The Death of Stalin
Reino Unido, 2017, 106′
Dirigida por Armando Iannucci
Con Steve Buscemi, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Paddy Considine, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Rupert Friend, Simon Russell Beale, Paul Whitehouse, Dermot Crowley

Cementerio de animales rojos

Por Sergio Monsalve

El paisaje de la purga es habitual en la Venezuela del dictador Nicolás Maduro, quien elimina a adversarios y enemigos con la naturalidad de un emperador de república bananera. La génesis estética del dictador venezolano abreva de las fuentes del documental y la ficción distópica. Así, el tirano de mi país es un poco el Idi Amin Dada de Barbet Schroeder, en fase de caricatura demagógica de la no ficción de Yo Presidente (Mariano Cohn- Gastón Duprat, 2006).

A falta de una deconstrucción biográfica del déspota criollo, los críticos ensayamos radiografiarlo, desde el campo del análisis, con los recursos audiovisuales a la carta de la programación pirata de la web. La única forma de mantenerse al día, en la nueva Habana del Caribe, con los estrenos alternativos. En Caracas llegan las películas a cuenta gotas y por ráfagas impredecibles.

Ante las medidas económicas draconianas y los controles de cambio, varias empresas del ramo emprendieron la huida. En estampida salieron las cadenas Fox y Sony, entre otras, alegando la imposibilidad de rentabilizar su negocio y obtener las divisas correspondientes. Los beneficios en bolívares ni siquiera pueden amortiguar la inversión de una campaña decente de publicidad.

Es incierto, por tanto, el futuro de la industria de la distribución y exhibición, por no mencionar el de la producción local, reducida al mínimo de dos títulos filmados por año. Sin embargo, el gremio resiste en espacios alternativos de difusión, creación y consumo de contenidos. Ahí la crítica juega un rol fundamental, en la decodificación de títulos imposibles de disfrutar por los canales oficiales. La depresión clausura salas, la censura desalienta la transmisión de piezas de protesta.

Lo antisistema queda reducido a pequeños lugares y foros en la web. Por ello rescatamos el estreno de Death of Stalin, poniéndolo en el contexto de la actual situación del país. Primero como tragedia, después como farsa, la cinta llega por los caminos verdes, en el Netflix de los pobres, la página Gnula, cuyo menú abastece los estómagos de los cinéfilos de la ex patria querida.

Acaso la película de Armando Ianucci pueda leerse como un documental en caliente de las camorras y las luchas intestinas del socialismo del siglo XXI; una caricatura británica deliberadamente hablada y conjugada en idioma anglosajón, para hincharle las pelotas a los puristas de la izquierda. Dirigida con la mala leche de un fanático de las parodias de los Monty Phyton, pero independizado en la producción de series de televisión como Veep (en efecto, por ahí vemos a Michael Palin en un negrísimo papel secundario).

Previamente, el realizador narró el descontrol geopolítico de occidente en In The Loop, donde imaginaba el escenario de una guerra entre Gran Bretaña y Estados Unidos. De nuevo, en su caso, la sátira feroz fungía de espejo deforme y a la vez objetivo de las monstruosidades normalizadas de la sociedad del bienestar, de la democracia y sus mitos republicanos.

Los críticos, por tanto, la tuvieron fácil para compararlo con el Stanley Kubrick de Dr Insólito. No obstante, la obra de Iannucci parece una actualización de las tesis de Peter Watkins, el creador de simulacros y dobles aterradores de la posguerra como en  The War Game y Punisment Park, antecedentes de los juegos hipotéticos de Charlie Brooker en Black Mirror, una serie apegada a las artimañas y las falsicaciones irónicas de Ianucci, siempre colindante con el punk de las vanguardias y las periferias de los jóvenes anárquicos de Inglaterra.

No en balde, Death of Stalin pudo ser dirigida por el Bansky de Exit Through the Gift Shop, tomando las licencias de la ucronía de Tarantino en Bastardos sin Gloria.

La historia comienza con la descripción chaplinesca de los antojos y arbitrariedades del pequeño Gran Dictador. Los subalternos complacen cada uno de los caprichos del déspota, bajo la amenaza de ser desterrados a Siberia o engrosar la lista de los condenados al paredón de fusilamiento. En una escena repiten un concierto, para satisfacer los antojos musicales del autócrata. En otra secuencia, los secundarios comparten la vida íntima del absurdo personaje, gozando de las mieles de un poder aristocrático corrompido.

El disparate iconoclasta del guion refresca el ánimo de insurrección de los diálogos de los Hermanos Marx, de los argumentos antifascistas de Ernest Lubisch, de los musicales de Mel Brooks, de las primeras comedias de Woody Allen y de los sainetes de Christopher Guest. En este punto la película se dedica a desarmar el kistch del realismo social y la imagen estereotipada del culto a la personalidad: al morir Stalin, las tramas de sucesión anteceden el montaje de la ceremonia del funeral; un acto de pura impostura como preámbulo de una reforma tan sangrienta como la revolución de Lenin. Los actores aportan su cuota de histrionismo a la consumación del atentado colectivo.

En las calles estalla una rebelión popular, sofocada a la manera de “El Acorazado Potenkim”. La transición encontrará en Lavrenti Beria al chivo expiatorio de la masacre, con la resolución de imponer a Nikita Khrushchev al frente de la Unión Soviética. Los hijos de Stalin son buenos para nada. Algo así como Máximo, Nicolasito, los narco sobrinos y las hijas de Chávez, salvando las distancias.

A la Rusia conservadora de Putin le sentó mal el cóctel molotov de Death of Stalin, al extremo fanático de prohibir su difusión. Tradición imitada por los funcionarios de la inquisición bolivariana. Resulta inevitable que, al ver la cinta descubra un paralelismo con la difusión propagandística del velorio de Hugo Chávez, un ritual convertido en la glorificación de un ídolo de pies de barro.

Pero la película hace extensible su cuestionamiento, también, a la monarquía británica. El juego de tronos del argumento despierta la posibilidad de establecer múltiples conexiones históricas y geopolíticas. En último caso, la grotesca disección de Ianucci esboza el réquiem por un sueño del comunismo caviar de nuestros días.

Los créditos caen con fotos tachadas y borradas de las víctimas de las razzias rojas. Son obvias las semejanzas con los cuadros diezmados y devaluados del estalinismo venezolano.

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