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Tiempo de lectura: 8 minutosDossier #ContraLaCorrecciónPolítica (VII)

Por Guido Segal

La ideología como producto

Por Guido Segal

Recientemente, el periodista Matt Taibbi, colaborador en temas de política y finanzas para Rolling Stone y una de las últimas voces verdaderamente independiente en el periodismo norteamericano, narraba algo que pocos cubrieron: la aparición de unas grabaciones de 2016 que revelan como Jeff Zucker, presidente de la cadena de noticias CNN, le daba consejos a Donald Trump para que éste le ganara el debate presidencial a Hillary Clinton, debate organizado esa noche por la mismísima CNN. Desde la asunción del candidato Republicano, la cadena ha asumido una posición crítica hacia su mandato, posicionándose como una fuente “progresista.” ¿Por qué habría entonces el presidente de un medio de comunicación asociado con lo que tradicionalmente llamaríamos la centro-izquierda de apoyar a un candidato de lo que históricamente llamaríamos la derecha o centro-derecha? Más allá de la actual validez de esas polaridades, la respuesta es clara: la controversia vende. No es la ideología la que determina el sistema de apoyo político a un proyecto sino la balanza comercial. Trump genera titulares, Trump alimenta la polémica que hace que la gente entre más seguido a la página o pase más tiempo viendo noticias. Clinton, o Biden en esta edición, generan menos volumen de conflicto, ergo tienen menos valor como entretenimiento, y le ofrecen a los medios –incluso a los supuestamente partidarios– menos margen de ganancias.

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Lo que aquí nos congrega es la corrección política y su desborde, el modo excesivo y casi totalitario en que ha crecido estos últimos años. Y lo que yo tengo para decir, antes que nada, es que hay muy poco de ideológico en esa expansión. Quizás lo hubo en un comienzo, pero hoy en día se trata, al igual que con Trump y CNN, en algo comercial. El neo-marxismo totalitario con tendencia al racismo inverso y la cancelación de todo aquello que amenace al aparato culpógeno-progresista prevalecen porque, al menos hoy, venden. Si hasta Disney, la empresa más fascista y conservadora del planeta, se apropia de las políticas de inclusión a ultranza y lanza más proyectos de diversidad que retratan a más minorías étnicas, sexuales, religiosas y culturales es porque la tendencia comercial cayó de ese lado. Todo es, sin embargo, cíclico. Si hoy ser hombre blanco y heterosexual es ser Satán, es cuestión de tiempo antes de que esa vuelva a ser la norma. Después de todo, se puede despreciar a los blancos (y muchos son dignos de ese desprecio) pero en un país como Estados Unidos siguen siendo cerca del 60 por ciento del total y en ninguna democracia representativa puede prevalecer una minoría no mayoritaria a largo plazo sin caer en la autocracia.

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Me parece importante separar entre valores o principios dignos de celebración y su ejecución, el modo en que su defensa se pone en práctica. No creo que haya mucha polémica sobre la necesidad de combatir la discriminación por color de piel o género. Tanto #MeToo como Black Lives Matter nacen de reclamos atendibles, el primero como auto-preservación ante el abuso sexual y la desigualdad laboral, el segundo como reclamo a viva voz de que la policía no puede andar disparándole a población negra pensando que su vida vale menos. (Se me disculpará si retomo al caso de Estados Unidos pero vivo en ese país y estoy en constante contacto con su realidad). Coincido con ambos reclamos y los apoyo. Ahora bien, el problema nace cuando se extreman esas ideas y se empiezan a aplicar a rajatabla en contextos en los que no necesariamente aplican. Entiendo que, como decía Mao Tse Tung, la revolución no es algo que se discuta a la hora del te, y que los cambios radicales se producen con acciones extremistas que luego se van atenuando hasta llegar a un balance. Estamos, aparentemente, en la fase radical, y allí es donde la maquinaria progresista, impulsada por el triángulo que conforman la prensa, el aparato cultural y el mundo académico de élite, se pone en funcionamiento, extremando ideas nobles hasta volverlas problemáticas. O, por qué no, fascistas. Porque el fascismo no es privativo de la supuesta derecha. El fascismo es un modo totalitario y censurador, violento y cerrado, unilateral en sus principios y ejecuciones. Que no nos sorprenda si hoy la “izquierda” es tanto o más fundamentalista que la “derecha”, o mismo si es la que hoy tiene más actitudes antisemitas, por nombrar un ejemplo.

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Lo que está en juego, a fin de cuentas, es el poder. Quién tiene la sartén por el mango. En la industria cultural actual lo tienen las fuerzas progresistas, que lo ejercen con la misma virulencia que las fuerzas conservadoras. No ha habido, en ese sentido, una mejora o una mayor humanización. Lo que hay es un sector dominante que busca excluir a un sector “enemigo”, a modo de revancha por las atrocidades que el otro sector le infligió cuando tenía el poder que hoy no tiene. No prevalece el ideal cristiano, ese de poner la otra mejilla o perdonar los pecados, sino la ley del ojo por ojo. Que no nos llame la atención que ahora hasta los españoles se desesperen por ser considerados latinos, a ver si reciben migajas de la torta de nuevos privilegios para los descastados. En todo tipo de aplicaciones y concursos, discursos y ceremonias, escuchamos el énfasis en la identidad, como si ser algo fuera suficiente como para ser digno o bueno. Es la eterna lógica de Hollywood que dice que temas importantes hacen necesariamente películas relevantes, pero aplicada a las personas: cuantas más categorías aplican a la identidad, mayor la opresión sufrida, mayor el trauma experimentado, más digna la persona de “contar su historia.” De ahí que el sentido del humor haya desaparecido y que todo comentario que pueda ser ofensivo deba ser cancelado, porque el eje del relato es el trauma, la hiper-sensibilidad, personas de cristal. Lo cierto es que, en el fondo, a la cúpula de gente vieja y blanca que aún atenta el poder en la sombras, nuestra historia personal no les importa. Siguen siendo anglosajones hasta la médula y, por lo tanto, tradicionales. Como siempre digo a mis amigos latinos, todo el mundo en Estados Unidos es conservador, aunque no lo sepa.

