Estimados amigos:

Como muchos de Uds lo saben, pero otros no, les queremos contar por acá que en febrero de 2019 comenzaron las actividades de nuestro cineclub. Pero al mismo tiempo es importante aclarar: no es un simple cine club en el que proyectamos películas que amamos, sino que nos propusimos hacer algo distinto. Gracias a la convocatoria del Centro Cultural San Martín, que ha dispuesto una serie de ejes temáticos por bimestre a lo largo del año, Perro Blanco ha programado 12 meses con 4 películas por cada mes en cuestión.

La experiencia consiste en venir a las salas del Centro Cultural San Martín (previa inscripción en el siguiente link (cliquear aquí), mirar una película juntos. Por eso decidimos llamar a ese espacio Comunidad de espectadores: Felices juntos. En paralelo, durante la proyección, los coordinadores (todos integrantes de Perro Blanco) irán haciendo comentarios de manera aislada a lo largo del tiempo de proyección de la película. Al terminar, contaremos con un espacio de tiempo para hablar y pensar sobre lo que acabamos de ver, siempre en torno al eje temático que nos proponga el mes.

La séptima película que vimos y trabajamos fue la perturbadora Bone Tomahawk. En nuestro segundo mes de cineclub el tema que se impone es el de los géneros (de todo tipo y forma). En este caso los invitados son el western y el cine de terror.

En el Bafici de 2016 se propagó el boca a boca: había que ir a ver Bone Tomahawk. No solo porque parecía haber un director que en su ópera prima demostraba una convicción absoluta en sus fortalezas y era capaz de sostener un pulso narrativo constante, sino por un motivo bastante más pedestre, en todo caso un síntoma de cierto estado del cine ya no tan actual, una anomalía dentro de una situación que lleva décadas: la película de S. Craig Zahler era un western. Se sabe: el género cinematográfico por excelencia, el que menos arrastra el lastre del teatro y la literatura, el más “puro”, el más americano, se resiste a su muerte definitiva con la misma fortaleza con la que los tres padrinos de Ford enfrentan la falta de agua. 

Efectivamente, Bone Tomahawk es un western: hay un sheriff, un ayudante fiel y charlatán, un caballero con aires sureños y un odio enquistado hacia los indios que haría ver a Ethan Edwards como un timorato; hay también un vaquero, un otro amenazante y salvaje, una dama bella y tan o más fuerte que todos los hombres juntos. No faltan incluso, como al pasar, un funcionario pusilánime y su esposa prepotente, un salón de bar ni un pianista borracho. Y la geografía, por supuesto: planicies eternas, valles y montañas, polvo y arroyos, y todos los personajes insertos allí, aislados para que, sin distracciones aparentes a la vista y como en una tragedia griega, los sentimientos broten puros, inmaculados, mientras la aventura con todas sus peripecias hace lo suyo en primer plano. Efectivamente, Bone Tomahawk es un western: pero no es solo un western, por más que en él se libre la enésima batalla entre la civilización y la barbarie, de manera obvia entre la pandilla que sale al rescate de la dama cautiva y los trogloditas que la secuestraron, y por medio de formas un tanto más sutiles dentro del propio grupo de hombres blancos, pugnando en ese terreno en el que la ley todavía es una construcción inestable, un objeto extraño al que no se le termina de encontrar los beneficios.

Y no es solo un western, también, porque junto a esa iconografía del oeste americano a la que se reconoce ya de manera pavloviana, toda una serie de elementos abren el panorama, lo expanden, lo rarifican pero sin dejar de introducirse armónicamente en el conjunto, fundidos en una narración que avanza sin prisa pero sin pausa. El placer por las vísceras expuestas y las mutilaciones recuerdan al gore; los toques cómicos a cargo de Chikory, el viejo ayudante, distienden el ambiente un instante antes de que pueda cortarse con un cuchillo; el uso magistral del sonido refuerza la presencia de la amenaza en el fuera de campo, del pavor por lo desconocido, su condición terrorífica. Ampliado, atravesado, metamorfoseado y presa de caníbales, Bone Tomahawk demuestra que el ataúd del western aún se resiste a recibir el último clavo (la frase no es mía, alguien en El Amante escribió hace unos años), y exhibe un vigor que orgullosamente espanta cualquier apelación a la melancolía, a dar por perdido un género que fue y es elemento principal de la educación sentimental y cinéfila.

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