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Tiempo de lectura: 9 minutosDossier Comedia para el fin de los tiempos (IX)

Varios Autores

De a poco iremos subiendo las elecciones de los integrantes de la redacción. El juego del dossier consistirá en lo siguiente: cada redactor eligió 10 comedias fundamentales en su vida, 10 comedias que lo transporten inmediatamente a la felicidad (sin ningún orden de prioridad). A su vez, mas allá de esa lista (o incluyendo películas de esa misma), les pedimos que eligieran tres películas sobre las cuales pudieran explayarse. Pero solo pedimos una condición a cumplirse: que una película fuera una comedia canónica, conocida, celebrada; que otra fuera una comedia más bien relegada, olvidada o desconocida, de ser posible; y que la última fuera una comedia contemporánea, de los últimos 10 años. Con esas pautas la redacción fue pensando sus elegidas. Y de a poco las iremos compartiendo. Aquí les dejamos la novena entrega

Mariano Bizzio

1. Te odio, mi amor (Preston Sturges,1948)
2. Se acabó el mundo (Blake Edwards,1981)
3. Cuando besa mi marido (Carlos Schliepper, 1950)
4. The Foot Fist Way (Jody Hill, 2006)
5. Mas loco que un plumero (Jerry Lewis, 1983)
6. Ocho noches de locura (Seth Kearsley, 2002)
7. Te amo, hermano (John Hamburg, 2009)
8. Las locuras del emperador (Mark Dindal, 2000)
9. Mal ejemplo (David Wain, 2008)
10. Body Drop Asphalt (Junko Wada, 2000)

Canónica: Después de hora (Martin Scorsese, 1985)
Si, seguramente alguien pueda pensar que es excesivo. Porque Después de hora fue un pequeño gran fracaso para Scorsese, pero también significó un retorno del infierno que había experimentado entre New York New York (1978) y Toro Salvaje (1980), mediando esa obra maestra oscura que es El rey de la comedia (1983). La pesadilla circular del protagonista terminó siendo la mejor forma que encontró Scorsese de salir de su propio universo, al menos a primera vista, ya que si leemos entre líneas hay mas puntos de contacto con el núcleo duro de su obra de lo que podamos pensar. Toda la película es un periplo nocturno perfecto, pero también una fábula sobre la salida del mundo conocido y la experiencia horrorosa del exterior. Por eso todo lo que vemos está signado por la paranoia, por la pendiente de la degradación. Pero para Marty el infierno es encantador, de manera que todos los obstáculos que enfrenta Paul Hackett, el protagonista, son vistos con una óptica delirante, extraterrestre, pero nunca depresiva. Porque en el cine de Scorsese la opresión de la pesadilla no es generadora de monstruos. En todo caso es el punto de partida para una montaña rusa de casualidades perfectas, geométricamente diseñadas, como si todas sus comedias estuvieran tensionando el mundo ordenado y previsible por un lado y el caos por el otro (por eso las mejores películas de Todd Phillips, como Todo un parto y Qué pasó ayer? son las que mejor entendieron al petiso…y no esa cosa informe y sobrevalorada que fue Guasón, que es un Scorsese degradado). En esa fábula circular todos somos Paul Hackett durante algunas horas, intentando volver a una Ítaca inexistente e imposible: el barrio que nunca debió haberse abandonado. Marty llora la salida del ghetto cada vez que puede y se le da la gana. Pero a veces la pega con un humor irresistible. En su momento fue menospreciada. Hoy Después de hora es un pequeño gran clásico inoxidable.

Desconocida/Olvidada/Subvalorada: Hudson Hawk (Michael Leehman, 1991)
Michael Lehmann es uno de los eternos olvidados de la comedia. Fue un director imprescindible desde su debut en 1989 con Heathers, tuvo su pico mas alto en la perfección de Hudson Hawk y una gran relectura de las comedias de encierro en Airheads (1994). A su vez llevó cabo una de las versiones más inteligentes de Cyrano de Bergerac con La verdad acerca de peros y gatos (1996). De 1998 a 2007 discontinuó drásticamente su participación en el cine, con películas irregulares. Y los últimos 12 años se los dedicó íntegramente a la TV. Pero hay que volver al cine de sus primeros años, sus gloriosas comedias de los 90s. Por eso hay que recuperar a Hudson Hawk, una maravilla que no tiene nada que envidiarle a Preston Sturges. Con un Bruce Willis en estado de gracia, recuperando su mejor condición de comediante pero sumándole una dosis de humor físico que no había sabido aprovechar en los primeros años de carrera (pero que luego de la experiencia de Duro de matar (John McTiernan, 1988) adquirió plenamente), estamos ante un prodigio de velocidad, comedia física y verbal, timming preciso y varios adjetivos mas, con los que no pienso aburrirlos. Si no la vieron, van a amar a los fox terriers y al cafe expreso. Yo les avisé.