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Ejemplos de abuso de poder y confusión hay muchos. Hollywood se viene yendo a la mierda hace rato ya en este rubro. Que hay que cancelar a Tarantino porque goza maltratando a sus personajes femeninos y no les da igual importancia que a los masculinos (se ve que nadie vio Death Proof); que Joker es peligrosa porque es una película sobre un incel (hombre heterosexual solitario, pseudo virgen, con tendencias hostiles y potencial de dispararle a otra gente) y puede incitar a otros como él a la violencia; Elizabeth Banks se queja porque nadie vio su Charlie’s Angels y dice que es por prejuicio a películas de acción lideradas por mujeres, sin considerar que quizás estamos hartos de esa franquicia y que quizás su película es, simplemente, mala; Scarlett Johansson es vilipendiada por actuar de asiática o considerar hacer de un personaje trans sin ser ella efectivamente transgénero (suerte que nadie se enteró que Willie Garson, actor que hace de gay en Sex and the City, es en realidad heterosexual), dado que ya no basta con que los actores sepan actuar sino que sean lo que dicen ser, cosa complicada si hacen de asesinos o monstruos; y, como frutilla del postre, Black Panther, la películas más celebrada como revolucionaria y triunfal dentro de la vanguardia progresista es estrenada con éxito en Arabia Saudita, primera película comercial en hacerlo en 35 años. ¿Por qué habría un régimen autocrático islámico de permitir eso? Porque es, a fin de cuentas, la historia de una monarquía triunfando sobre grupos rebeldes. Es, sin proponérselo, propaganda gratuita para la propia realeza saudí, aliad de Estados Unidos y preocupada hace décadas por apaciguar a Al Qaeda y sus comandos desérticos.

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¿Por qué triunfa en este tiempo este modelo de defensa de las minorías y ataque a todo aquello que pueda ser considerado aún remotamente patriarcal? Bueno, el agotamiento del modelo dominante ayudó mucho. Que Harvey Weinstein y sus amigotes cayeran generó un cambio en la balanza de poder real. Esa parte es bienvenida. Ese impacto público ayuda a cementar la imagen pública del hombre blanco y heterosexual (donde se incluyen a los judíos, dado que en Hollywood no se los considera semitas) como Judas. La presidencia de Trump, alineada con esa política de misoginia y prepotencia, potenció al progresismo en Hollywood y la búsqueda del antídoto en las voces menos representadas. Esa apertura nos permitió descubrir a muchos creadores de primer nivel (como Ramy Youssef, Michaela Coel, Steven Canals en televisión, voceros de comunidades poco representadas en la pantalla antes, con puntos de vista novedosos) y también a infinidad de oportunistas, gente que apuesta por personajes femeninos estereotipadamente fuertes, o gente de color, o personajes queer hechos a los ponchazos para satisfacer a una nueva demanda que de sincera tiene poco. Por cada voz auténtica y original hay oleadas de gente que copia, imita, corta y pega y, sobre todo, baja línea. No es raro que la gente que más arruina esa autenticidad sea gente blanca y hétero, que se sube a esa ola con tal de hacer plata y sigue produciendo películas o series de esclavos que escapan de plantaciones y nos transmiten la esperanza de que todos podemos progresar. Seguramente Barry Jenkins o Steve McQueen sean sinceros con sus intenciones, pero sus productores buscan en su mayoría surfear la ola de estos tiempos y seguir facturando.

El ánimo de diferenciarse es tan antiguo como la conciencia, y así como se extreman ideas hasta volverse caricaturas (la Academia imponiendo categorías de representación obligatorias más allá de todo mérito; la priorización de técnicos y trabajadores cinematográficos según su identidad y no su mera capacidad; la multiplicación de obras de temática identitaria por encima de películas o series de género), los propios subgrupos sociales se atomizan, volviéndose cada vez más minúsculos. Lo interesante de esta progresiva auto-segregación es que no es tan revolucionaria y subversiva como se cree. Como bien dice Slavoj Zizek, la separación en células cada vez más pequeñas es funcional al mercado. Es más fácil para Nike diseñar calzado específico para cada subgrupo, o para Apple personalizar sus Iphones. Dado que todos consumimos y todos estamos atados a las pantallas, nada más fácil para las corporaciones (entre las que se destacan los polos progresistas de Hollywood y Silicon Valley) que subirse al tren de la diversidad, potenciarlo y multiplicar sus ventas. Cuando la ola deje de tender hacia la izquierda y cambie de rumbos, esas mismas empresas dejarán de publicitar la diversidad sexual, identitaria, cultural, religiosa. Al igual que CNN con Trump, apostarán –en público o en secreto– a aquello que más les convenga. Y seguiremos siendo nosotros los que quedamos atrapados en la farsa, consumiendo lo que otros eligieron por nosotros, pensando en polaridades que nos siguen ofreciendo para que quedemos enganchados, conectados, consumiendo.

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