Traslasierra 
Argentina, 2018, 83′
Dirigida por Juan Pablo Sasiaín
Con Juan Pablo Sasiaín, Ananda Troconis, Guadalupe Docampo, Rufino Martínez y Candela Curletto.  

Tampoco tan chicos

Por Rodolfo Weisskirch

El regreso del hijo pródigo es una de las premisas más transitadas del cine. Desde Frank Capra hasta nuestros días, de las granjas tejanas hasta las sierras cordobesas. Topicos como la historia del chico de campo que se fue a probar suerte a otras tierras (por lo general en zonas urbanas) para luego volver al hogar familiar y decidir si se queda o retoma su vida, animarse a declarar su amor por la novia que tuvo en la infancia pero se estableció en el pueblo o regresar con su actual pareja, son claves para reconocer un subgénero en el que la diferencia se mide en el grado de honestidad que le aporta cada director, que es en definitiva lo que otorga el matiz humano al patrón narrativo universal.

Uno de los ejemplos más interesantes y con mayores aristas en torno a esa idea, al menos dentro del panorama del cine argentino en la última década, fue La Tigra, Chaco, ópera prima de Federico Godfrid y Juan Sasiaín. Esta propuesta supo sorprender porque evadía varios de los tópicos del género desde su tratamiento. Pasaron varios años y ambos realizadores siguieron caminos individuales, pero sendas temáticas similares. Godfrid se fue a la costa – y filmó Pinamar – Sasiaín, al sur – y filmó Choele – pero lejos está este último en dejar atrás este tipo de relatos.

La mayor diferencia de Traslasierra con los anteriores trabajos de Sasiaín es que, esta vez, el director se anima a ponerse como protagonista absoluto. Su personaje, Tincho, es un titiritero que regresa a su ciudad natal, Mina Clavero. Más específicamente llega a la casa paternal con su novia, Julieta, una joven venezolana. El padre de Tincho, a su vez, también es titiritero y recibe a la pareja con las mejores intenciones. El protagonista introduce a su novia en el universo de los títeres familiares. El fantasma de la madre sobrevuela, pero no incide en las decisiones de los personajes. La que provoca tensión es Coqui, una amiga de la infancia de Tincho, que todavía parece sentir atracción por el protagonista.

Hay varios factores merecen remarcarse en contraste con otras producciones con premisas similares. En primer lugar, la discreción narrativa y la composición de los personajes. A ver: no hay grandes rencores entre el protagonista y su progenitor, como suele darse en buena parte de los casos de este subgénero. Por el contrario, la figura del padre se agranda a través de los ojos del hijo. Por otro lado, el peso de los personajes secundarios también es distinto al esperado. En esta caso el enfrentamiento y la tensión creciente entre Julieta y Coqui se produce no tanto por celos de la primera, sino por la inmadurez de Tincho. Si bien el que toma las decisiones que van llevando adelante la narración es el protagonista, es Julieta quién carga con la mirada del espectador, y la que promueve el giro argumental que provoca el quiebre de Tincho, lo que desnuda su imprudencia y su carácter más débil.

Lo notable de la dirección de Sasiaín, dentro de esta película de personajes, es la forma en la que disfraza algunos mecanismos narrativos. La puesta de cámara se propone, en apariencia, clásica, y sin embargo abundan los planos a espaldas de los personajes. ¿Sasiaín se puso godardiano? No. En todo caso esa decisión es bien funcional. Sin ir más lejos el guión subraya que en toda obra de títeres hay dos historias: la que sucede adelante y la que pasa atrás de las tablas. Sasiaín elige la que sucede detrás, y la mirada necesariamente debe ser de espaldas, por lo que esa decisión con los personajes de espaldas no es gratuita sino consecuente con la narración. Sumado a esto, la expresividad en tonos medios (destacado trabajo de Ananda Tronconis y Guadalupe Docampo), la evasión de clisés -como el típico golpe de efecto emotivo o las discusiones exaltadas que son moneda corriente en el costumbrismo y naturalismo de cierto cine local- son motivos que logran hacer una diferencia superlativa en la película. 

Pero también es verdad que, en esta aproximación minimalista al conflicto de madurez que atraviesa el personaje, el relato nunca brinda alguna emoción o sorpresa adicional. El relato, si, es sobrio, amable. Los personajes, inteligentes y las decisiones formales, adecuadas. Al fin de cuentas Sasaín no es un formalista y sus decisiones no hacen sino volver a concentrarnos una y otra vez sobre los personajes y sus actuaciones, que son al fin de cuentas su principal herramienta de comunicación. Pero también un límite. Y quizás sea ese, paradójicamente, el punto más problemático. Y es que la necesidad de un desenlace complaciente, optimista, provoca que Traslasierra tampoco se despegue mayormente de las propuestas que se mencionaban en primer lugar. Es verdad que se sugiere que vendrán tiempos oscuros, pero el realizador prefiere evitar exhibirlos. Como si fuese un compromiso o un contrato que se debe cumplir con el espectador, de no defraudarlo, de entregarle un final feliz porque las segundas oportunidades siempre existen en el cine clásico. Más específicamente cuando los personajes son conscientes de sus errores y aprenden la lección. A veces, diferenciarse todo el tiempo de los patrones más clásicos es la forma más evidente del miedo a romper con algunas estructuras.          

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