De a poco iremos subiendo las elecciones de los integrantes de la redacción. El juego del dossier consistirá en lo siguiente: cada redactor eligió 10 comedias fundamentales en su vida, 10 comedias que lo transporten inmediatamente a la felicidad (sin ningún orden de prioridad). A su vez, mas allá de esa lista (o incluyendo películas de esa misma), les pedimos que eligieran tres películas sobre las cuales pudieran explayarse. Pero solo pedimos una condición a cumplirse: que una película fuera una comedia canónica, conocida, celebrada; que otra fuera una comedia más bien relegada, olvidada o desconocida, de ser posible; y que la última fuera una comedia contemporánea, de los últimos 10 años. Con esas pautas la redacción fue pensando sus elegidas. Y de a poco las iremos compartiendo. Aquí les dejamos la tercer entrega.

Amilcar Boetto

1.Luces de Ciudad (Charlie Chaplin, 1931)
2.Love me, Tonight (Rouben Mamoulian, 1932)
3.Bringing Up Baby (Howard Hawks, 1938)
4.What ́s Up, Doc (Peter Bogdanovich, 1972)
5.Después de hora (Martin Scorsese, 1985)
6.Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios (Pedro Almodóvar, 1988)
7.Citizen Ruth (Alexander Payne, 1996)
8.El gran Lebowski (Joel Coen, 1998)
9.Legalmente Rubia (Robert Luketic, 2001)
10.Bridesmaids (Paul Feig, 2011)

Canónica: Bringing Up Baby (Howard Hawks, 1938)
Como escribió Rivette, lo que más importa en el cine de Hawks es el movimiento, en su asunción del aquí y ahora por sobre lo trascendental, en la priorización de lo gestual por sobre lo ilustrativo. En ese foco, el director encuentra una acumulación que genera sus consecuencias, el paroxismo de esos gestos y movimientos, convergidos en esta película a través del screwball, genera un desenmascaramiento de los personajes. Sus rutinas y sus obstinaciones se presentan como una máscara que salta por los aires cuando chocan entre sí, porque son solo una máscara que oculta un verdadero comportamiento, y en la liberación de ese comportamiento es que se presenta la libertad y alegría absoluta de esta (y de todas sus) película(s).

Desconocida: Citizen Ruth (Alexander Payne, 1996)
La manipulación política provocada por cierto ideal y su falta de anclaje en lo real es representado de tal manera en la ópera prima de Alexander Payne, que hace que todo parezca muy simple en su funcionamiento. Pero no una simpleza provocada por una visión limitada del mundo, sino por un gesto irreverente y casi anárquico que es el de la desconfianza en los grupos políticos y en la celebración del ciudadano, de los valores de un sentimiento, de una voluntad y, en definitiva, de la democracia, entendida como la libre elección de nuestras posibilidades. La gestualidad que a Laura Dern ya le concocíamos de sus colaboraciones con David Lynch, logra un muy bello contraste con los maleantes del pragmatismo, porque Ruth es pura ternura y humanidad, y esas son dos condiciones que vuelven al mundo a un lugar mejor, y más simple.

Contemporánea: Bridesmaids (Paul Feig, 2011)
Puede que haya algo de la Nueva Comedia Americana en la película de Paul Feig (esa escena graciosísima cuando van a comprar el vestido, sobre todo), pero si lo hay, lo hay con una consciencia de que eso que está posible, ya no está siéndolo tanto. Es algo bastante relacionado a lo que se planteo en el editorial de este mes: toda buena comedia oculta un vacío, pero nos arma contra ese mismo. Y el vacío que nos puede generar el paso del tiempo, poco ayudado por la crisis del 2008 (que demostró a Estados Unidos, una vez más, que no todo es posible), parece ser un gran peso en esta comedia del 2011. Pero convivir con ello y ser infinitamente feliz, es posible (la película debe tener los gags más graciosos de la última década), y es posible cuando asumimos esa doble cara de todo humano, que se ríe de lo desastroso (el acto de reírnos de algo que a los personajes los está lastimando -en aquella escena donde Kirsten Wiig destruye toda la casa de su amiga- es un acto ambiguo en si mismo), que se enoja por la felicidad, pero que también puede aceptar los mundos que conviven en cada uno. La tan preciada humanización de los personajes es eso. Convivimos con ellos, porque nos enfrentan a nuestras contradicciones. Es eso.

