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Tiempo de lectura: 6 minutosCry Macho (I)

Por Sebastián Rosal

EE.UU., 2021, 104′
Dirigida por Clint Eastwood
Con Clint Eastwood, Eduardo Minett, Natalia Traven, Dwight Yoakam, Fernanda Urrejola, Sebestien Soliz, Horacio García Rojas, Daniel V. Graulau, Ana Rey, Brytnee Ratledge, Paul Lincoln Alayo, Alexandra Ruddy, Amber Lynn Ashley, Joe Scoggin, Elida Munoz, Abiah Martinez, Ramona Thornton.

Golden Slumbers

More Than This. Hay como un aire de familia en el cine de Eastwood, un universo inmediatamente reconocible, una sensación similar a la que se genera cuando al ingresar en un lugar aparecen sonidos, imágenes y aromas que se perciben como propios. Como la de todo buen artista, su obra aúna temas constantes y una mirada. Pero hay otro elemento menos glamoroso pero más noble que lo distingue: su obra es también la de quien conoce todos los secretos de su oficio, la de aquel al que el trabajo continuo le brindó una consistencia que se fue cimentando por acumulación. El orgullo de Eastwood no es tanto el del artista: es el orgullo del médico del barrio, el del mecánico, el del zapatero remendón, la resistencia de un universo que todavía tiene algo por decir, y que no necesita levantar la voz para hacerlo. 

     Esa característica distintiva se ha potenciado y condensado en sus últimas películas, a las que me resisto a calificar de testamento, despedida, resumen o cualquier otro término que las fosilice, que las instale en la posteridad para así clausurarlas. Sin dejar de mirar el pasado, Eastwood nunca dejó tampoco de preocuparse por el presente y por el futuro: el del cine y su estado; el de su lugar en el cine y en el mundo. Su nueva película no es la excepción, y en ella vuelven a aparecer la pátina clásica y la libertad ejemplar, la falta de corrección política y el desdén por las modas de turno; todo apoyado en una serie de elementos que la ubican en una secuencia y en una tradición propias. En Cry Macho están la vieja camioneta, la ruta y los mexicanos de La mula; la comunidad afectiva mínima pero imprescindible de Richard Jewell; la adopción imprevista y mutua entre padre e hijo de Gran Torino; la solidaridad de Sully; la veta romántica de Los puentes de Madison; el respeto a la palabra empeñada, la posibilidad de una segunda chance y la individualidad intransigente de sus personajes de toda su filmografía… y la lista podría seguir. Sin embargo, la historia alrededor del viejo Mike y de Rafo, del rescate emotivo que ambos se prodigan, es más que esto, es más que la suma de sus partes, es más que este inventario apurado, algo presumido y seguramente inútil de las huellas que lleva inscriptas. 

     ¿Cuál es el excedente, qué es lo novedoso en este caso? Se sabe, el cine de Eastwood fluye como un tema con variaciones leves, con alteraciones imprevistas que aparecen casi disimuladas, con la misma parsimonia con la que avanza la extraordinaria “Find a New Home”, la canción principal. Me animo a decir que en Cry Macho los que irrumpen, sutilmente, son dos elementos. Por un lado un vacío, o mejor dicho, un adelgazamiento de las peripecias, del hilo argumental, que aquí aparecen particularmente afinadas. Por el otro una expansión, porque aunque el desierto y su amplitud, los caballos, el rodeo, el rancherío mexicano y el camino inviten a la aventura y moldeen algo semejante a un western, esa promesa y esa superficie son amablemente subvertidas, socavadas por otro elemento imprevisto: debajo de su melancolía dulce, debajo también de su narrativa limpia, lo que asoma es un cuento infantil; una fábula de aprendizaje y crecimiento, pura y sin falsas astucias. Algo así como un western de hadas que propone una mirada edénica, al mismo tiempo inicial e inocente. Eastwood nos invita a que lo acompañemos, pero para hacerlo, esta vez, es necesario mirar con los ojos de un niño, porque esa mirada edénica solo es privativa de la infancia. Cuando Mike le confiesa a Rafo que volverse viejo es darse cuenta y asumir que al fin y al cabo no se tiene ninguna respuesta para la vida, los extremos de sus existencias se tocan para convertirlos en pares, en iguales; se tocan para permitirles descubrir que, como los niños, están igual de perdidos y de fascinados frente al espectáculo y al misterio de la vida. En ese mismo diálogo, Mike (convertido más que nunca en el propio Eastwood) también le dice que “solía ser un montón de cosas, pero ya no lo soy”: nada queda del macho arquetípico que supo ser, solo la otoñal alegría de un viejo convertido en niño, ilusionado con un nuevo comienzo. Apoyado en el pasado, el cine de Eastwood sigue siendo un arma cargada de futuro.

