Último día del ciclo de terror contemporáneo. Nuestro enviado no solo se pone un tanto elogioso con la película de cierre sino que logra dar buena parte de las razones que hacen de la misma un verdadero clásico contemporáneo. En el medio de eso se dedica a pensar por qué el slasher se convirtió en lo que es actualmente y cómo nos afecta a quienes amamos el género. Y qué relación tiene eso con la parodia como síntoma de fin de ciclo. Si, Schell se puso melancólico, medio tristón, medio nostálgico y chestertoniano. Será que la saga ya cumplió veintiún pirulos, que el tiempo nos pasa y nos vamos poniendo viejos. Pasen, lean, mucho gusto y buen provecho.

Día 5: El final
Scream, vigila quién llama (Wes Craven, 1996)

Por Hernán Schell

No recuerdo (o al menos no sé) si hay muchas escenas de terror más logradas que aquella con la que abre la primer película de la saga Scream. Un juego magistral que va construyendo un suspenso progresivo mediante encuadres oblicuos, una sutil y efectiva utilización de la música y objetos pequeños como la hamaca a la que vemos moverse sin que haya viento, unos pochoclos que en medio del horror se siguen cocinando al punto tal de generar un pequeño incendio en la cocina y un escenario escalofriante de una casa llena de ventanas por las que, sabemos, podría pasar un asesino en cualquier momento sin importar cuantas trabas pueda poner esa pobre víctima llamada Casey Becker. A todo esto se le suma otra cuestión, y es que la chica es ni más ni menos que Drew Barrymore, o sea la adorable nena de E.T., ahora vuelta parte de un juego terrible e impiadoso del que sabemos que no tendrá escapatoria alguna.

Es una escena magistral, pero también muy sádica, que incluye el asesinato de un pobre chico atado y una primera puñalada metida en ralenti en el cuerpo de Casey. Es un ralenti perfecto, para nada gratuito, hecho justamente para mostrar la horrible trascendencia de ese momento pero también para que se note la propia falta de experiencia de un asesino que mira con curiosidad el momento en que penetra el arma blanca sobre la víctima. Un asesino tan distinto a ese Michael Myers que en el primer asesinato de Halloween se permitía mirar el cuchillo que le estaba clavando mecánicamente a su hermana. El asesino de Scream, en cambio, no mata con pericia, sino con cierto espíritu amateur. En ese aspecto también habrá otra característica del asesino de Scream: su torpeza, su condición desconcertantemente humana que hace que ya durante ese primer asesinato sea golpeado con una patada en los testículos antes de que finalmente pueda acuchillar a su víctima, destriparla y colgarla enfrente de la casa para que la vean los padres. En esa torpeza del asesino también la escena de Craven empieza a revelar dos cosas, por empezar el carácter crepuscular de Scream (del cual obviamente se hablará más adelante) pero también un humor que uno empieza a intuir incluso en una escena tan cruel.

Ese humor empieza a sospecharse, claramente, en el diálogo telefónico del principio, donde se habla de las películas Pesadilla en lo profundo de la noche y Halloween. Allí está el primer indicio de la autoconciencia cómica que tendrá la película. Lo que viene después del asesinato de Drew Barrymore sólo viene a confirmar lo que uno podía sospechar: que Scream es básicamente una comedia disfrazada de slasher, y que mucho de su naturaleza cómica va a estar en su autoreferencialidad, en ver a Sidney Prescott (Neve Campbell) quejándose de las chicas del cine de terror que huyen del asesino subiendo las escaleras minutos antes de que ella misma haga esto; en el personaje de Rose McGowan jugando el estereotipo de la chica provocativa del cine de terror de manera grotesca (siempre la vemos con ropas cortas y ajustadas; a veces viste así incluso chupando un chupetín o jugando con un peluche entre las piernas); o en el personaje del empleado de un videoclub rebelándonos la identidad de uno de los asesinos basándose en el slasher Prom Night (1).

Pero hay otro rasgo de extraña autoconsciencia que tiene Scream: sus alusiones a la amoralidad esencial que tienen las películas slasher. Cómo había señalado en mi nota sobre Martes 13, en las películas de este estilo se juega un juego muy extraño por el cual hay muertes por todos lados y al mismo tiempo nunca importa demasiado ninguna muerte en particular. En la película de Craven hay un contraste entre todas las tragedias horribles que pasan y la liviandad con la que los propios personajes se toman las muertes. Acá hay padres que ven colgada y destripada a su propia hija, pero también hay una protagonista a la que le asesinaron horriblemente a la madre, le secuestraron al padre y encima acusó erróneamente a una persona que está condenado a la cámara de gas. Y sin embargo, ninguna muerte parece tener realmente mucho peso. Por ejemplo, cuando los compañeros de Casey tienen que hablar de las características horribles de su muerte, lo hacen mediante chistes negros y citando otras películas. En otra escena, cuando los alumnos de una escuela se enteran que mataron al director y que lo colgaron de un poste como a Casey, en vez de sentír horror, se disponen a ir corriendo al lugar del crimen “antes de que la policía lo saque”. En alguna medida, es como si Scream se hiciera consciente todo el tiempo de que ninguna de las muertes acá tiene demasiado peso nunca, y que al mismo tiempo existe en este tipo de películas ese mismo placer morboso por ver cuerpos haciéndose pedazos.

