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Tiempo de lectura: 7 minutosDossier #ContraLaCorrecciónPolítica (I)

Carla Leonardi

Confortablemente adormecidos

Por Carla Leonardi

In Memoriam Rodolfo Weisskirsh

Domesticación. El avance de la ciencia aplicada a la industria de los psicofármacos y de las terapeuticas del campo de la psicología, sumado al discurso social imperante de la inclusión e igualdad social, han producido un efecto de domesticación del poder disruptivo que encarnaba históricamente la locura. Esto no es novedoso, claro. Desde Foucault para acá hemos escuchado una y mil veces esta idea. En todo caso la novedad que aporta el cine es el modo en el que ha decidido administrar esa domesticación en la contemporaneidad que nos toca.

No es lo mismo considerar al loco como un síntoma, como emergente de «algo que no anda bien en la sociedad», como un baluarte de una disidencia o como una alteridad irreductible que resiste a la homogeneización del goce, que como una pobre víctima que inspira compasión y la condescendencia, víctima a la que hay que adecuar a la norma -a fin de aumentar la productividad capitalista mediante inclusión de nuevos ghettos de consumo- o como un ideólogo social heroico que se acomoda a los discursos de la época fundados en la segregación y el odio (que son ideas distintas a las que proponen las figuras de a alteridad y la resistencia). Y es que, más allá del orden de derecho, donde la inclusión social del loco es válida, en términos de oportunidades de circular socialmente con sus producciones y en oposición a las practicas sostenidas en el discurso médico manicomial -estigmatizantes y segregatorias- interesa pensar si la anulación del gesto subversivo de su alteridad, de su efecto de fascinación y temor en tanto otredad no termina siendo venenoso para el cine y sus posibilidades como discurso contestatario. Para esto resulta interesante pensar una suerte de evolución posible, un arco dramático de la representación posible de la locura en el cine (ya sea en sus formas mas o menos autorales, lejanas o cercanas al mainetrem) al menos desde inicios de siglo XX al presente.  Naturalmente que se trata de un recorte, pero la idea es producir un recorrido que nos permita entender dónde nos sitúa hoy la corrección política en torno a las formas de representación de la locura.

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Ayer. M, el vampiro (Fritz Lang, 1931) echaba mano a la estética del expresionismo alemán para plantearnos al psicópata criminal de niños como una figura digna de temor y temblor.No obstante, sin exculpar al asesino, la película incorpora la escena del juicio kafkiano al criminal, realizado por un tribunal compuesto por representantes non sanctos de la propia sociedad. Esa incorporación incomoda porque lee a contrapelo la moralización del crimen del asesino de niños y nos dispone a quedar en un intermedio irreductible. Más allá de la evidente crítica a la sociedad de la época, la cual se vuelca hacia prácticas de linchamiento y castigo (ligadas a la venganza y al odio al diferente más que a la justicia), el film de Lang no tranquiliza ni administra la locura. Es por eso que el juicio a la locura supone un doble valor: la locura social e institucionalizada como contraparte de una locura psicopática. El peor de los mundos es observado con lucidez, porque Lang sabe que no hay salida posible en ese contexto.

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Él (Luis Buñuel, 1953), más allá de ser considerada por el psicoanalista Jacques Lacan como una clase magistral del director español sobre la paranoia de celos, visibilizaba (valiéndose del melodrama) el poder de enfermar de una sociedad cimentada tanto en la religión católica (por la represividad de la sexualidad en general) como en un orden patriarcal en el cual el hombre es presa del imperativo de demostrar su virilidad mediante la posesión de una mujer respecto de otro varón. Al mismo tiempo, en el final, vemos a Francisco recluido en un monasterio y estabilizado por el discurso de corte místico que provee la religión. Pero esta compensación es sólo una apariencia. La ultima imagen es la de un Francisco tambaleante, que camina en zig-zag, dando cuenta de un modo de goce díscolo que no logra ser reabsorbido por la moral social cultural de la época. Nuevamente la locura opera aquí como un contra-relato que lee a la violencia cultural e institucional a contrapelo pero al mismo tiempo no exime a la patología, sino que la utiliza como instrumento discursivo que direccione la crítica con precisión milimétrica.    

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Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975) ponía de relieve desde una estética realista las practicas de sometimiento y domesticación del loco en tanto representante de la diferencia que se llevaban a cabo en la sociedad de control manicomizante. McMurphy busca evitar la condena en prisión por un delito sexual, mediante la internación en un psiquiátrico, al cual termina encontrando tan oscuro, opresivo y degradante como el ámbito carcelario. El personaje de la enfermera Ratched es la representante privilegiada del dispositivo de vigilancia y castigo que conlleva la institución del manicomio respecto de la locura. Se apunta a que el loco permanezca tranquilo, callado y fuera de nuestra vista tras los muros del loquero y de abortar la denuncia de la falla en el tejido del Otro social que ellos mismos encarnan, mediante el ejercicio sistemático de violencia sobre los cuerpos, hasta llegar al extremo de la lobotomización. Pero sin embargo, los locos se resisten a la domesticación y siguiendo el legado del gesto de rebeldía de McMurphy, apuestan en el final por liberarse de sus cadenas. Nuevamente, pero acaso con menos sutileza que las formas que utiliza Lang y Buñuel, el discurso de la locura no aparece visto desde la indulgencia, sino desde la resistencia posible a los abusos de poder.

