Cry Macho

Tiempo de lectura: 4 minutosCry Macho (II)

Por Luciano Salgado

EE.UU., 2021, 104′
Dirigida por Clint Eastwood
Con Clint Eastwood, Eduardo Minett, Natalia Traven, Dwight Yoakam, Fernanda Urrejola, Sebestien Soliz, Horacio García Rojas, Daniel V. Graulau, Ana Rey, Brytnee Ratledge, Paul Lincoln Alayo, Alexandra Ruddy, Amber Lynn Ashley, Joe Scoggin, Elida Munoz, Abiah Martinez, Ramona Thornton.

El joven Eastwood

Cómo me cuesta escribir sobre Eastwood. No se los puedo explicar. En realidad no me cuesta nada. Hay cosas que son fáciles y difíciles a la vez. Es, acaso, uno de los secretos maravillosos del cine realizado por los grandes maestros. Uno observa el plano final de Más corazón que odio (John Ford, 1956) y dice “pero claro, es poner la cámara en ese lugar, con ese contraste de luz, con esa acción tan simple, cómo no va a hacer eso?”. Es una decisión que brota. Como brotan algunas palabras frente a algunas películas, como si no nos costara nada. Pero nosotros no somos maestros (los críticos). Apanas si trabajamos (con mayor o menor asiduidad) la ubicuidad de las palabras, la extensión de las frases. Vamos y volvemos. E intentamos que las películas se prolonguen un poco más en los lectores cuando nos leen. Somos trabajadores. Pero del otro lado también hay trabajo, incluso más allá del genio, que es una categoría hermosa pero que utilizada con impunidad se puede volver asfixiante. Es solo una cuestión de trabajo. Y nada más adecuado que trabajar para escribir sobre una película de Eastwood, ese protestante libertario y anarquista que nos obliga a este régimen anual. Ya somos un poco mejores por su culpa.

Lennie Niehaus (el compositor musical de gran parte de sus películas) no necesita estar presente. En alguna época escuchaba sus canciones para construir algo asi como un clima de escritura. Si, yo sé que les parecerá cursi, pero a mi me servía. Hoy reverbera solito en mi cabeza. Porque Eastwood está yéndose siempre (hace cuánto se despide de nosotros o peor aún, hace cuánto lo despedimos como si fuera a morir mañana mismo?). Pero siempre viene, vuelve, baila entre nosotros y se vuelve a ir, en un vals infernal en el que los que huyen son varios de sus compañeros generacionales. Pero Eastwood prevalece. Entonces qué hacemos? Lo seguimos despidiendo como orates? Lo condenamos cuando se aparta un poquito de lo esparable? (como con Más allá de la vida, Francotirador o 15.17 – Tren a París) y lo celebramos acríticamente cuando se comporta como ese viejecito consciente de un lugar cultural para los viejos? (como viene sucediendo con oscilaciones desde Space Cowboys a la fecha). La realidad es que siempre es un problema y un placer a la vez, porque no nos podemos acomodar a ninguna idea preconcebida con el viejo. Porque siempre nos espera con la oportunidad perfecta para traicionar las expectativas o para redoblar hiperbólicamente lo esperable.

Entonces llega Cry Macho. No llega en Diciembre/Enero como casi siempre llegaban sus películas a las salas. Llega en septiembre, en el fin del invierno del hemisferio sur, como si negara el otoño, como si abrazara la primavera a la vuelta de la esquina con una impunidad de joven y lozano. Y como bien dice Sebastián Rosal (en esta extraordinaria nota), la reinvención de Eastwood tiene la cara de un cuento de hadas, que precisa de un tiempo y un espacio distintos, aislados del mundo. Pero esto no existía en el director previamente? Si me preguntan no puedo dejar de pensar en ese artificio vuelto hacia adentro de la obra eastwoodiana que fue Bronco Billy (película con la que Cry Macho tiene más de un punto en común). En aquella un todavía joven Clint configuraba un espacio cerrado, un conjunto de perdedores conscientes del artificio de la familia ensamblada. Pero con la mirada en alto nunca revelaban nada de esto ante sus espectadores del circo. Y con la ternura y crueldad del Favio de Soñar, Soñar (no casualmente dos chantas de feria que pierden en sus personajes hasta hacerse indivisible con ellos), los integrantes de la troupe del circo de Bronco Billy tensionaban el asunto hasta niveles insostenibles: jugar con hacerse carne con sus personajes hasta lo insoportable (como el protagonista, que de cowboy no tenía nada, apenas un zapatero de New Jersey). Por eso en aquella película el hechizo no se rompía. Y la carpa del circo incendiado se reparaba. Para que no penetre nada que excediera a ese mundo autónomo.

En Cry Macho pasa algo similar (no argumentalmente, claro): casi nada parece afectar al cuentito moral del padre que retorna con ropas de cowboy y al hijo que retorna con ropas de callejero. Están los padres e hijos históricos del cine de Eastwood, si. Pero también está la protección de los males del mundo, aquí reducidos a torpes representaciones de mexicanos de cartón corrugado, pintados con brocha gorda. Pero acaso importa? No. Lo que importa es que ese mundo autónomo, construido en el intersticio de carreteras y cantinas de paso (como esa cantina de la cual quedábamos afuera al final de Millon Dollar Baby, una de las películas más crueles de CE y diametralmente opuesta a esta, que no tendrá reconocimientos de ningún tipo ni será recordada por ser “una película menor) exista para que nosotros podamos existir en esa felicidad perenne que provee el amor por las historias imposibles en mundos imposibles. No le pidamos realismo a este Eastwood, porque no va por ahí la cosa.

Asi como hay un Eastwood-Ford, un Eastwood-Siegel-Aldrich también hay un Eastwood-Capra. En Cry Macho el mundo no es oscuro per sé, sino que lo es por su reverso, por el exceso de bien. El mal no existe en tanto la bondad artificial que se propaga entre las imágenes del hombre con su pose, con sus años, con su ética inclaudicable, esté presente. En su última (nueva) despedida Eastwood exuda bondad, pero no debe confundirse con ingenuidad de viejo gagá, que es un descalificativo fácil que anduvo circulando frente a esta película anómala, basicamente porque en ese mundo improbable de malandras torpes, de romances fugaces en la incomprensión del idioma, en la representación de un mundo idílico en la tierra hay también una posibilidad de recomenzar que no existe, que no puede existir más que en artificio ficcional. Como Capra, los milagros existen porque el mundo no los considera posibles.

En esos lugares imposibles, suspendidos en el tiempo y el espacio todo recomienza. Un recomienzo emersoniano, de esos en los que se puede nacer una y mil veces, porque se ha sido una y mil cosas a lo largo de una vida plagada de contradicciones. Haber sido muchas cosas y no ser nada a la vez. El último Eastwood es también su versión más nueva. La sabiduría de la intrascendencia. Hablemos de películas menores.

Comentarios

Comparte este artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email

Otros ArtÍculos Recientes

Ir arriba