Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident)
Suecia-Dinamarca-Egipto-Marruecos-Francia-Alemania, 2017, 111′
Dirigida por Tarik Saleh.
Con Fares Fares, Tareq Abdalla, Yasser Ali Maher, Nael Ali, Hania Amar, Slimane Dazi y Ger Duany.

La primavera es apenas una estación

Por Federico Karstulovich

Reconocer con pelos y señales los modos de ciertos autores, de ciertos estilos, de ciertos géneros no habla de muchas mas cosas que de nuestra buena memoria. La reproducción de datos enciclopédicos no supone ninguna clase de reflexión sobre el mundo y menos sobre las películas. Pero pareciera ser que cada vez que se nos presenta algún ejemplo extemporáneo, anómalo, inclasificable, las estanterías con sus clasificaciones, los inventarios con su orden provisorio, todos y cada uno de ellos vuelven a estar a la orden del día. En ese contexto de pereza intelectual (al cual los críticos de cine no somos ajenos) fue recibido este artefacto extraño (por las expectativas cifradas en su origen) llamado Crimen en El Cairo, título de la distribución local que resulta un poco más atractivo que el poco agraciado El incidente en el hotel Nile Hilton, que remeda a esas berrearas policiales que durante una época uno podía conseguir por escasos pesos en alguna librería de usados.

Hablábamos de pereza porque frente a una película que OSTENSIBLEMENTE muestra marcas de un género el solo hecho de remarcarlas no nos hacer merecedores de ninguna revelación. Apenas, en caso de desconocer dos o tres lugares comunes básicos del género (hablamos del policial negro), nos desasna con bastante menos precisión que un rápido googleo o una expedición a las tierras de wikipedia. Ergo: estimados colegas, no ganemos caracteres redundando en obviedades, sino en todo caso, pensemos, como dijera Alfred Hitchcock, en cómo partir de una serie de lugares comunes o clichés no tiene necesariamente que llevarnos a un cliché como cierre. Esto quiere decir que, si vamos a pensar en una película que parte de lugares comunes de un género, no nos limitemos a replicarlos, sino, en todo caso, a pensarlos productivamente.

El problema (en el mejor sentido) que nos plantea el largometraje de Tarik Saleh es uno que supone un interrogante: cómo poder inscribirse desde el presente en un género con una tradición, una historia, una localización espacio-geográfica y un verosímil que no son propios? Ese problema es respondido con una doble inscripción, un doble desplazamiento: temporal y espacial. Temporal porque Crimen en El Cairo construye un artificio que nos propone una suspensión de la incredulidad que implica “comprar” una serie de tópicos (imposibles en un realismo de género contemporáneo) que pertenecen a un verosímil del cine negro que hoy resulta anticuado. Espacial porque nos pide que traslademos ese verosímil y esa imposibilidad (que ya en 1975, con una película crepuscular como Adiós, Muñeca, del ignoto Dick Richards, era una antigualla) solo puede suceder en la periferia de las formas de representación de un género (como en algún momento lo fue el Spaghetti western, el musical de Bollywood, el terror del gótico ibérico en tanto expresiones extraterritoriales de formas que parecían haber entrado en desuso en el marco del cine industrial más adocenado).

Hablar desde fuera, como un problema de tiempo y espacio, hace que estemos ante una película que asume una voluntad reflexiva con el género al que le pide las llaves de la casa. Pero esa reflexividad no tiene aquí cara de parodia, tampoco de sátira. Esa voluntad extrañada, esa necesidad discursiva de asumir una distancia es también un modo de preservarse. Porque quizás lo más interesante que tiene este policial egipcio es su capacidad de reconocerse en el marco de un género pero a le vez que lo habita y lo narra (por momentos con mayor pericia que otros) también lo comenta desde la propia historia. De ahí que el código del policial negro no sea un artilugio para legitimar una lectura política (los días previos al estallido de la primavera árabe que en este caso supone la caída del tirano Mubarak en 2011) pero tampoco la historia política del Egipto contemporáneo termina siendo utilizada para legitimar a un género -y una serie de marcas que lo expresan- ya en desuso. En todo caso, hablamos de una interdependencia, un acto de complementarse. Ese movimiento a dos tiempos hace que el género permita leer un acontecimiento político pero a su vez el acontecimiento político lea al género en cuestión. Pero es ahí donde parece que la mayoría se detuvo con esta película y paró de leer. Lamentablemente no profundizar en esa inscripción es precisamente lo que deja afuera a la reflexión mas interesante que emerge de Crimen en El Cairo.

Si el policial clásico supo caracterizarse (en un tiempo, en un espacio, en una sociedad determinada de valores) por su operativa híper racional, por su confianza en la institucionalidad y en la ley como salvaguarda de la regulación biopolítica de las relaciones en el interior de una sociedad dada; el policial negro supo hacer lo suyo, precisamente por su capacidad de desmontar esa operativa cerebral, por su desconfianza en instituciones, por su desapego de la ley y, en definitiva, por su enorme grado de escepticismo. En ese marco de transición entre un mundo ingenuo y un mundo des-idealizado y cínico se mueve el protagonista de nuestro policial. Entre la necesidad de aferrarse a una necesaria confianza en las instituciones o al menos en el cumplimiento de la ley frente a las asimetrías de poder pero al mismo tiempo asentado en la conciencia de que el sistema institucional y de justicia está corroído, degradado. Esto convierte a este personaje en un doble representante: por un lado pareciera ser un portavoz casi simbólico de un ejercicio de reconocimiento de las condiciones de reproducción de verosímil de un género, pero al mismo tiempo también parece iluminar simbólicamente una evolución invertida: la de la ingenua credulidad en la primavera árabe que tras la caída de Mubarak traería a Egipto las condiciones de una nueva república y una democracia real. Una de las expresiones que iguala la decepcionante a imposible salida (del conflicto individual asi como del colectivo de la sociedad que anhela un cambio que no llegará) está dado por el uso de planos cerrados, con profusión de teleobjetivos asi como los planos abiertos con perspectivas que cierran la visual. Ya sea la política como un problema de conjunto como una decisión moral e individual, no hay salida a la vista. Por eso ambos componentes, el del género y el de la política son indisociables en la película.

La doble inscripción (pensar en la evolución de un género como el policial negro pero a su vez contextualizarlo en el devenir de los acontecimientos históricos de un país y vincular a ambas desde el denominador común de la ingenua credulidad en las instituciones y la justicia) supone un problema bastante más complejo que encontrarnos con “una película que reconoce los tópicos del policial negro de pe a pa”. El ejercicio reflexivo al que nos somete Crimen en El Cairo no solo es infrecuente, sino que muestra una de las caras de la felicidad cinematográfica: la inteligencia no necesita gritar revoluciones. Algunas, quizás las más duraderas e interesantes, se hacen en voz baja.

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