Gabriel Santiago Suede

1.Goodbye Charlie (Vincente Minelli, 1964)
2. A mighty Wind (Christopher Guest, 2003)
3. Mal ejemplo (David Wain, 2008)
4.Hudson Hawk (Michael Lehmann, 1991)
5. Idiocracy (Mike Judge, 2006)
6.El mundo según Wayne (Penelope Spheeris, 1992)
7.El colegial (Buster Keaton, 1927)
8.La fiesta inolvidable (Blake Edwards, 1968)
9.Talladega Nights: The balad of Ricky Bobby (Adam McKay, 2006)
10.Action Point (Tim Kirkby, 2018)

Canónica: Cuando Harry conoció a Sally (Rob Reiner, 1989)
Existe acaso una película con semejante nivel de perfección y que nos provea de tanta felicidad junta que termine por resultar un verdadero salvavidas cuando estamos tristes? Si esa película existe es esta maravilla canónica de Rob Reiner, un director olvidado pero que supo entregar películas indestructibles durante los 80s y los 90s pero que en las últimas dos décadas se fue perdiendo, (casi paralelamente con otro olvidado: James L. Brooks). Asi las cosas, Cuando…es una película feliz, precisamente porque asume la tristeza. Nada de lo que narra se olvida de esa necesidad. Por eso nos atraviesa por una diversidad de variables sobre la vida adulta en pareja. Pero lo hace con una fluidez envidiable, con una velocidad enjabonada (hay gags verbales que hay que volver a ver porque manejan mas niveles de los que creemos haber escuchado) y una humanidad a flor de piel. Si, ya sé que no hay análisis alguno en todo esto, sino la entrega lisa y llana admiración. Pero admito que es mas que eso: es una película salvadora para casi cualquier circunstancia vital. Pruébenlo en este contexto horrible y díganme si me equivoco.

Desconocida/Olvidada: Kids in the hall: Brain Candy (Kelly Makin, 1996)
Hacia mediados de los 90 un puñado de canadienses dementes construyeron un programa que seguía la mejor tradición de los Monty Python. Pero iban incluso un poco más allá (tanto como para ser el mejor antecedente de la Nueva Comedia Americana?). Por eso los supimos amar en aquellas noches de sábado en el HBO de mediados de los 90s. Con el tiempo el grupo se disolvió, su trabajo se volvió una influencia indispensable y en buena medida la comedia más procaz, ácida y provocativa (esa palabra, Dior) que podamos encontrar hoy (tarea titánica, pero algo no tan complicado hasta apenas un lustro atrás) termino bebiendo de ellos. Por eso es clave reivindicar su única comedia cinematográfica, un verdadero elixir de los dioses del olimpo. Se trata de una película de sketches, si, pero articulados por el eje común del caramelo en cuestión, que libera a los personajes y los convierte en personas desinhibidas y felices. Lo más notable es que no hayan pensado en una continuación. No obstante, el presente no puede ser taaaaaan malo: hace muy poco anunciaron su regreso. Es lo que pasa cuando una época se convierte en parodia de un mundo de libertades: solo el retorno de los viejos maestros puede poner las cosas en su debido lugar.

Contemporánea: Los Muppets (James Bobin, 2011)
Nunca fui un gran seguidor de Los Muppets, lo confieso. Algunas de sus películas me parecen buenísimas, otras más o menos. El programa, por otra parte, siempre me pareció más sofisticado de lo que parecía. Pero las películas siempre estaban por debajo. Por eso cuando en su momento se estrenó la película con el nombre liso y llano de Los Muppets digamos que no salí corriendo al cine. Craso error, porque en el medio me perdí una cosa hermosa. Y mientras salía de cartel y casi toda la gente a la que aprecio y en cuya opinión confío me decía «boludo, andá a verla al cine» yo me dejé estar. Hasta que una tarde, luego de una agotadora discusión de pareja, recaí en la película, que me había venido a rescatar (pero por cable). El resultado es una pompa de jabón con un copo de azúcar. Y todo eso dentro de un malvavisco. No, nos una película sobre estar anestesiado. Sino, como bien rezaba la introducción de este dossier, sobre la posibilidad de ser feliz (no la obligación, no la norma, sino la posibilidad, como una necesidad que nos saque de la tristeza de pensar que no nos hace falta nada ni nadie: «I’ve got everything the i need» reza el mantra pegajoso de la canción que se vuelve leitmotiv). De hecho toda la película no es otra cosa mas que una gran sucesión de hechos constructores de felicidad mediados por el musical. No es fácil proveer de felicidad a un espectador. No es fácil hacerlo de manera clara, fluida, como si se tratara de un acto respiratorio. Y sin embargo Los Muppets lo logra sin esfuerzo. Obviamente me puse a repasar las películas. Todo es por algo. Siempre.

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