Coco
EE.UU., 2017, 105′
Dirigida por Lee Unkrich y Adrián Molina.
Con voces de Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Edward James Olmos, Gabriel Iglesias, Ana Ofelia Murguía.

La memoria también es olvido

Por Rodrigo Martin Seijas

Mi abuela (la Iaia, como le decimos) ya tiene 92 años, está cada vez más dependiente y donde más se nota su vejez es en su memoria: es capaz de preguntar o decir lo mismo dos o tres veces en cinco minutos, a tal punto que parece un personaje salido de Como si fuera la primera vez. La mayoría de las veces manejamos el tema por el lado más divertido, aunque hay momentos donde uno se exaspera y hasta entristece. En ocasiones me pregunto sobre las cosas que vio o vivió, pero ya no recuerda, sobre esas vivencias que se van a perder irremediablemente cuando ella ya no esté. Quizás su vida ya no está presente en su mente, sino simplemente en su cuerpo, como si sus arrugas fueran huellas o indicadores de su historia.

Luego de ver Coco, esas preguntas vuelven a potenciarse en mi cabeza. Es que el cine de Pixar no solo deja respuestas, sino principalmente interrogantes que nos interpelan. Esos diálogos que establecen con nuestras propias experiencias son los que hacen a buena parte de los films de la compañía esencialmente políticos. Porque Pixar hará cine para la familia, de gran presupuesto y con ambiciones de masividad, pero eso nunca le quita libertad para construir una mirada sobre el mundo que sacude las convenciones y donde lo político se da claramente la mano con lo artístico. Esos puntos de encuentros surgen de los quiebres y los desafíos. Miguel, ese niño que aspira a ser cantante pero forma parte de una familia que ve a la música como la fuente de todos los males, que por accidente ingresa a la Tierra de los Muertos y termina emprendiendo la búsqueda de su tatarabuelo –nada menos que un famoso cantante-, se inscribe en la línea del Remy de Ratatouille, la Princesa Merida de Valiente y WALL-E, todos seres que se resisten a los mandatos institucionales, sociales y familiares, en pos de construir un camino propio. Todos héroes, pequeños grandes héroes, individuos que alteran las estructuras generales.

Claro que el heroísmo implica también sacrificio, y en Coco el sacrificio pasa por revelar la verdad. Esa verdad oculta, esperando a salir, que en algunas ocasiones puede ser grata pero otras estar punteada por la oscuridad y el horror. La Tierra de los Muertos a donde accede Miguel es un territorio marcado y delineado por la memoria, sí, pero también por el olvido, que no deja ser otra forma de memoria. Lo que el film de Lee Unkrich nos dice, tras el colorido y la música del mundo apasionante que va hilvanando, es que nosotros elegimos qué recordar, que la memoria es un recorte, que la Historia –esa suma infinita de relatos, mitos, rumores y leyendas- es una construcción a la que le otorgamos un carácter de verdad porque lo necesitamos, porque queremos, porque nos permite construir un destino conjunto. Pero esa interpretación conveniente está plagada de puntos negros, de cabos sueltos y tachaduras, de personas, acciones y hechos silenciados, perdidos a lo largo del tiempo.

Coco bien podría haber sido un western crepuscular, pero la gente de Pixar, que sabe mucho de cine, ya estaba consciente de la existencia de esa obra maestra llamada Un tiro en la noche. Por eso elige el musical como vehículo, lo fantástico como soporte y México –esa tierra donde conviven con fluidez la vida y la muerte, la alegría con la tristeza, lo bello con lo horroroso- como telón de fondo de una narración que tampoco le teme al melodrama. Sin embargo, el cambio genérico va más allá de lo estético y narrativo: es también una declaración de principios –casi una respuesta a la reflexión fordiana-, porque la película de Unkrich no niega el olvido, los silencios o el dolor, ni tampoco que las leyendas suelen convertirse en verdades impresas, pero aún así confía en que la Historia puede revisarse, ponerse en crisis y reescribirse, marcando nuevos caminos a seguir. No se trata de un optimismo banal, sino de un llamamiento a hacernos responsables de lo que contamos y la forma en que lo hacemos, de qué elegimos decir y qué es lo que callamos.

Ese posicionamiento es lo que también explica el título de la película. Mamá Coco, esa anciana repleta de arrugas –que no son más que marcas de memorias y olvidos-, con su cuerpo frágil que nos habla de un pasado difuso pero también de un futuro que nos aguarda irremediablemente, nos interpela sobre nuestras propias experiencias y las de quienes nos rodean. Nos obliga a preguntarnos sobre cómo y por qué recordamos u olvidamos. Y nos obliga a pedirle a la Iaia que recuerde.

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