Contemporánea: Forgetting Sarah Marshall (Nicholas Stoller, 2008)
Imaginen si la comedia contemporánea tendrá problemas que tenemos que apelar a películas que, en los mejores casos, tienen cuatro años sino directamente ocho o diez. Bueno, yo también violé la regla y elegí una de 2008. Podría haber puesto a esa hermosura de Cómo saber si es amor? (James L. Brooks, 2011), o esa belleza que es Una esposa de mentira (Denis Duggan, 2011) o a esa otra maravilla de Nicholas Stoller llamada The five year engagement (2012), pero elegí este objeto preciso, hecho de cortes filosos (no se me ocurre otro director actual de comedias que use el montaje con tanta precisión como lo hace Stoller). Forgetting Sarah Marhsall es una comedia romántica triste como ella sola. Pero también es portadora de una ternura infrecuente, una de esas ternuras de peluche que son el mejor antídoto contra el cinismo, entre otras cosas gracias a Jason Segel. Pero la comedia aquí es un verdadero acto de equilibrismo entre la calidez y la brutalidad quirúrjica de las formas. Es que el cine de Stoller tiene eso: nos pone entre dos mundos, el de la empatía y el de la frialdad. Y en ese vaivén vivimos desesperadamente, como el protagonista, entregado a rehacer su vida luego de una separación y un intento de alejamiento de una ex más tóxica que el Riachuelo. Visiten el cine de Stoller. Pero en particular esta, una verdadera obra maestra contemporánea.

Sebastián Rosal

El hombre sin pasado (Aki Kaurismäki, 2010)
La adorable revoltosa (Howard Hawks, 1938)
La Prunelle de mes yeux (Axelle Ropert, 2016)
La vida de Brian (Terry Jones, 1979)
Las vacaciones del Sr. Hulot (Jacques Tati, 1953)
Office Space (Mike Judge, 1999)
Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942)
Sherlock, Jr. (Buster Keaton, 1924)
Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)
El Botones (Jerry Lewis, 1960)

Canónica: Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942)

-Profesor Siletsky: Sé que usted es muy famoso en Londres, Coronel. 
Lo llaman “Campo de concentración Ehrhardt”.
-Falso Coronel Ehrhardt (entre risas): Nosotros ponemos la concentración 

y los polacos hacen el campamento.

Una de las comedias (si no la más) libre, insolente y desprejuiciada de la historia del cine podía permitirse, en 1942 y en plena Segunda Guerra, esa clase de chistes. No era la primera vez que la amenaza nazi y la figura de Hitler eran tomadas con sorna: dos años antes El gran dictador de Chaplin iniciaba el camino, pero lo que en esta quedaba relegada frente al peso agobiante de la moraleja, en la obra de Lubitsch aparecía en primer plano. En Ser o no ser el medio es el mensaje, y el medio es un humor corrosivo, irrespetuoso, que entiende a la perfección el poder sanador de la risa y su efecto terapéutico, aunque no menos que sus implicancias políticas.

Pero si la Varsovia invadida por el Reich de 1939 se presta a la sátira desenfrenada sobre cualquier aspecto (del protocolo ridículo del saludo hitleriano a una crítica de la estratificación de las jerarquías militares; de la existencia de los campos de concentración a la obsesión represiva del aparato nazi), las resonancias no terminan allí. Y es que Ser o no ser, con su danza de personajes que son tanto lo que son como lo que desean hacer creer que son, con su juego de sutiles cajas chinas y simulacros, puede expandir su espíritu muriático sobre casi cualquier cualidad o defecto de la conducta humana: en ella hay lugar para la infidelidad, para el galanteo del amor, para la vanidad, la solidaridad, la valentía, la estupidez y la dignidad, todas juntas y multiprocesadas a la velocidad de la luz, atravesadas por el encanto de una gracia levitante que puede dispensarse sobre cualquiera de sus criaturas. Ese es el milagro de Lubitsch: nadie puede dudar del bando al que adhiere, pero no por eso le niega a sus nazis de caricatura los atributos de la simpatía. A la vuelta de la historia, esa constatación deja un resabio amargo. Las esquirlas del nazismo aún permanecen, aquí y allá, pero no es descabellado decir que nuestro mundo es un lugar mejor que el de 1942. Sin embargo, ese humanismo lubitschiano es un lujo que el cine ya no se permite, aferrado a una corrección política que dictamina, a priori, las virtudes y falencias de los buenos y los malos.    

