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Crímenes del futuro

Por Diego Maté

Crimes of the Future
Canadá, 2022, 107′
Dirigida por David Cronenberg
Con Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman, Welket Bungué, Don McKellar, Lihi Kornowski, Tanaya Beatty, Nadia Litz, Yorgos Karamihos, Yorgos Pirpassopoulos, Denise Capezza, Ephie Kantza, Jason Bitter

Dale a tu cuerpo alegría

Volvió Cronenberg. Esa fue la noticia en Cannes, y lo es ahora que Crímenes del futuro se estrena en Mubi y brevemente en la Lugones. El retorno tiene una velocidad propia: el anuncio pasó de largo a la película, que funcionó casi como un complemento o una excusa para la vuelta. Certificamos que Cronenberg volvía, pero no nos importó tanto cómo o con qué. Eso vendría después. O sea, ahora. El autorismo cahierista, que ganó la pulseada hace décadas, impone esta temporalidad: celebramos primero a los grandes directores, miramos después. Un problema de futuro, a fin de cuentas, como los crímenes del título. Si Cronenberg vuelve enorme, titánico, un gigante proteico, la película, en cambio, aparece decididamente pequeña, subterránea, menor en el doble sentido de la palabra: cinematográfico y musical. El fan de Cronenberg encuentra rápidamente un mar de referencias que le permiten reconstruir una red dispuesta con ese fin: ahí están los instrumentos para operar mujeres mutantes, una ciudad que hace acordar a la de Festín desnudo, la búsqueda de un shock que sacuda una sensibilidad perdida (Crash) y sabe Dios cuántas cosas más. Pero sobre todo está la obsesión con el cuerpo, con la carne y su diseño, con la proyección de nuevas configuraciones biológicas. Todos esperaban un retorno estruendoso, pero Cronenberg tiene otros planes: el hombre regresa con una película pequeña, mínima, autorreferencial, hecha con los retazos más visibles de su filmografía, una Babel en la que todos se entienden bastante bien; una película que funciona como cobertura que permite tácticamente el movimiento del regreso. Otra disposición estratégica: Cronenberg sabe, o se lo explicaron, que el mundo del terror cambió, que ahora, si se quiere pisar los festivales y las plataformas con algún éxito, si se quiere plantar bandera en el mercado joven (que es el que mueve el del cine y otros tantos), hay que aggiornarse siguiendo la estela de películas de terror artie, con ínfulas, que anteponen la sugerencia por sobre las explosiones sanguinolentas, que dicen alguna cosita sobre el mundo, que tocan (aunque sea en sordina) las teclas del momento histórico (como la agenda LGTB, del feminismo o de las identidades). Cronenberg entiende enseguida porque siempre fue ducho en eso de maniobrar las convenciones del terror mientras las hace estallar desde adentro; entonces, como sus protagonistas, muta, se adapta. El resultado es un thriller que transcurre dentro del mundo del arte contemporáneo, pero cercado por grupos subversivos, agentes encubiertos y dependencias estatales, y donde el cuerpo es sometido a nuevas formas de intervención y se vuelve el soporte artístico y revolucionario de su tiempo. Es una geografía atractiva para que los fans de HuyeMidsommar o Titane puedan orientarse, se sientan cómodos y extraigan algo más, el plus de sentido que ese público le exige al terror, algún mensaje en código (o no tanto) sobre el presente y los conflictos que nos rodean.

Como sea, una vez que retiramos a Crímenes del futuro de los reflectores, cuando la bajamos del pedestal al que la subieron festivales y críticos, la película no deja de ser un objeto curioso, un poco inquietante, sin las ínfulas ni la escala que los medios le atribuyen. Cronenberg está en otro mood, sereno, low key, con un par de tragos encima pero lejos de la borrachera, un poco como en Festín desnudo, otra película menor, morosa, decidida a replegarse con insistencia sobre dos o tres ideas. La historia se presenta como un nudo complicado, pero es todo verso, un juego de espejos algo pomposo, en realidad todo resulta bastante simple: el relato sigue a Saul Tenser, un artista atrapado entre dos grupos, el del FBI y de unos revolucionarios. Lo que los liga a todos es, claro, el cuerpo como campo de batalla: las mutaciones prohibidas, su registro, distintos planes para el futuro de la especie, la cirugía como una forma de erotismo y el lugar que ocupan las corporaciones en todo ese embrollo. Como en Cosmópolis, Cronenberg trabaja en distintos niveles de sentido, como si quisiera dejar contentos a todos: al público más interesado en toda la cuestión del arte y el cuerpo, el director le ofrece el lustre de los temas importantes, con mayúsculas; para los más desencantados, a los que sospechan de esas altisonancias, en cambio, Cronenberg devela un jueguito ingenioso que literaliza la vieja metáfora del artista y su interioridad: lo que hacen Tenser y su compañera es, justamente, abrir la humanidad del protagonista para extraer frente al público los tumores y los órganos mutantes que su cuerpo produce.

El kiosco de Cronenberg vende de todo, entonces, pero la cosa no tiene por qué ser mala. Maestro de los climas antes que de la narración, el director consigue en pocos minutos una atmósfera opresiva que reinventa lo que imaginamos que debiera ser la ciencia-ficción: poco y nada de tecnología, dice Cronenberg, solo habitaciones y calles levemente ruinosas, paredes descascaradas, seres fatalmente alienados, máquinas de pesadilla (como la silla esquelética que se mueve caóticamente para favorecer la digestión del usuario). Más que las sentencias que los personajes revolean en voz alta sobre el arte y el cuerpo, más que la trama que se revela sobre un grupo subversivo de comedores de plástico, más que las quejas y los mohínes de un Viggo Mortensen siempre quebradizo y amortajado, el corazón (o la parte del cuerpo que ustedes prefieran) de la película está en el aire enfermizo que respiran todos por igual, Tenser y Caprice, el líder de una secta de mutantes o los empleados del registro nacional de órganos. Muy lejos del terror desembozado de sus primeras películas, de la brutalidad de La mosca, de la inquietud de Crash, de los melodramas infecciosos como Dead Ringers, y lejísimos todavía de sus obras maestras de madurez (Una historia violenta y Promesas del Este), nos damos cuenta de que el cine de Cronenberg es algo más que terror y un repertorio de temas, que su singularidad reside en la habilidad para contaminar espacios e historias y en jugar después a observar los síntomas, la enfermedad que se extiende de a poco y enlentece los sentidos y los movimientos, aplasta a los personajes y también un poco a nosotros, y que por un rato nos hace ver el mundo desde unos pares de ojos dañados y enrarecidos.

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