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Tiempo de lectura: 2 minutosCorre

Por Gabriel Santiago Suede

Run
EE.UU., 2020, 89′
Dirigida por Aneesh Chaganty
Con Sarah Paulson, Kiera Allen, Pat Healy, Sara Sohn, Bradley Sawatzky, Erik Athavale, Sharon Bajer, Onalee Ames, David Swim, BJ Harrison, Joanne Rodriguez

Todo todo me recuerda a ti

Si, claro que huele a Misery (Rob Reiner, 1990). De hecho aquella maravilla claustrofóbica también olía a otras cosas que conocíamos previamente. Pero la cinefilia cuarentona de tablón, esa que se crió con películas repetidas por cable, pero también en VHS, reconoce a la película de Reiner como uno de esos must que canonizan las formas del encierro enfermizo en el cine (incluso más que otros cánones, como El Resplandor). Será por eso, porque necesita conectar rápidamente, con velocidad y efectividad, que Corre (también conocida como Mamá te quiere) lanza sus tentáculos cinéfilos sobre nosotros apelando a esa relaciòn de legitimidad. Pero Reiner cree en la bondad y en la redención posible. La película de Aneesh Chaganty, en cambio, es una digna hija de su tiempo: abierta a la crueldad, entregada a los giros de tuerca y comprendiendo a la venganza como fin último para dar cuenta de esta historia de una madre que encierra a su hija engañándola y drogándola durante toda su vida.

Pero no quiero ser injusto. Corre también porta algunas ideas que valen la pena. No son nuevas. No son reveladoras de ninguna revolución audiovisual, pero funcionan, acaso gracias a que las decisiones de dirección quedan fuertemente ancladas a un trabajo preciso de guión, pletórico en detalles -un poco en la tradición de los thrillers de encierro con perfil materialista-. En este punto, cuando el guión milimétrico domina el asunto, la sensación que nos proporciona es la de ese ligero placer que supone conocer las reglas de un juego y comprobar que se cumplen al pie de la letra. En todo caso las dudas comienzan a aparecer cuando comprobamos que todos los lugares comunes posibles se cumplimentan mucho antes de que la película promedie, como si en alguna medida también se nos estuviera desafiando como espectadores (como todo ejercicio hitchcockiano que se precie: el espectador siempre interpelado, por lo general por medios indirectos). El punto es que hacia la segunda mitad la película lleva adelante una serie de volantazos que refieren menos a su confianza en los materiales que narra y más en las decisiones imprevisibles.

Partida en dos grande mitades, lo que logra Corre es que le creamos parcialmente gracias a su inscripción en una tradición posible. Ese gesto es, cuando menos, un acto de humildad, que nos lleva de lleno a eso que muchas veces definimos como el cine del high concept: los lugares comunes como inventores de felicidad a partir de la repetición de matrices narrativas. En la segunda mitad, en cambio, se nos entrega al acto de desmarcarse de esa tradición, como si en alguna medida la película precisara que la tomáramos no sé si en serio, pero por lo pronto, como si nos demandara que la respetemos por diferenciarse. En ese gesto (el que determina los giros rocambolescos de los últimos 30-40′) la película también nos obliga a tomar posición, como si los géneros y sus formas estuvieran, en el presente, sometidos a la obligación de los giros copernicanos, a la originalidad, a las irrupciones de ideas contemporáneas.

De todas formas debo ser sincero: si uno no se toma demasiado en serio esa necesidad de reinventar la rueda (y tampoco tanto) que propone Corre en su segunda mitad, la verdad, el asunto puede volverse muy entretenido (por decisiones voluntarias e involuntarias). No puedo decir, en este punto, que la haya pasado mal frente a esta sucesión de delirios que no se hacen cargo plenamente de tales, articulados por una película que tampoco asume su lugar de pertenencia.

La demagogia tiene esas cosas: no se puede quedar bien con todos. Elegir ser clásico o elegir el delirio también es un acto de defensa.

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