Welcome to Paradise. Mike Milo es un cowboy entrado en años a quien su amigo y antiguo promotor le encarga que vaya a México a buscar a Rafo, su rebelde hijo adolescente al que no ve desde hace años, para llevarlo de vuelta a su rancho en Texas. Mike lleva la carga de un pasado tan glorioso como traumático: el cinco veces campeón americano de rodeo es el mismo al que un accidente le cortó la carrera y lo hundió en el alcohol; es el mismo al que otro accidente le quitó a su esposa y a su hijo. Entre el viejo y el adolescente, camino mediante, la desconfianza inicial se transformará en un cariño genuino, construido sin prisa alguna y sin pausa. Los dos están dispuestos a ocupar las casillas vacías en la vida del otro: la del hijo perdido, la del padre ausente. La narración, como si supiera que lo importante está en otro lado, se concentra al inicio y al final, en unos pocos minutos necesarios para plantar un mundo; en otros tantos para cerrar la historia. Hay también un gallo llamado Macho, una madre licenciosa, un sheriff en apariencia duro pero leal en el fondo, hay mascotas a las que curar y caballos salvajes a los que domar.

     Y hay también, en el medio y por sobre todo, un paraíso. Todo cuento de hadas necesita de un tiempo y de un espacio que no sean de este mundo, que estén un poco más allá o más acá; necesita de un desplazamiento aunque sea mínimo de las coordenadas de aquello que conocemos como mundo real, para que lo cotidiano y trivial pueda convertirse en extraordinario, no porque esos elementos, esos pequeños gestos no hayan estado antes, sino porque ahora puede vérselos bajo una nueva luz. Todo paraíso necesita también, y este es el caso, que no haya maldad, o que sus efectos no sean nocivos. Por eso los villanos no son tan villanos y son bastante torpes, y los policías corruptos son bastante tontos. Ese pequeño edén, Eastwood lo construye en un caserío perdido en el desierto mexicano, allí donde el azar pone a Mike y a Rafo en el medio del viaje. Ese plácido segmento intermedio, corazón de la película, despliega una especie de limbo en el que ambos retoman las fuerzas para poder volver fortalecidos al mundo. Es la caricia en la cabeza de algún caballo, la mesa compartida, las miradas cómplices, todo aquello que no necesita de palabras; es el terreno del cine, el arte que mejor puede retratar ese entramado de las pequeñas cosas que se definen por sí mismas y que definen una vida. Es, también, el lugar para el amor, para el retorno del amor, corporizado en la maravillosa Marta, la viuda que los cuida con abnegación.  

What Is Life. Se ha hablado hasta el cansancio en los últimos años de la declinación física de Eastwood. Inevitable a los 91 años, en Cry Macho es más visible que nunca. Aquí, además,  ya desde el propio título el tema del coraje, de alguna definición de hombría quedan asociados al asunto. Pero la película sabe cómo hacer fuerza de su debilidad, y lo hace, en principio, porque no parece preocuparse demasiado por intentar disimular el tema: cuando debe domar un caballo brioso, el montaje apenas si le dispensa un par de contrapicados breves, tan ostensibles que generan cierta ternura. Es cierto que todavía es capaz de largar un recto de derecha contundente a la quijada del matón de turno, o de dormirse profundamente en un banco de madera sin que los huesos le pasen factura. Y que, aun en su deterioro, si es que los dioses de la fotogenia existen, todavía lo tienen bajo su custodia, capaces de concederle llenar el plano como nadie, de generar una atracción incomparable con su sola presencia.

     Pero creo que hay algo más en relación a esto, algo en Cry Macho que la conecta con La mula y Richard Jewell y que permitiría pensarla, al menos y por ahora provisoriamente, como una clausura y como el cenit de lo que podría reunirse en una pequeña constelación, una trilogía alrededor del tema de la redención. Redención es lo que busca Earl Stone, el dealer de La mula frente a su familia; es lo que busca Richard Jewell para su honor frente a la sociedad; es también lo que persigue Mike para su propio pasado. Solo que, con el propio cuerpo poniéndole como nunca antes un límite a la aventura, a la exhibición de la destreza, Eastwood elige la única salida posible poniendo, como compensación a esa imposibilidad, el acento en las potencias de la fibra emotiva. Es cierto que sigue filmando individuos, individuos con sus claroscuros, con sus determinaciones, con sus conflictos; es cierto que sigue negándose, tercamente, a que puedan ser considerados como expresión de un todo, intransferibles e irreductibles (aunque no faltarán los gendarmes de la corrección que pongan el grito en el cielo cuando vean cómo los policías mexicanos aceptan una coima). Pero el foco ya no está en los individuos, o sobre ellos, sino con y entre ellos. Y al correr el foco, el secreto de la emoción que genera Cry Macho, de aquello que nos permite reconocernos en ella, de detectar aquello que desde la película nos mira, se revela desarmadoramente simple: basta haber vivido, basta haber amado, haber elegido, basta haber sentido que nuestras elecciones son las indicadas o las más estúpidas, basta no reconocernos a veces a nosotros mismos, basta haber perdonado o habernos arrepentido; basta habernos dejado caer para luego levantarnos nuevamente, porque la vida podrá ser un misterio, pero lo único que nos fue dado a conocer es que continúa, siempre. 

     Escribo esto y pienso que el viejo Clint nos engañó, que tenía más de una respuesta.  

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