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Tiempo de lectura: 6 minutosDossier #ContraLaCorrecciónPolítica (VI)

Por Ludmila Ferreri

Todo rompen

Por Ludmila Ferreri

Recuerdo con alegría, con felicidad, los primeros dosmiles. Dormía poco, me divertía con amigos y amigas en fiestas, vivía en un pequeño departamento en capital y me llenaba de películas semana a semana. En particular las comedias. Allá por 2004, cuando El Amante cine estaba vivita y coleando (QEPD), disfruté mucho de un dossier en el que un grupo de críticos se hubiera propuesto pensar, quizás antes que nadie, en eso que luego supimos reconocer como la Nueva Comedia Americana. Porque hace ya casi dos décadas, la NCA era eso: libertad, inteligencia, sentido del humor, respuesta a la solemnidad y a los lugares comunes. Pero el pasado, a su manera, también son los padres. Y a los padres hay que matarlos (simbólicamente, ningún parricido, gente). Porque a veces es “mejor contradecirse antes que oxidarse” le escuché decir a Javier Porta Fouz en una de sus clases que nos brindaba a los alumnos y alumnas de la vieja escuela de crítica de El Amante (QEPD también). Entonces 2020. Existe la NCA? Si y no. Y de lo que existe, queda algo de aquel espíritu de hace dos décadas?

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Aquellos viejos tiempos

Al mismo tiempo, por seguir con viejos bueyes, recordé otra instancia, otra etapa de aquella revista, en la que (en muchos casos combinando cosas de comedia con cosas que la excedían), también supe disfrutar de una categoría inventada que era justísima: el cine rompan todo. Se trataba de un cine anárquico, libre, sin reglamentaciones, capaz de mezclar tonos, temas, ideas, sensibilidades. Un cine pop como pocos que, no casualmente, encontraba un fuerte arraigo en la NCA como fuente de alimentación (pero también utilizaba a la NCA como polea de transmisión hacia un futuro incierto pero feliz). El viejo rey del rompantodismo era Joe Dante, los dueños de la transición eran los hermanos Farrelly, los receptores dueños de un futuro hermoso eran tipos como Adam McKay y Judd Apatow. Qué felices éramos con tanto y con tan poco.

Pero con el tiempo, la corrección política lo arruinó. Todo rompen.

Green Book 1
Green Book

Casi 20 años después nos enfrentamos a una domesticación elocuente, evidente y dolorosa. Ben Stiller está viejo (su último aporte como director, Zoolander 2 -2016- es triste y no rompe nada, mas bien conserva lo hecho pero de la peor forma) y fuera de forma. Judd Apatow terminó por demostrar que lo que siempre le interesó fue el armado de las familias y que los chistes de pijas y similares, contrarios a ser un camino de ida hacia la libertad eran una etapa adolescente (todo su trabajo como productor pero también sus últimas dos incursiones como director van en esa misma dirección: “sentemos cabeza, ya está, no da hacer el mismo humor”). Adam McKay encontró un filón en cierto cine “con comentario político” (como The Big Short y El Vicepresidente), quedando a años luz del anarquismo hermoso de películas como Policías de repuesto. Jay Roach, que nunca fue santo de mi devoción, decidió alejarse de Austin Powers, de la saga de los Fockers y de la comedia en general para acercarse también a cierto tipo de drama cínico (como en Trumbo y Bombshell). Peter Farrelly (uno de los dos hermanos responsables de esa obra maestra que es Irene, yo y mi otro yo) decidió alejarse de la experimentalidad de la segunda parte de Tonto y Retonto y de Los tres chiflados para abrazar la corrección política de Green Book. Un tipo como Todd Phillips, que supo dirigir maravillas liberadoras como Aquellos viejos tiempos y Todo un parto se entrega al adoctrinamiento dócil de la locura en Guasón. En el medio de todo esto tipos como Jonah Hill y Seth Rogen renegando de algunos lugares comunes de la NCA y exculpándose por el sexismo de películas en las que participaron (??????).

