Estimados amigos:

Como muchos de Uds lo saben, pero otros no, les queremos contar por acá que en febrero de 2019 comenzaron las actividades de nuestro cineclub. Pero al mismo tiempo es importante aclarar: no es un simple cine club en el que proyectamos películas que amamos, sino que nos propusimos hacer algo distinto. Gracias a la convocatoria del Centro Cultural San Martín, que ha dispuesto una serie de ejes temáticos por bimestre a lo largo del año, Perro Blanco ha programado 12 meses con 4 películas por cada mes en cuestión.

La experiencia consiste en venir a las salas del Centro Cultural San Martín (previa inscripción en el siguiente link (cliquear aquí), mirar una película juntos. Por eso decidimos llamar a ese espacio Comunidad de espectadores: Felices juntos. En paralelo, durante la proyección, los coordinadores (todos integrantes de Perro Blanco) irán haciendo comentarios de manera aislada a lo largo del tiempo de proyección de la película. Al terminar, contaremos con un espacio de tiempo para hablar y pensar sobre lo que acabamos de ver, siempre en torno al eje temático que nos proponga el mes.

La décima película que vimos y trabajamos fue la gran (y quizás uno de los puntos de quiebre de la carrera del director) M. Butterfly. En nuestro tercer mes de cineclub el tema que se impone es el de los géneros (de todo tipo y forma). Pero lo que se juega en este gran melodrama no solo es el género del exceso y lo hiperbólico por excelencia. Al menos no solo eso. En todo caso lo que reaparece es la noción del cuerpo como un laboratorio de identidades. Y si alguien entiende qué es eso de jugar con las identidades y el cuerpo es Cronenberg (quizás acompañado por Browning, para qué negarlo). Por eso M. Butterfly fue nuestra selección en esta ocasión en particular.

Si David Cronenberg supo construir una carrera durante los 70s y 80s siempre girando en torno al gore y al terror en el que el cuerpo ocupara un lugar central, con el advenimiento de la nueva década, la de los 90s, algo se quiebra. Si bien Naked lunch (adaptación imposible de la no menos imposible novela de Burroughs) es de 1991, el nuevo Cronenberg comienza con M.Butterfly ya que en buena medida continúa lo que prometió Dead Ringers algunos años antes y que se profundizaría a partir de 2002, ya que Crash (1996) y eXistenZ (1999) resuenan con notas más parecidas al Cronenberg old school.

El género que aborda el director es inusual para su carrera hasta ese momento. El melodrama no parecía ser un desafío característicamente cronenberguiano. Y asi las cosas, el director canadiense se las ingenia para que el operativo apropiación sea no solo exitoso sino que termine por configurar una de sus películas más personales. Por qué? Bueno, digamos que el director que había logrado materializar los procesos de cambio, las mutaciones, como ejercicios sobre el cuerpo, de a poco comenzó a realizar un viraje. Ese desplazamiento hacia otras posibilidades trae a la problemática del género (en sus dos significados: el género cinematográfico y el género como identidad) reconvertida en una mutación emocional. Es decir: el viejo y querido director de ejercicios pustulentos y llenos de corporalidad, sangre y vísceras como la notable La Mosca se había transformado en otra cosa completamente distinta. O quizás Cronenberg también empezaba a entender que su propia identidad autoral podía ir por nuevos caminos.

El melodrama, entonces, es el género que le pone el cuerpo a una historia de amor entre dos personas que al mismo tiempo esconden duplicidades. Porque si algo hace el director con la extensa tradición de ese género de amores imposibles es llevar el asunto hasta el límite del inverosímil, poniendo a dos personas en el centro de una relación sin que medie la sospecha mutua (bueno, en particular de uno de ellos) de la sexualidad del otro. Pero para ello, al mismo tiempo, Cronenberg se vale de una mínima serie de coordenadas brindadas por el realismo del contexto de época.

Por otro lado el género, como cuestión de identidad, se vuelve reversible y gira varias veces sobre sí mismo en la película, como si en el fondo la cosa no se tratara más que de la búsqueda/encuentro de una identidad pero construida a partir del otro. Aquí nuevamente el cuerpo trans aparece como uno de los centros de la obsesión de la nueva etapa del director: el cambio como un hecho emocional, pero también la comprensión y aceptación del cambio como una limitación mental.

Cronenberg se aleja de su propia obra a la misma velocidad a la que se acerca a una nueva identidad autoral, por otros medios. Es un ejercicio que experimentaron muchos de los directores que comenzaron a filmar en los 70s. En ese encuentro con lo otro de sí mismo radica buena parte del juego de espejos de M. Butterfly : un director juega a cambiar, en un género que lleva a la mutación y el terror al cambio en su centro duro. Y lo hace con una historia sobre cambios, identidades y percepciones de un mundo nuevo, por venir.

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