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Tiempo de lectura: 2 minutosConcierto para la batalla de El Tala

Por Ludmila Ferreri

Argentina, 2021, 64′
Dirigida por Mariano Llinás
Con intervenciones de Laura Paredes, Bárbara Massó, Gabriel Chwojnik

Historia, bibliofilia y cinefagia (*)

Concierto para la batalla de El Tala es más bien desconcertante. O quizás no tanto si una sigue el recorrido de las cartas audiovisuales que se cruzaron a lo largo de los meses de pandemia el mismísimo Llinás y Matías Piñeiro (exiliado en EE.UU. hace casi una década). Desconcertante porque este Llinás está mucho más cerca del cine de Alejo Moguillansky o del mismo Piñeiro que de sus antecedentes como La Flor o Historias extraordinarias en donde la narración audiovisual, incluso cuando disociada, era siempre apabullante, hiperbólica, un verdadero salto al vacío. En este caso el salto y el vacío son otros, de otra clase, ya que lo que propone la película está mucho más cerca de un ejercicio modernista de desdoblamiento e incorporación de variantes desagregadas del relato antes que la construcción cohesiva de un relato de corte clásico.

Ahora bien: no había algo de esto en todo el cine previo de Llinás? El presente de su cine es el pasado de lo que fue? Es una descomposición reaccionaria en su modernismo o es un salto rupturista hacia un futuro que es constantemente tragado por el pasado (digo tragado y escucho en mi cabeza la palabra dragado, y creo que es mas indicada incluso). Pero deberíamos preguntarnos si el desconcierto nos pertenece a nosotros, no a Llinás, cuyo viento, como podemos ver, sopla donde quiere.

Entonces recapitulemos: por qué desconcertarnos frente a la última película de un director que cada vez que filma es alabado como si se tratara de alguien dotado de genialidad? El desconcierto, valga decir, no refiere a las decisiones formales straubhuilletianas (para quienes no conozcan al matrimonio Jean Marie Straub- Danièle Huillet, verdedero par de especialistas en destruir y desarmar las estrategias de la narración y la sincronía de imágenes y sonidos, deberían ver esta maravilla de Pedro Costa o este curioso video ilustrativo) sino al rol redundante y por momentos opresivo de la palabra escrita, como si la película quedara abandonada sino directamente sujeta a esa decisión que, contraria a dialogar plenamente con los sonidos parece incluso aplanar esa posibilidad, ese volumen narrativo que una presume podría desplegarse.

También podemos pensar que la misma partitura de Concierto para la batalla de El Tala está pensada para otro formato (en efecto asi lo fue: pensada para un concierto y eventualmente una expresión teatral antes que para cine). Por eso la sensación que nos impregna cuando miramos esos sonidos y cuando escuchamos esas imágenes negadas es que el cine viene a parasitar, viene a realizar un acto de préstamo, como si se prestara a una vida vicaria. Pero el efecto es contrario: la palabra escrita y la música construyen un real acto de cinefagia extrema, en donde lo cinematográfico es literalmente tragado por otras textualidades. No obstante el cine no pierde del todo, si es que logramos entrar en el artefacto, en el juego casi radiofónico. Si en efecto nos prestamos a construir sonoramente la batalla, el cine reaparece con un esplendor intermitente. Por el contrario, si nos quedamos anclados a una práctica del tironeo, del forzamiento, donde buscamos incorporar las imágenes del registro sonoro en el estudio de sonido, la experiencia se puede convertir en un ejercicio detestable.

Otra vez Llinás patea el tablero. Acaso alguna vez termine de darse cuenta que con el único que está compitiendo es consigo mismo y con las diversas posibilidades de su filmografía, siempre capaz de volantear a la vuelta de la esquina.

(*) Una versión reducida y distinta de esta crítica fue publicada en Perro Blanco durante la cobertura de Bafici, Marzo 2021

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