Estimados amigos:

Como muchos de Uds lo saben, pero otros no, les queremos contar por acá que en febrero de 2019 comenzaron las actividades de nuestro cineclub. Pero al mismo tiempo es importante aclarar: no es un simple cine club en el que proyectamos películas que amamos, sino que nos propusimos hacer algo distinto. Gracias a la convocatoria del Centro Cultural San Martín, que ha dispuesto una serie de ejes temáticos por bimestre a lo largo del año, Perro Blanco ha programado 12 meses con 4 películas por cada mes en cuestión.

La experiencia consiste en venir a las salas del Centro Cultural San Martín (previa inscripción en el siguiente link (cliquear aquí), mirar una película juntos. Por eso decidimos llamar a ese espacio Comunidad de espectadores: Felices juntos. En paralelo, durante la proyección, los coordinadores (todos integrantes de Perro Blanco) irán haciendo comentarios de manera aislada a lo largo del tiempo de proyección de la película. Al terminar, contaremos con un espacio de tiempo para hablar y pensar sobre lo que acabamos de ver, siempre en torno al eje temático que nos proponga el mes.

La décima tercera película que vimos y trabajamos fue una obra maestra casi desconocida para muchos cinéfilos. Su director es, también, uno de los grandes maestros del cine japonés. Y es alguien cuya suerte (en lo que respecta a su obra al menos) mereció mejor consideración que la que la historia le supo otorgar. Hablamos de Yasuzo Masumura y una de sus grandes obras maestras, que abrió nuestras proyecciones de mayo. Manji (1964) es, verdaderamente, uno de esos melodramas desatados, expresivos, hiperbólicos pero al mismo tiempo contenido. Es curioso, en este sentido cómo opera la perversión del mundo del director. En sus películas todo siempre está a punto de estallar pero al mismo tiempo son las formas las que anticipan ese estallido: la construcción del encuadre y sus asimetrías, el recurso del salto de eje en el montaje para evidenciar la desestabilización pasional, la también obsesiva manipulación del espectador, quien comienza siguiendo y empatizando con la protagonista para luego, ingresados en el territorio casi trágico, no poder dejarla ir.
En nuestro cuarto mes de cineclub el tema que se impone es el de los cuerpos. Y si algo hay en este gran melodrama del exceso y la contención es cuerpo. El fetichismo y la pulsión amorosa en el cine de Masumura van de la mano. Por eso esa autodestrucción que propone la película tiene cara de paradoja, porque en ella cuanto más amor hay más muerte se vislumbra.

El cuerpo, en esta película pletórica de planos sobre los cuerpos fragmentados, es el centro mismo de la obsesión amorosa de una mujer. Situada en una época en la que el lesbianismo sufría un rechazo radical por las convenciones de la época, el desafío de Masumura dobla la apuesta. De esta forma no nos narra solo una obsesión amorosa que llega a límites insospechados, sino que además pone en el centro de esa obsesión una desesperación posesiva por el cuerpo de una mujer (asi como la manipulación mental ejercida por la otra). Pero, si ampliamos el panorama sobre el resto de la obra de Masumura, esta clase de relaciones que comienzan con intensidad y terminan de modos enfermizos no supone novedad alguna. En su cine, como si se tratara de un naturalista que solo quiere ver arder el mundo y disfruta contemplar cómo se derriban todos los límites, posibilidades y formas previsibles del género, lo que cuenta siempre es la pendiente, es el proceso de caída hacia una obsesión sin retorno. Manji, es justamente eso: la historia de una obsesión que termina expuesta en una degradación autodestructiva, como si en el fondo este director estuviera dialogando con Ferreri y con Buñuel pero por otros medios y en otras latitudes.

Como decíamos previamente, el cuerpo es otra de las obsesiones masamurianas por excelencia. En el cuerpo no está el límite de la experiencia sino que, bien por el contrario, es la superficie sin límites, que hace de la experiencia sensible un acto de conexión metafísica. El en cuerpo de esa mujer deseada por otra no hay un simple fetichismo de la sexualidad urgente. No se trata del cuerpo de la calentura y de la obsesión por coger. El cuerpo se revela aquí como un misterio insondable, incluso estando a la plena vista. Por eso, a partir de ese motor, lo que efectúa Masumura es un proceso de destrucción que está motorizado por el montaje y el encuadre. El modo en el que articula el cuerpo en el interior de cada plano es siempre a partir del principio de lo incompleto. Siempre vemos parcialidades, siempre falta algo. Como si en la multiplicación obsesiva de planos de su cine se buscara agotar desesperadamente a esos cuerpos que se escabullen, que se van entre los dedos de la cámara que no llega a aprehenderlos. Encuadre y montaje motorizan esa búsqueda desesperada por responder qué puede hacer un cuerpo, pero sobre todas las cosas, qué es y qué hace un cuerpo en particular como para terminar volviéndose un misterio cuántico.

Esa experiencia desgarrada de trabajar el cuerpo y el espacio como si el resto del mundo no existiera, como si todo lo que rodea a las dos protagonistas quedara suspendido (algo de esto hay también en Nashiga Oshima) es también una de las claves que aleja a esta película de cualquier convención del realismo. Y es que en Manji al final de cuentas, lo único que queda es un mundo originario, desgarrado, hecho pelota, si, pero hecho con todas y cada una de las partes del mundo que vemos diariamente, que no se nos revela obsesionante hasta que un día se produce ese choque que impacta en los ojos. Y todo lo que era normal se convierte en un milagro revelado.

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