Rosita 
Argentina, 2018, 97′
Dirigida por Verónica Chen.
Con Sofía Brito, Marcos Montes, Dulce Wagner, Javier Drolas, Mariana Chaud, Luciano Cáceres, Joaquín Rapalini, Felipe Dratler, Noemí Frenkel, Verónica Hassan, Nicolás Mateo, Juan Ignacio Machado y Antonio Lestingi.

Una película comienza

Por Gabriel Santiago Suede

Hay algo potente (con la doble connotación de la palabra: algo que posee fuerza y algo en potencia) en los inicios de las películas de Verónica Chen. El problema es que la potencia no es necesariamente acto. Es intención, es energía acumulada, es pretensión de ir en una (o varias) dirección(es). Claro está, entonces, la potencia no es el problema, sino la consecusión. Y esa condición suele implicar problemas para el cine contemporáneo, tan reacio a la narrativa y tan proclive a las formas abiertas, a las indefiniciones, a las indeterminaciones varias. En esa dirección de cosas es en donde hay que buscar los problemas de la potencia de Rosita, que no es una, sino varias películas a la vez, que pretenden comenzar algo que no saben cómo proseguir.

Un par de disparos en la oscuridad. Una niña que desaparece con su abuelo, un tipo oscuro y severo, sin dejar rastro. Una madre que no es registrada por sus hijos pero tampoco por quienes deben dar una respuesta por su hija. Una serie de interrogantes sobre secuestro y pedofilia. Una historia falsa o inverosímil. Un abandono familiar echado en cara. Todas y cada una de estas vías son vectores y posibilidades de entrada, de comienzo de esta película que, cada vez que se propone avanzar, recula como cangrejo. El punto es que ahí donde la indeterminación podría ser perfectamente un eje narrativo, el film nunca sabe exactamente qué hacer. Por eso todas y cada una de las vías narrativas que aborta por cierta torpeza en la administración informativa, se siente menos como una incógnita (pensemos como contraste en el cine contemporáneo en la excelente película de coreana Burning, en la que la indeterminación narrativa es funcional a la narración misma) que como una vacilación derivada de la incapacidad de convertir a un guión oscilante en una imposibilidad de narrar.

Al mismo tiempo la película ingresa en un terreno espinoso cuando no puede avanzar narrativamente en ninguna dirección, que es el terreno de la verbalización activa, el terreno de la explicación de las voluntades de los personajes, de su pasado, de el porqué de las relaciones y mil cosas más, como si en alguna medida le estuviera vedada la condición que exige una narrativa medianamente convencional: confiar en las imágenes. Y la película no solo no puede ni logra confiar en ellas sino que desacierta cuando compensa esa falta con el exceso de diálogos. Es como si estuviera sometida a un tira y afloje entre las múltiples vías que pudo haber llevado con sus premisas narrativas, con sus subtramas, con sus subconflictos y al mismo tiempo por el otro lado tirara denodadamente hacia el lado más teatral, en donde la palabra es acción y la imagen queda sometida a la palabra y al gesto.

Sin herramientas que le permitan salir del atolladero, con buena parte de los conflictos explicados, sin tentativas de direccionamiento narrativo, los últimos 20 minutos de la película giran en torno al vacío que los personajes no son capaces de llenar con palabras (y que la película no supo llenar con imágenes). Por eso la sensación es la de una deriva (no casualmente las últimas escenas giran en torno a un puerto), como si realmente no hubiera mucho más que contar. En esa dirección de cosas, Rosita choca con las limitaciones de su propia propuesta: haber podido ser una película poderosa pero solo ser una película en potencia.

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