Tremors
EE.UU., 1990, 96′
Dirigida por Ron Underwood
Con Kevin Bacon, Fred Ward, Finn Carter, Michael Gross, Reba McEntire, Ariana Richards, Victor Wong, Charlotte Stewart, Tony Genaro, Robert Jayne, Richard Marcus

Domingo por la tarde

Por Ignacio Balbuena

Mientras revisaba Tremors para escribir esta nota, me vinieron a la cabeza algunas ideas a las que hubiera podido recurrir si tuviera que pensarla desde una perspectiva autorista. Que el suspenso y el terror en espacios abiertos y diurnos, que el diálogo con el western, que las referencias a Tiburón, y la mar en coche. Recordé también algunas de las ideas que surgieron en ese diálogo entre redactores que funcionó como introducción al dossier y que decía -parafraseo- que el autorismo a veces pone al crítico en un lugar automático, cómodo. Antes que una forma de pensar el cine, el autorismo a veces resulta una excusa para no pensar en las películas. Pero hay muchas cosas interesantes en Tremors, y ninguna de ellas tiene nada que ver con la idea del autor. Al menos con el autor de cine entendido de la forma más sencilla: rasgos formales recurrentes, repetición de ciertas temáticas, una visión del mundo.

 

Tremors es una ópera prima, la primera película del director Ron Underwood, un laburante de la tv que llegó al mainstream, luego cayó en desgracia por dirigir la infame The Adventures of Pluto Nash y hoy continúa en tv. El argumento entonces de la repetición de los rasgos formales (ni siquiera retrospectivo, ya que sus películas posteriores a Tremors son muy diferentes entre sí y sin demasiada personalidad) ya se desarma. Si insistimos con el ‘autorismo retrospectivo’, podemos considerar a Brent Maddock y S. S. Wilson, los guionistas de Tremors, como los verdaderos autores. Escribieron la segunda, Maddock dirigió la tercera, Wilson la cuarta. Pero luego se desvincularon, y la franquicia siguió su camino en dos películas más, que perdieron ese aspecto entrañable característico de la saga para acercarse al cinismo del clase B de hoy a lo Sharknado. La única presencia recurrente en las seis (!) películas de esta saga de monstruos es el actor Michael Gross, ex-Family Ties, hoy devenido una suerte de mini estrella del cine berreta por su participación en esta saga, primero como actor de reparto y luego como protagonista (incluso en la 4ta, que es un western en el siglo XIX. No pregunten). Podemos entonces cederle nuestro sistema autoral al redneck survivalista y entrañable que interpreta este actor? O tal vez se lo debemos a Kevin Bacon, que intentó ignorar las cinco secuelas y al propio Michael Gross, e intentó venderle a SyFy un regreso nostálgico a lo Cobra Kai de su personaje de la película original? Es una tangente en la que por ahora no voy a desviarme, no por falta de interés sino porque quiero concentrarme en los placeres de Tremors, la película original, y no de Tremors en tanto saga.

Son varios, y no tienen que ver con un autor de cine transmitiendo una visión del mundo, sino más bien con esta cuestión celebratoria y lúdica del cine y los géneros que también se mencionaba en la introducción al dossier. Los mismos realizadores de la película hablan un poco de esto en un Making Of que vi en YouTube. Tremors surgió de una idea sencilla que los guionistas tenían cajoneada (‘Que pasaría si no me puedo bajar de esta roca porque algo acecha debajo?), y Ron Underwood la terminó dirigiendo simplemente porque era amigo de los guionistas y encontró una oportunidad para debutar en el mundo del largometraje, después de años de televisión y cortos educativos. Pero Tremors no tenía mayores pretensiones que ser una película de monstruos efectiva, con un tono entre la comedia y el terror. Nada más y nada menos que eso. Lejos de ser la visión singular de un autor, Tremors es el resultado de un trabajo en equipo, y uno entusiasmado por la idea de hacer efectos y construir sets antes que por transmitir un subtexto. Un equipo emocionado por jugar con esos monstruos tangibles en un set construido en el medio del desierto. Un sandbox literal en el que experimentar como si fuera un set de legos, con Kevin Bacon y los graboides como las figuras de acción.
 

