La hija de Drácula (Dracula’s Daughter)
EE.UU., 1936, 71′
Dirigida por Lambert Hillyer
Con Otto Kruger, Gloria Holden, Marguerite Churchill, Edward Van Sloan, Gilbert Emery, Irving Pichel

La tercera es la vencida

Por Hernán Schell

Se dice que segundas partes nunca fueron buenas, se dice también que las remakes suelen ser peores que sus originales, y más dentro de la cinefilia (o bien dentro de cierta cinefilia dogmática que este dossier un poco se encarga de cuestionar) que es preferible el cine de autor al cine artesanal. El caso del Drácula de Lugosi y sus respectivas remake y secuelas, es un caso especial porque cuestiona con fuerza esos tres clishés.

La película de 1931 fue dirigida por Tod Browning, uno de los grandes cineastas del cine mudo y principios del sonoro. Browning es director (y autor) de algunos de las más impresionantes obras maestras del período silente y es también responsable de esa salvajada magistral y maldita que es Freaks.  Browning es un realizador de un corpus de películas atravesadas por una fascinación por lo monstruoso, que más de una vez tiene la lógica de un amor fou surrealista (o sea, ninguna lógica). Su Drácula de 1931 parece ser uno de esos casos claros donde la puja de una industria y sus convenciones luchan con la visión personal de un director al punto tal que Browning termina transformándose en eso que Scorsese llamaba simpáticamente como “los contrabandistas”, esos cineastas del cine americano clásico que lograban colar temas suyos en películas por encargo.

En el caso de Drácula parece estar por un lado el afán de una productora como la Universal que no quería en su momento ser demasiado gráfica (al punto tal es así que en esta película no se ven los colmillos -obvio símbolo sexual del vampiro- y hasta reemplazaron lauchas por ratas para que las imágenes no sean “tan fuertes”-, pero por el otro la sensibilidad de un Browning que transformó al monstruo principal en un personaje seductor, tan distinto a aquel vampiro que había concebido Murnau no muchos años atrás. Ahora bien, ¿esto hace a la película buena?, francamente no. Y es raro decirlo para un largometraje que a su modo logró instalarse en la historia del cine. Después de todo, gracias a Drácula se empezó a forjar la leyenda trágica de Lugosi, empezó el negocio de los seriales de monstruos de la Universal y con esto el primer gran movimiento del género terrorífico durante la era sonora. Pero lo cierto es que más allá de eso la Drácula de Browning ha envejecido muy mal, con su cámara casi siempre estática, su iluminación carente de ideas, su Van Helsing ridículo en su impostura sabia y sus discursos infalibles; y por supuesto esa ejecución final del vampiro fuera de campo que debe constituirse como la muerte de un monstruo más lavada que se haya hecho.

Se sabe que esta película tuvo una suerte de remake (o más bien diría reversión) mexicana, que la propia Universal hizo para el mercado latino, y dice también el rumor que esa película es superior a la original. Basta con ver los primeros minutos de esa versión hispanoparlante para darse cuenta que ese rumor es completamente cierto y que no sólo resulta una película mucho más esforzada desde lo visual (hay más barroquismo en la imagen) sino sobre todo desde lo actoral -esas actuaciones acartonadas de casi todos los personajes del film de Browning están reemplazados en la versión hispana por intérpretes desatados, que le dan al film un aire más  libre y por momentos hasta autoparódico-. De todos modos, mucho más interesante que la reversión es la secuela prácticamente desconocida del film de Browning llamada La hija de Drácula. Esta película se hizo cinco años después de su original, y es claramente una prueba de que Universal estaba mucho más dispuesta a darle al espectador cosas que hace apenas cinco años estaba a años luz de querer mostrarle. Si la versión de Lugosi nunca muestra los colmillos del conde para ocultar el obvio símbolo sexual de ellos y hasta es capaz de reemplazar a lauchas por ratas para no impresionar demasiado al espectador sensible; su secuela se anima a poner una escena de características claramente lésbicas y hasta bromea con la cuestión de la ausencia de ratas de la película anterior en un chiste tan lateral como sofisticado. De hecho, hablamos de una película que tiene bastante humor, muy probablemente por la propia influencia que ejerce sobre ella la película de terror inmediatamente anterior que había hecho la Universal (La Novia de Frankenstein, obra maestra mayor además de otra secuela superior a la original).
Pero el humor de La hija de Drácula es extraño, porque parece desencajado, ya que parece surgir de a ratos en una película más bien trágica y solemne, donde la protagonista en cuestión (conocida como la condesa Zalezka) pareciera una vampiresa a su pesar, cargando con la maldad de un padre mientras lo único que ella supuestamente busca es una vida normal y bondadosa.

El tema es que aquí utilizo palabras como “supuestamente”, o “pareciera”, porque parte de la sofisticación de la película es que nunca quede del todo claro hasta que punto la condesa gusta o no de ser una villana. Después de todo acá la mujer parece caer con demasiada y sospechosa facilidad a las tentaciones de salir a matar gente. Por otro lado, a Zalezka la interpreta de una actuación extraordinaria Gloria Holden, cuya interpretación hecha en la antítesis de la de Lugosi se caracteriza por su sobriedad más absoluta.Y de hecho esta sobriedad contrastante con el rostro casi caricaturesco de su actriz -especialmente iluminado además en la película para resaltar la palidez de su cara- pareciera mostrar una personalidad que hace esfuerzos porque su máscara de locura no salga a la luz. ¿Y quien combate a esta mujer?, la gran noticia es que acá el personaje de Van Helsing apenas aparece -y cuando lo hace, parece más un chiste que otra cosa, como cuando confiesa con total naturalidad a la policía que le clavó la estaca a un tipo porque era un vampiro-, en vez de eso la némesis de Zalezka es un psiquiatra escéptico, que en vez de pararse en la vereda totalmente contraria del monstruo se ve más de una vez atraído por ella. Uno lo comprende al doctor después de todo, Holden, actriz de un carisma inquietante y un raro atractivo, resulta bastante preferible a la secretaria del psiquiatra, una suerte de mala copia de actriz de comedia romántica.

Cuando se piensa por unos instantes, no es muy difícil asociar a La hija de Drácula con varios film noir de la época, en donde solían también hacernos sentir atraídos por una femme fatale malvada en contraposición con una muchacha bondadosa pero algo insulsa.  De todos modos, a la película más inmediatamente asociable a la que nos ocupa es La Mujer Pantera, hecha seis años después, en donde es fácil reconocer varias conexiones: un monstruo femenino y que carga con una maldición, la figura de un psiquiatra y una trama sexual apenas disimulada. A esa película suele calificársela de pionera en la creación de un monstruo femenino, algo que esta secuela desmiente por completo. Uno podría explicar este hecho en la cuestión misma de que ahí donde una tiene la firma de Tourneur y Lewton, la otra fue filmada por señor llamado Lambert Hillyer, quien en su raro currículum cuenta el haber filmado westerns como demente (¡106 en total!), y haber hecho el serial de Batman. Su nombre, ha quedado bastante en el olvido, lo cual quizás sea justo, pero su gran película de terror, de la que quizás no sea demasiado responsable en su resultado final; ha quedado injustamente sepultada en la memoria por su antecesora bastante insulsa, cuya fama desmedida está causada más que nada por haber sido un puntapie inicial y por la importancia del nombre que estaba dirigiendo atrás. La hija de Drácula, injustamente relegada en la historia del cine, merece una urgente valoración. Esta nota ha intentado humildemente contribuir a que tenga aunque sea una modesta fama.

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