Contra lo imposible (Ford v Ferrari)
EE.UU., 2019, 152′
Dirigida por James Mangold.
Con Matt Damon, Christian Bale, Jon Bernthal, Caitrona Balfe, Tracy Letts, Josh Lucas, Noah Jupe, Remo Girone, Ray McKinnon, JJ Field y Jack McMullen.

La palabra empeñada

Por Rodrigo Martín Seijas

Hay una escena de Contra lo imposible donde vemos a Ken Miles (Christian Bale) trabajando solo en un taller mecánico de Ford, mientras escucha por radio una carrera en la que le negaron participar porque no encarna la imagen ideal de la emblemática marca de autos. Sorpresivamente aparece su esposa Mollie (Caitriona Wolfe), invitándolo a tomar unas cervezas, cambiando el dial de la radio e invitándolo a bailar, rodeados por motores y máquinas. En otro momento, vemos a Mollie divisando desde su casa cómo Miles y Carroll Shelby (Matt Damon) comienzan a agarrarse a las piñas por un desacuerdo, saliendo al jardín y disponiéndose a observar cómodamente la pelea sentada en una reposera. Son secuencias simples, sin riesgos formales, pero estupendamente manejadas por los actores –perfectos a lo largo de toda la película- y representativas de temas, ritmos y convenciones propios de un imaginario que remite al pasado. La masculinidad y fisicidad, la noción de que siempre detrás de un gran hombre hay una gran mujer, el machismo tan explícito como parodiado, cierto profesionalismo que se expresa desde lo maquinal, pero también desde el lugar del cuerpo -particularmente por medio de golpes- y la confianza absoluta en lo que pueden hacer los personajes: la película cree en ellos y crea por medio de ellos. 

Es que la operación estética y discursiva de Contra lo imposible es superficial y compleja a la vez: por un lado construye un relato con obvias reminiscencias al Hollywood clásico, si, pero ese gesto no es un mero guiño sino también una declaración de principios que choca con buena parte de las decisiones del cine masivo actual, cada vez más enfocado en la digitalización –a tal punto que es capaz de crear versiones totalmente artificiales de los actores, como en Proyecto Géminis– y en buena medida negando toda irrupción al torrente emocional, casi invirtiendo las máximas de lo que supo ser el mainstream hace apenas un par de décadas. La complejidad del film de Mangold se sostiene en la capacidad de reafirmar la confianza en lo artesanal (como dispositivo de estilo: el director es un ejemplo perfecto de eso que bien podríamos llamar artesano competente) y en lo humano (buscando la empatía antes que la espectacularidad) como claves narrativas. Pero el director no hace esto con una finalidad verista, sino que es mas bien lo contrario: encontrar en esa inmediatez la base del mayor de los artificios. Al final de cuentas el realismo no es ora cosa sino el artificio en su máxima potencia, capaz de hacernos olvidar que estamos frente a representaciones. El director James Mangold ya había concretado un procedimiento similar con Logan, retornando a las fuentes de diversos géneros (western, acción, ciencia ficción, terror, superhéroes), pasándolos por un sofisticado filtro contemporáneo, para demostrar que ese clasicismo todavía puede ser no solo efectivo, sino también potente, emocionante y plagado de más capas de sentido que una torta de hojaldre. 

La historia de Miles y Shelby, que como piloto y diseñador, respectivamente, se asociaron para llevar a Ford a una victoria a todas luces improbable contra el gran favorito -que era el equipo de Ferrari en la edición de 1966 de las 24 horas de Le Mans- es un puente para repensar la ética del trabajo a la luz de las acciones, ubicando en colisión las mentalidades grupales con las estructuras corporativas. En cierto modo, Contra lo imposible recuerda a El informante –dirigida por Michael Mann, que por algo acá figura como productor ejecutivo-, con su mirada crítica y precisa sobre las corporaciones: si aquella utilizaba como trampolín la profesión periodística y la estructura de un thriller político paranoico, en este caso Mangold recurre al automovilismo y los resortes del género deportivo para exhibir una lucha de personalidades distintivas contra un entramado que aplasta la creatividad, imaginación e improvisación incluso cuando podría favorecer a sus planes y metas. Por algo el gran antagonista del relato no es Enzo Ferrari –retratado como un empresario que, al fin y al cabo, siempre busca la excelencia- sino un ejecutivo de la Ford que construye su éxito no sostenido en la confianza del proyecto en el equipo, es decir, negando el factor humano, sino que lo hace desde el marketing y los cálculos antojadizos. Por ese motivo ese antagonismo también habla del modo en el que esta película se sitúa en su propio tiempo en relación a sus contemporáneos.

Contra lo imposible es, a lo largo de toda su trama, una suma de contradicciones y paradojas que, al mismo tiempo, revisten una coherencia a primera vista, imprevisible. Estamos ante una película que se sostiene en buena medida gracias a momentos de plena contemplación, pero a su vez depende del vértigo como contrapunto; una película de raíz estadounidense por su retrato del lugar de las corporaciones en la vida cultural americana, pero al mismo tiempo sobre la necesidad del contrapunto dado por la irrupción del talento individual; una película que construye un tono épico, enfático, valiéndose del subgénero deportivo pero que también interpela sus propios pasos desde la melancolía crepuscular del fin de época del western; como corolario, arriba a un final tremendamente amargo aún desde el triunfo. Quizás por eso la última escena está cargada de tristeza a partir del modo en el que explicita los costos de la coherencia y la voluntad irrenunciable por mantener la palabra empeñada. Sus protagonistas son gente de otro tiempo (al igual que su película anómala para esta época), con otra ética, con otras ambiciones. Es lo que sucede con las paradojas: son irreductibles, si, pero también son revelaciones tristes de que el mundo no siempre puede cambiarse.

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