Es fácil encontrarle comicidad a estas escenas, si. No obstante, lo curioso de esta comicidad es que no está hecha de chistes directos, sino que son parte de una lógica narrativa y formal de la trama, se decanta de comportamientos cotidianos de los personajes, es el resultado o mejor dicho, el emergente de un espíritu de farsa que se va mostrando a lo largo de todo el metraje. De ahí que uno siempre sienta que está viendo una comedia en Scream pese a que uno no se ría demasiado, y de ahí también que quizás Scream no sea una película de terror con comedia, sino una película que dice a esta (aquella, 1996) altura de las circunstancias que el género slasher se ha vuelto algo cómico. La razón de esto es que los propios clishés del slasher se han vuelto algo tan repetitivo que es ya es imposible generar algún tipo de tensión y/o catarsis genuina a partir de ese subgénero del terror. Por supuesto que eso no lo digo yo por pura sobreinterpretación, lo dice la película literalmente en la escena en la que un montón de amigos se reúnen a ver Halloween de Carpenter  y hablan de manera abierta de todos esos lugares comunes que vieron 200 veces. Que Craven lo haga usando la película de Carpenter no es casual: el éxito que tuvo aquella obra maestra con Michael Myers, fue la mayor responsable de que el slasher se haya repetido hasta gastarse; a su modo fue el puntapié inicial de un negocio que, al momento del estreno de Scream, ya se había vuelto hace rato un gigantesco chiste que pedía a gritos ser tratado como corresponde.

Craven lo hizo y su mayor mérito fue entender que el hecho de que estuviera haciendo algo que incluía el humor como coartada para pensar el género no implicaba necesariamente que lo que tuviera que filmar con desidia o restándole importancia. De hecho, uno de los mayores méritos narrativos de Scream es la precisión con la que sabe construir el suspenso y la tensión en distintos momentos: en la ya mencionada escena inicial, en la escena increíble del video visto con delay desde el televisor de una camioneta, y en el montaje perfecto con el que se construye la escena de Sidney protegiéndose del asesino en el auto. Es como si Craven supiera que para parodiar un género primero hay que mostrar que se lo conoce bien, sabiéndose sus reglas de una punta a la otra. Al fin y al cabo, Craven sabe que una buena parodia puede ser también la mejor forma de reflexionar sobre los códigos de representación. Es, al fin y al cabo, como decía el gran Gilbert Keith Chesterton:

“Tomar una cosa y hacer de ella un chiste no es tomarla en vano. Al contrario, es tomarla y usarla para un propósito extraordinariamente bueno. Usar una cosa en vano significa apoderarse de ella sin usarla. Pero un chiste puede ser sumamente útil: puede contener todo el sentido terrenal y hasta celestial de la situación”.

En Scream, no solamente se contiene el sentido del slasher, sino que también se lo termina renovando, dándole nuevos aires. La prueba máxima fue que luego de esta película vinieron tres secuelas -cada una más consciente de su propio humor, cada una más desatada y reflexiva para con el género- que estuvieron a años luz de querer ser meras secuelas chantas para generar dinero fácil. Al contrario, fueron películas hechas con seriedad y compromiso por el material, donde se logró innovar y sorprender sobre una fórmula basada en burlarse de las fórmulas y donde algo tan antitético al terror como el humor (el terror es visceral, mientras el humor requiere siempre de una distancia para poder obtener comedia) terminó siendo el motor que hacía falta para seguir sosteniendo un subgénero que parecía muerto.

Por supuesto, el problema de esta clase de resurrecciones es que sólo se pueden hacer pocas veces. Una vez que ya se acepta la comicidad esencial de unas reglas, esas reglas no tardarán mucho en hacerse obsoletas hasta para parodiarlas. De ahí también que Scream fuera en verdad la última gran saga que dio el slasher y la última que hizo algo realmente novedoso  con ella. La película de Craven es, en definitiva, un artefacto sádico y orgullosamente lúdico, renovador al mismo tiempo que crepuscular, y celebratorio al mismo tiempo que melancólico.

(1) dicho sea de paso, no deja de asombrarme la cantidad abrumadora de pistas que da la película sobre quienes son los verdaderos asesinos de la máscara. Aún así, no he conocido a nadie nunca (incluyéndome) que haya estado siquiera cerca de adivinarlos en la primera visión de la película.

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