Continuamos este benemérito curso de Alfred Hitchcock con este artículo sobre un documental que puede verse actualmente en la plataforma Netflix (al menos en la latinoamericana). En fin, pasen y lean. Y vean la película que es bastante entretenida de paso.

78/52
EE.UU. – Estados Unidos, 2017, 91′
Dirigida por Alexander O.Phillipe
Con Jamie Lee Curtis,  Peter Bogdanovich, Guillermo del Toro, Danny Elfman, Eli Roth, Ileana Douglas.

Superficies de placer (mórbido)

por Hernán Schell

En Hitchcock/Truffaut, el documental de Kent Jones sobre el que hemos hablado oportunamente aquí, se empieza la película con una grabación de la voz de AH atribuyendo el buen envejecimiento de sus películas a que las mismas transcurran en espacios de fantasía que no están anclados a la coyuntura de la época. Dudo mucho que esto sea necesariamente así, primero que nada porque muchas obras de arte muy ancladas en el discurso político de su tiempo lograron transformarse en clásicos universales (ahí están, sin ir más lejos, obras de indudablemente trascendentes como El Quijote y La Divina Comedia) y en segundo lugar también porque, como dijera hace décadas Jean Luc Godard, toda película termina siendo inevitablemente un documental sobre su tiempo. En alguna medida, 78/52 quiere empezar probando eso.

Su idea es empezar diciendo que parte de la trascendencia de la escena reside en que captó un espíritu epocal americano en el cual se estaba avecinando la pérdida de la inocencia americana. Después de todo, Psicosis empezó a instalar un tipo de monstruo nuevo en el imaginario terrorífico del cine americano: uno que no residía en otras tierras, o que venía de otras partes, sino que estaba ubicado claramente en terreno local. Más aún, este monstruo era lo suficientemente impredecible como para destrozar a cuchillazos no sólo a la mujer que creíamos iba a permanecer viva hasta el final, sino a una estrella de Hollywood del momento como Janet Leigh. El documental 78/52 también reflexiona sobre otra cosa: sobre el juego enfermizo que Hitchcock hace sobre un espectador que empieza sintiéndose excitado con la imagen de Janet Leigh duchándose (piénsese que estamos en 1960, cuando la imagen de una sex symbol de Hollywood era, por lo menos, infrecuente) y después de eso lo obliga a ver a ese mismo cuerpo siendo destrozado a puñaladas. Desde este lugar, la escena de la ducha de Hitchcock también puede reflejar de manera brutal otra cosa: la constante relación que el director hacía entre el sexo y la muerte; o más aún: el choque permanente entre su gusto por la perversión y el vouyerismo, y un catolicismo que lo hacía sentir lo suficientemente culpable como para castigar esa perversión de alguna manera (en este caso con imágenes de shock que transforman lo que deseamos pecaminosamente en horror).

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Si bien el documental se disfruta, tiene al menos dos problemas. El primero es básico y tiene que ver con su estructura convencional, casi televisiva, de consistir mayormente en testimonios e imágenes de archivo. El segundo problema es que la película no siempre cumple con su cometido de estar constantemente sobre la escena que supuestamente viene a analizar. Así es como a veces 78/52 cede a la tentación de hablar de otra escena de la película, o de empezar a relatar la famosa campaña de promoción que hizo Hitchcock.

Por el contrario, el documental se vuelve más interesante cuanto más se concentra sobre el momento de la ducha. En esos momentos, en donde se reflexiona sobre el rol de la música y el sonido, en donde entrevistados juegan a desmembrar la película plano por plano al punto tal de molestarse por una sombra, en donde uno de los editores de la remake de Van Sant habla con reverencia de una escena que no pudo copiar, es donde la película tiene un mayor interés. También en el instante en donde ocurren las revelaciones más insospechadas, como aquella que muestra cuanto tienen las peleas de Toro Salvaje en común con el icónico homicidio. A esto se le suman otras dos cuestiones. La primera es la fascinación por hacer un análisis que exceda por mucho la duración de una misma escena, como mostrando el virtuosismo de una película que puede hacer que lo que se extraiga de ella sea todavía más grande que la escena en sí misma. Pero el otro aspecto extraordinario tiene que ver también con esta idea de aislar a un momento de su contexto, volver un instante morboso un aspecto en sí mismo a analizar sin importar todo lo que rodea. Hay instantes de la película donde sucede eso, y en lo personal es ahí donde el documental puede volverse fascinante.

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El mencionado Jean Luc Godard decía que las imágenes nacen libres y el montaje las aprisiona en una moral. Es decir, puesta en contexto de los planos anteriores y posteriores a la escena de la ducha, Marion Crane en Psicosis es una mujer que roba un dinero, va a parar a un motel, se arrepiente y aún así la matan; en tanto Norman Bates es el que se disfraza de su madre por un pasado tortuoso. Sin embargo, la escena sola, aislada de todo, no es más que un espectáculo mórbido que no genera otra cosa que horror y atracción. Parte de lo impresionante de la escena de la ducha, no es todo lo que puede significar, sino que incluso no pudiendo significar otra cosa más que cuchilllazos sobre un cuerpo, logró igual trascender los tiempos y resignificarse en una cantidad impresionante de homenajes, saqueos y parodias. Será por eso que en el montaje final de 78/52, con todas las escenas que refieren a ese sólo momento de menos de un minuto de duración, tiene algo de inolvidable pero también de imponente, como una escena madre que terminó pariendo a fuerza de pura estética enfermiza una cantidad interminable de hijos que al día de hoy, no parece encontrar felizmente ninguna intención de interrumpir la prole.

 

 

 

 

 

 

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