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El presente. Ahora bien: ¿Qué lugar ocupa la locura hoy en cierto cine? Un ejemplo reciente -no casalmente fenómeno de taquilla- es Joker (Todd Phillips, 2019). En las tradicionales sagas de Batman (como la de Burton o Nolan), el Guasón es claramente  el antagonista anti-sistema que interpela al discurso capitalista desde un anarquismo planificado. En tanto agente del caos, sus performances criminales ponen al descubierto la connivencia corrupta del crimen organizado, la policía, el poder político y judicial. Y si bien tiene una ética en sus crímenes, nunca se hace de él un personaje heroico. Su locura lo mantiene, en efecto, en el marco de su carácter de villano, pero esa locura psicopática es una locura con plena conciencia política. El Guasón siempre se caracterizó por ejercer un poder de fascinación en los espectadores, porque se preservaba para él un aura misteriosa y temible. El mal psicopático que encarna es metafísico, carente de motivaciones claras. Es un personaje opaco y por tanto, fascinante.

Lo que hace Joker es, precisamente develar ese misterio al dar cuenta de la vida previa antes de la fuga del asilo mental de Arkham. Así se construye a un Arthur Fleck tridimensionalizado: victima del bullyng, de la segregación social y del abandono del Estado en el loquero, su descenso a la locura es un recorrido previsible, explicable, psiquiatrizable podríamos decir. Se trata del clishé del psicótico encerrado en la relación con una madre posesiva, que se convierte en una suerte de mártir que, desprovisto de todo recurso y conciencia política, padece sin reacción alguna violencias de todo tipo. Hasta que el desencadenamiento se manifiesta mediante el pasaje al acto homicida. Se trata de vengarse mediante el asesinato de cada uno de aquellos que lo han hecho sufrir. La película instala una lógica de melodrama lacrimógeno que toma como protagonista a un personaje que no es comprendido por la sociedad y abandona la estética de la violencia del sadismo noir que caracterizaba a la saga tradicional.  

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El derrotero de la película lleva al Joker a convertirse en un emblema de las injusticias y la desigualdad social que produce el capitalismo y lo construye como el líder despolitizado de la revolución social de los excluidos por la acumulación del capital de los poderosos y de los desencantados con la clase política. Se trata de una película que atenta contra la dignidad de la locura y que la construye como un instrumento del marketing de la violencia, que no produce resonancia metafórica alguna sobre las determinaciones sociales de la época, ya que todo se muestra explícitamente para ser comprendido. El problema no es que celebre la violencia, sino que, contrario a pensar la locura como un mecanismo de resistencia, su operación es la inversa: la inclusión social del loco desde y por la violencia. Porque se trata de una violencia políticamente correcta para la época (una violencia antisistema, si, pero carente de conciencia política: un loco lindo es un loco domesticable), que termina borrando de la locura todo posible elemento subversivo, para transformarla en mercancía lista para ser consumida como entretenimiento masivo. La corrección política convierte a la locura, de esta manera, en un instrumento mas de consumo para el mercado inagotable de las alteridades.

Buena parte del maistream actual pone al loco en situación de mártir para justificar la desigualdad social, pero apelando al discurso políticamente correcto y moralizante. El resultado son films engañosamente progresistas que emiten una idea tendenciosa en vez de provocar la reflexión a través del humor o la ambivalencia, y que al mismo tiempo son incapaces de convocar emociones en el cuerpo, ya que han renunciado a toda poética para devenir en panfleto al que sumar adhesiones. 

No se trata de expresar nostalgia por un cine ligado a inquietudes artísticas autorales, porque la época cambió y el tiempo deja su huella indeleble. Pero si de aspirar a un cine más inquietante, mas lleno de preguntas que productor de respuestas tranqulizadoras, a su vez un cine que pueda estar acaso mas libre de la agenda social inclusiva, inyectada con el empujón de la corrección política. La igualdad a nivel de los derechos no es lo que queda en cuestión aquí. Pero hemos permitido que la corrección igualadora se lleve puesta la reflexión creativa y crítica a la hora de representar la locura. El borramiento de la diferencia singular, su administración condescendiente es uno de los modos de continuar comfortablemente adormecidos. Se trata de aspirar a un cine que pueda devolverle la dignidad subjetiva a la locura y la revulsiva alteridad que su palabra detenta para que nos vuelva a despertar.

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