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Tiempo de lectura: 3 minutosDossier #ContraLaCorrecciónPolítica (IV)

Por Sergio Monsalve

Un antídoto

Este dossier, como podrán comprobar e irán comprobando, está plagado de notas pesimistas sobre aquello que nos depara la corrección política. No obstante, frente a semejante panorama, también me interesó pensar qué posibilidades de resistencia, qué antídotos puede ofrecer el cine presente. Por eso, si la corrección política es veneno para la libertad, bienvenido sea el antídoto que nos permita recuperar el pensamiento y la sensibilidad de la inteligencia y el sentido del humor. Desde este punto me interesa pensar qué cosa tiene para decir cierto cine afroamericano contra los lugares comunes desatados en los últimos tiempos del black lives matter (pero incluso un poco antes también). Un antídoto contra la corrección política del último cine afroamericano, puede encontrarse en el humor negro de Rapera a los 40, un filme que desde el afiche y el título original busca deslastrase de ciertos estereotipos que pueblan al subgénero del blaxpoitation progresista.

Mentira la verdad.  Radha Blanck dirige el concierto unipersonal, que bebe del primer Spike Lee de Shes Gotta Have It, que se inspira en los hechos reales de la protagonista, al tiempo que borronea las fronteras que separan al docudrama de la comedia mumblecore y parlanchina, después de la decantación de la contracultura underground de la posguerra. No hay una declaración autobiográfica confesional sin preguntarse, al mismo tiempo por los medios.

Abandonar la victimización de la pornomiseria. La realizadora pone el cuerpo, la voz, la interpretación hip hopera, la creatividad del guion y el volante de una cámara vérite, que capta detalles, close ups e improvisaciones con la energía de un hiperrealismo desacomplejado de prejuicios. Durante la historia, el personaje principal narra un dispositivo en las antípodas del clásico relato victimista de los látigos, las violaciones, el pare de sufrir como Precious. La joven autora desafía las convenciones del filón oscarizado por la corte de Lee Daniels, Steve McQueen y Denzel Washington, alejándose y burlándose de la estética de la pornomiseria del gueto, sin apartarse del compromiso ético de radiografiar un desplome moral y urbano más complejo que Fences, que 12 años de Esclavitud, que Nacimiento de una Nación (2016), que Nosotros

Aspiracionismo, nunca, sensacionalismo, jamás. A diferencia de Green Book, la deslenguada Rapera a los 40 no aspira al reconocimiento de la academia por la vía del adocenamiento y el aburguesamiento del tradicional arquetipo del artista de color. Tampoco expone el sensacionalismo de los pobres, locos, drogadictos y delincuentes de las periferias peligrosas de las dos costas de Estados Unidos. No es el típico Straight Outta Compton, Boyz n the Hood y Hustle and Flow que retrata la crudeza de las calles y la brutalidad policial, como el ambiente hostil donde nacen y surgen las estrellas de las líricas explícitas del gangsta. 

Contra los binarismos: contra todo y todos. Por ende, la autenticidad de Rapera a los 40 reside en su concepción del ritmo y el naturalismo, al margen de cualquier imposición binaria de raza, origen y condición social. Radha Blanck se ríe de todos en el Bronx, Queens, Brooklyn y Manhathan, con una sensibilidad que trasciende el plano de la caricatura gruesa, al igualarnos a todos en la caída y la posibilidad de redención, bajo un reparto coral de fallas, incomunicaciones y oportunidades de reconciliación. Por supuesto, unos reciben más duro que otros, dependiendo de las degradaciones del campo artístico que toca el argumento, sobre el montaje accidentado de una obra de teatro que pretende diseccionar a la gentrificación, según la mirada problemática de los mecenas del gueto. 

Sin redención: la caída sin culpa. En el ínterin, la protagonista atraviesa una severa crisis de edad, con una cuestión de peso incluida, cuyo conflicto se desata en su carrera como profesora, dramaturga y mujer solitaria. Extraña a su madre muerta, tiene un hermano al que casi no ve, conduce un salón con unos estudiantes que la bancan con una obvia condescendencia ante su ruina. Los chicos quieren ver a la maestra escenificar una secuencia de consagración heroica, como de 8 Mile, y siempre les tocará presenciar su declive. El amor llegará de repente y de improvisto, así como su tardía vocación de rapera a los 40. Las rimas hablarán de su profunda decepción, elaborarán su duelo, le permitirán desahogarse y visualizar una oportunidad de escape de la autoprisión, porque la película es bien clara en no culpar a nadie del hundimiento de Radha Blanck. 

Autocrítica: un exorcismo humanista mediante la incorrección política. Ella misma muestra que es la responsable de haber se cavado su fosa, dejarse estancar, conforarse con un premiecillo al mérito, encerrarse en los círculos viciosos del halago y las relaciones públicas del off Broadway. Un amigo asiático será su único incondicional, un coreano gay entrañable que prefiere trabajar y ser solidario con su amiga en lugar de personificar un secundario berreta que invoca a la lástima.  Rapera a los 40 culmina en un exorcismo delante de los espectadores atónitos del nuevo estreno teatral de la protagonista, quien rompe con el guion y sale del closet finalmente como una poeta de la fuerza verbal, de las oraciones filosas, de la incorrección política perdida en los arreglos tras bastidores. 

Un cine del devenir, un cine contra la cancelación. La maga abandona Oz y sus cortinas, caminando de espalda en un mercado de futuros. He aquí una commodittie del cine que nos interesa para protegernos del virus de la cancelación. Un cine óptimo del devenir, de la liviandad profunda que llama Adrián Martín.  

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