada de esto sucedió. La discusión dada alrededor del proyecto para legalizar el aborto en Argentina -proyecto de ley que obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados, pero fue frenado en el Senado- presentó –y presenta- toda clase de aristas culturales, sociales y políticas que la película pudo abordar. En el registro que el documental prácticamente no hace hay posiciones confrontando que son indicadores de miradas radicalmente opuestas sobre el mundo, pero también numerosas ambigüedades: entre ellas sectores de poder tratando de influir para un lado y para otro, discusiones que abarcan cuestiones no solo de salud y de derechos, sino también económicas, pero también tensiones internas, intrapartidarias, incluso con decisiones sorprendentes casi desde un comienzo. Que sea ley no elige los matices, los grises, las contradicciones, las agachadas políticas de la historia, sino arrancar su narración cuando el proyecto acaba de obtener media sanción en Diputados, como si le molestara –o más bien incomodara la suciedad de estar plagado de contradicciones irresolubles- contar que quien tomó la decisión política de tratar la legalización del aborto fue un Presidente que estaba en contra de la medida. Es una variación fordiana de contar la leyenda antes que contar la historia. Contar el mito prístino antes que dar cuenta de la incómoda verdad de los hechos, de los datos fácticos.

Es que en verdad, a medida que progresa su metraje, queda en claro que el film de Juan Solanas está hecho para complacer (convencer a los convencidos) y que no propone ninguna clase de debate. Esto podría sonar lógico cuando ya su mismo título indica su posicionamiento. Si, hubiera sido enriquecedor ver atisbos de discusiones, contradicciones, tensiones, autocríticas, algunos grises en una lucha política que sigue siendo cuesta arriba. Pero no, Que sea ley elige narrar desde el maniqueísmo del mito, de la épica, donde el mundo de las tensiones políticas se resuelve en bandos contrapuestos y discontinuos en vez de en el análisis de las sinuosas continuidades entre posiciones que parecen confrontadas pero que en realidad muestran puntos de contacto dados por las idas y vueltas de las negociaciones, de las operaciones políticas de turno. Es representativo, en este punto, el tiempo que la película le dedica (menos de cinco minutos) a quienes están en contra de la legalización del aborto (y siempre con un nivel de subestimación alarmante) desde el montaje y la puesta de cámara, reduciéndolos a meros ignorantes, protofascistas o gente deleznable.

En este recorrido esquemático, hasta las personas que están a favor terminan cayendo en la volteada, porque los testimonios –que ofrecían un gran potencial- no son presentados en función de construir un discurso potente, sino introducidos como si fuera un trámite administrativo, una operación burocrática del discurso. Incluso un episodio de particulares resonancias políticas –la toma del Comité Nacional por parte de la Juventud Radical, protestando porque la mayoría de los Senadores del partido iba a votar en contra de la legalización- termina siendo mencionado apenas como un mero dato al pasar, como un hecho menor. 

¿A quién le habla Que sea ley? Nuevamente, a los convencidos, a quienes claramente ya tomaron posición a favor de la legalización y solamente necesitan confirmar su opinión. ¿Resuenan ecos de la vieja y querida propaganda política? Si, porque toda propaganda no hace otra cosa mas que empequeñecer la complejidad de los hechos, limitarlos a una mirada carente de riesgos ¿Entonces cuál es su sentido como documental, más allá de la autocomplacencia? Difícil saberlo. Este sea acaso el principal motivo que la vuelve tan fácilmente olvidable.  

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