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El problema no es que la gente cambie, el problema es que todos parecen cambiar en la misma dirección (lo que se extraña a Mike Judge, por todos los cielos). Y esa agenda, dicho sea de paso, es tomada por los festivales y premiaciones, que concluyen el proceso de canonización. Pero…se puede canonizar la anarquía para convertirla en material tolerable? Si. La corrección política logra eso: que creamos que nos estamos liberando ahí donde nos estamos adaptando a la administración del pensamiento.

El progresismo y la corrección política han llevado adelante un maridaje perfecto en donde lo que hace 20 o 30 años era contestatario, hoy es norma. LO que hace 20 o 30 años tiraba municiones para todos lados (gracias South Park por existir) hoy es motivo de cuestionamiento por su carácter no inclusivo. Chicos: la extensión de derechos está buenísima en la vida, pero en el cine nos mata, nos hace mas estúpidos, solemnes, carentes de sentido del humor, como en esta viñeta que vi en algún momento en redes sociales y me deprimió. Muchos lo saben, otros no: si, soy una mujer trans. Como muchas otras y otros sufrí mucho en cierta época de mi vida pero no puedo adjudicarle eso a películas, series o lo que fuere. No puedo pedir que en función de la inclusión se produzca una autoregulación que sea normadora, que administre la vida de los demás para adaptarse a mi. El mundo es una mierda y siempre será injusto. Pero no puedo forzar a que se imparta una “justicia preventiva” a partir de la incorporación de una agenda que atente contra la libertad de pensar, el humor negrísimo y la incomodidad. Hoy por hoy la tendencia va hacia ese lado. Y contrario a liberarnos mas a todos y hacer mas fácil nuestra existencia conjunta, nuestra coexistencia solidaria, lo único que logran estas agendas es un mayor compromiso con la “seriedad” de los “temas importantes”.

De a poco la corrección política globaliza una experiencia común, nos enlaza en sentimientos comunes, nos adoctrina sobre lo que hay que decir, cómo hay que pensar, cómo hay que ver y qué debemos ver. Lo hace no dese usinas de pensamiento teledirigidas, sino desde un esquema de pensamiento inorgánico, instalado, del que el cine se hace eco para no perder nuevos espectadores. En el medio de todo esto cae la Nueva Comedia Americana, hoy por hoy olvidada y dejada a su suerte frente a un presente de condescendencia autoritaria disfrazada de tolerancia.

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Voy a citar a mi amigo Luciano Salgado, quien decía esto en su balance de 2019: (esto)”no comenzó con El vicepresidente, de Adam McKay. Si, el mismo tipo que construye una venganza con redoble de testículos sobre una batería ajena era el mismo que construía una película wise ass, de esas a las que le falta tanto corazón (gracias Clint, no te mueras nunca) que mejor perderlas por el camino. Pero yo no me perdí ninguna de esas películas de los que supieron ser mis héroes ayer y hoy se convertían en empleados burocráticos de las multinacionales. Con El vicepresidente sufrí por partida doble o triple, porque también estaban en ella actores que amo (pero que luego se reivindicaron, como Sam Rockwell) haciendo el ridículo. Como si la sátira desmelenada tuviera el mismo efecto si se realiza en el momento en el que el poderoso de turno ejercita sus poderes a cuando ya ingresò en el ocaso. Porque todo este cine a la larga me estaba generando eso: la sensación de una cobardía cómoda con la que es fácil consensuar porque asume el lado de los buenos (hay que ser muy fascista para pensar que se posee el calibre de la verdad moral, pero siempre se consiguen esas subjetivas si uno las busca)“. Lo mejor es que tenía toda la razón del mundo: los civilizados de la corrección se habían impuesto a los bárbaros de la vieja comedia.

El presente, con una comedia cada vez mas domesticada, agendada, mira con agrado estos cambios. Ya hay una generación que se ha criado con estos nuevos parámetros y con estas ideas sobre el mundo, como si nuestro pasado, como si esa sensibilidad hermosa y juguetona que alguna vez fue lo nuevo hoy fuera, apenas, un resabio de un mundo salvaje y horrible. No, los 90s no fueron una mierda. Quizás se trató de una de las últimas décadas portadoras de una libertad que no volveremos a ver hasta que esta tontería fascista de lo políticamente correcto se acabe. O acabe con nosotros, no lo sé.

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