Destrucción (Destroyer)
EE.UU., 2018, 123′
Dirigida por Karyn Kusama.
Con Nicole Kidman, Toby Kebbell, Tatiana Maslany, Sebastian Stan, Scoot McNairy, Bradley Whitford, Toby Huss, James Jordan, Beau Knapp. 

Riesgo sin ambición

Por Rodolfo Weisskirch

Nolan, Wilder & otros.Hace casi dos décadas atrás un tal Christopher Nolan ganaba fama internacional con una obra manipuladora y engañosa llamada Memento. En aquella, un hombre con memoria a corto plazo debía resolver el asesinato de su esposa. Como no podía retener los recuerdos de lo sucedido, anotaba cada hecho que experimentara para reconstruir el rompecabezas de indicios. De esa forma, Nolan narraba una pequeña historia utilizando un mecanismo de reversa, con pequeños momentos de flash forward que exhibían al protagonista en la actualidad (y en blanco y negro, para resaltar que se trataba de un tiempo distinto y no confundir tanto al espectador).

Memento estaba lejos de ser una obra innovadora (incluso hay varias mucho más originales con una estructura similar), pero se presentó como tal, lo que le proporcionó a Nolan suficiente repercusión y notoriedad como para generar una filmografía mucho más interesante que sus trabajos más pequeños. Diez años después de aquella película que lo lanzara a la fama intentó repetir el mecanismo de la narración en dos tiempos con El gran truco, que era cinematográficamente más estimulante aunque bastante obvia y previsible desde el punto de vista narrativo. No obstante ambas tienen una coincidencia: develar un misterio por medios no convencionales. Esto se resuelve en lo que habitualmente sería el segundo acto, es decir en el pleno desarrolló de la obra. Nosotros vemos como arranca y como termina el personaje. Lo que no sabemos es el por qué. Y en ese por qué también se revela un misterio… un asesinato.

Nuevamente: Nolan, no creó nada. Billy Wilder, mucho menos solemne y más lúdico y talentoso, fue innovador como pocos con Sunset Boulevard, en donde la muerte era una perfecta excusa para revelar otras cosas. Y el punto de vista refería a un problema narrativo poco explorado hasta ese momento por el cine.

Reinventar. Karyn Kusama, una directora que intenta reinventarse constantemente con resultados no siempre positivos, decide crear una historia con esta clase de estructuras no lineales, mezclando, además elementos del drama de policías infiltrados en pandillas. Si hay algo que rescatar en Kusama es su ambición por no ir a la fórmula segura. Bien por el contrario, es una directora que siempre arriesga a llevar sus relatos al extremo, aún cuando está al borde del ridículo. El problema es cuando no hay conciencia de ello y lo que se impone es la solemnidad, las pretensiones y la sensación de importancia. Si a esto le sumamos la interpretación sobrecargada y artificiosa de su protagonista, el asunto puede volverse ridículo pero no de una manera saludable.

Neo-noir?Erin Bell, una detective físicamente destrozada despierta en su coche y al poco tiempo la llaman para que vea el cadáver de un hombre al que supuestamente conoce. A partir de acá, Kusama lleva el relato por dos lineas temporales simultáneas: la del pasado, cuando ella y su pareja laboral deben infiltrarse en una peligrosa pandilla de criminales, y otra, actual, con la protagonista bastante demejorada y alcóhólica, intentando reconciliarse con su hija adolescente. Ambas narrativas unidas por este asesinato.

Kusama va sumando capas y capas de arbitrarias líneas narrativas y pretensiones. Tomando como ejemplo al personaje de Frank Sérpico (la mejor interpretación de Pacino) la directora va destruyendo como bien dice el título, a su protagonista. La primera hora de la película funciona más que bien, por lo menos hasta que sucede un robo que tiene la adrenalina y el ritmo del mejor Michael Mann. El problema sobreviene con la segunda hora, en donde el relato se vuelve bastante obvio y redundante. A partir de ese momento se empiezan a vislumbrar los hilos de la narración. Sumado a esto, la interpretación cansina, la pausada manera de hablar de Kidman, enfatizando cada palabra como si fuera un discurso político, convierten al film en un relato denso y reiterativo.

Volvemos al punto: lo que podría haber sido un atractivo policial, deviene en un melodrama pueril, en una convencional historia de amor que banaliza la potencia de la premisa. En los últimos 15 minutos el film se levanta de la monotonía discursiva y los monólogos redundantes, y regresa al ritmo del noir moderno que debió haber sido siempre y que en algún momento encontró el tono del relato. Pero para ese entonces el interés del espectador desapareció. Lo único que queda es mirar el reloj para ver cuánto le queda a esta tortura que lleva el rostro de Nicole Kidman.

Nicole. La actriz, por su parte, regresa a su faceta más forzada. Cubierta de una máscara que le pretende restar la estereotipada belleza y glamour que después luce en las alfombras rojas, Kidman muestra sus mejores y peores aspectos de su talento interpretativo. El presente destruido de su personaje es un abanico de clichés y muecas que por momentos rozan lo risible, pero sin comedia de por medio. El pasado, codificado en un tono más romántico e idílico permite que su personaje sea más natural y verosímil. Ahí no hay máscara que se precise. El problema, en todo caso, mayor, es que ninguna de estas dos caras tiene la sutileza y ambigüedad que necesita el personaje para crecer, para convertirse en una verdadera heroína del relato como lo tenía Pacino en la mencionada Sérpico, acaso una de las mejores películas sobre policías infiltrados que haya dado el cine estadounidense. 

Comparaciones odiosas. Aunque, para ser justos, tampoco hay que pedirle a la irregular Karyn Kusama que se convierta en Sidney Lumet o William Friedkin. De hecho, la referencia más directa, asimilable a la subtrama romántica, es Rush, un policial menor de la década del 90, con Jennifer Jason Leigh y Jason Patrick. La película de Kusama, es apenas una suma de pretensiones y golpes de efecto que buscan el impacto sorpresa. Un guión manipulador, la artificialidad y consciente ambición de Kidman por lograr una interpretación trascendente y, finalmente, el letargo de la segunda mitad de la narración, la convierten en una producción con riesgo, pero sin ambición sustentable con ideas. A veces esas palabras pueden funcionar bien juntas, pero en este caso se vuelven antitéticas.   

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