La falta de personalidad no hace que la película sea menos memorable. Tremors es probablemente una de las películas de género más recordadas y vistas de los tempranos ‘90. Alquileres en VHS, infinitas repeticiones en cable. Es una película que le pertenece no ya a los realizadores y a Kevin Bacon sino definitivamente al público, de esas películas que se fijan en el imaginario pop, que unen a los cinéfilos con el espectador casual que veía clásicos ochentosos doblados en su infancia, que recuerda a Stallone diciendo ‘Corta el párpado Mick!’. Por supuesto, grandes blockbusters de los ‘80s y ‘90s son de autor, desde Duro de Matar y Aliens a Volver al Futuro, pero películas como Tremors no, y eso permite que la podamos considerar como una experiencia de cine no atravesada por esa ventana a veces reductora que produce el autorismo. Son varias las escenas que hacen grande a nuestra película. Desde el ingenioso manejo del suspenso en relación a sus criaturas (el carácter subterráneo que permite el fuera de campo, recurso formal pero también con conciencia del presupuesto, menos bicho visible es menos gasto), a los efectos especiales hechos en cámara, como esos sets desarmables con techos y pisos movedizos, y montones de objetos que se mueven aquí y allá. También las muertes: la escena en que uno de los bichos se traga en un auto de noche y termina con un plano abierto y lejano que muestra los haces de luz apagándose es tan hermosa como desoladora. Se apaga un a luz y unos segundos después la otra. Y queda el desierto en silencio unos segundos. En una película donde el terror transcurre de forma mayoritariamente diurna, ese momento es doblemente efectivo. En otra escena, los personajes principales descubren que pueden engañar a los monstruos saltando de roca en roca usando unos palos largos como garrochas. Y se arma un montaje de lo más juguetón con los personajes saltando en sincro con una música bien lejana del momento tenso que en realidad viven los personajes. Pero la película logra de forma notable ese balance tonal, entre el suspenso y el terror pero la también la comedia y el romance con personajes entrañables, de esa forma tan seamless en la que lo hacían las películas de finales de los ‘80.
 

Y ni hablar de uno de los momentos más icónicos de la película, ese en el que la pareja de fanáticos de las armas se enfrenta cara a cara con un ‘graboide’ y salen airosos, a fuerza del american way, es decir, con una pared de armas. Una escena extraordinaria, con los dos personajes disparando armas y municiones cada vez más grandes y poderosas hasta que eventualmente el bicho cae. Momentos antes, Kevin Bacon se comunicaba con ellos por radio y ante la aparición del bicho, se escuchaba un grito de  ‘Jesus Chr-’ cortado. Claro, el viejo y conocido tropo de la comunicación radial interrumpida repentinamente para contar la muerte de un personaje. Pero los realizadores de la película se encargan de jugar con esos tropos, de invertirlos y retorcerlos un poco y por eso nuestros rednecks salen vivos luego de esa muerte anunciada. Por eso también se permite un poco jugar con el cine y recurrir a la cita explícita (esa muerte con el bicho masticando al dueño del almacén sacudiéndolo de acá para allá como en Tiburón), no tanto por buscar el diálogo con el cine de Spielberg, o una conciencia formal, sino simplemente por pensar, ‘nos gustó Tiburón, quiero que nuestro bicho se morfe a un tipo de la misma manera’. Por jugar, por usar una película anterior como una herramienta más dentro de la caja. Tremors no necesita de autores para tener éxito. Los deja enterrados, subterráneos, como a sus bichos monstruosos. En la superficie, sobreviven la fiesta del cine y el mullet grasún de Kevin Bacon.

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