Desconocida/Olvidada/Subvalorada: Office Space (Mike Judge, 1999)
Como pocas, Office Space supo retratar el pulso de su tiempo. No solo porque la mastodóntica Initech en la que Peter, Michael y Samir reniegan todos los días bien podría resumir las características de las empresas que llegaron, para quedarse, en los 90, con su idea de eficacia que siempre huele a engaño, su obvia precarización laboral o sus superficies pulidas, volátiles, propensas a la desaparición rápida (en ese sentido, el incendio final bien podría pensarse menos como la resolución de una trama o una venganza contrafáctica que como la evidencia de ese carácter peregrino, fugaz). Y no solo, además, porque esa insatisfacción laboral expande (derrama, para utilizar un verbo puesto de moda en aquellos días) su ponzoña en el resto de la vida de quienes trabajan en ella, en la furia contenida de un congestionamiento en la ruta o en la abulia de una existencia que parece ser vivida para el beneficio de otros. Lo que la película de Judge pone sobre la mesa es el choque de dos mundos, uno en retirada precipitada y otro que, para ese entonces, ya daba señales suficientes de haberse impuesto: un paquete que incluye globalización, tecnología, bytes, pines a empleados del mes, luncheon tickets y happy hours, frente a otro en el que las certezas casi inconmovibles de más de un siglo de organización en el trabajo finalmente quedaban reducidas a un recuerdo feliz e ideal. La abrochadora que maniáticamente reclama Milton condensa esa pelea: aquella cuyo desenlace fue la pérdida de esos elementos sólidos, asibles, capaces de brindar, en su materialidad, algo de tranquilidad; un dique de contención frente a un mundo que se había convertido, con rapidez, en una pesadilla demasiado gaseosa, dolorosamente expulsiva. Que la victoria final de Milton, con piña colada en el Caribe incluida, no llame a engaño. Su triunfo no es la venganza de los tontos, sino la borrachera previa a la resaca. El reverso del humor de Office Space es una tragedia en sordina que aún se desarrolla.  

Contemporánea: La Prunelle de mes yeux (Axelle Ropert, 2016)
La película más feliz, más expansiva del Bafici 2018 fue la francesa La Prunelle de mes yeux, formó parte del foco de Axelle Ropert y pasó casi inadvertida. Aquella fue mi primera edición como editor del catálogo del festival, de manera que alguno podrá pensar, con cierta malicia, que mi simpatía con ella (instantánea en su momento; inalterable aún) tiene que ver con la alegría que me produjo aquella circunstancia. Para decirlo sin muchas vueltas: perfecta en su timing y adorable en sus personajes, La Prunelle de mes yeux es una gran comedia romántica y sus méritos exceden, por mucho, aquella coyuntura. La historia y sus personajes son de manual: el chico y la chica (Théo y Elise, Bastien Bouillon y Mélanie Bernier, luminosos hasta la ceguera, hasta en la ceguera); el encuentro fortuito (aquí, puntualmente, en el ascensor, convertido en caja de resonancia para los meandros del amor); los secundarios siempre necesarios (el hermano de él, la hermana de ella, el griego dueño del restaurant); las vueltas y las idas en su relación (Théo simulando su ceguera, el tercero en discordia, los tropiezos azarosos y no tanto); la melancolía, ese reverso inevitable del amor, que se cuela cada tanto, aquí y allá; la fotogenia de París, la ciudad que desde siempre parece haber sido inventada para ser el set perfecto de los enamorados. Sobre esa partitura ya conocida pero ejecutada a la perfección, Ropert monta una maquinaria aceitada que se anima a gritar a los cuatro vientos que el amor todavía es posible y que, con inteligencia y sensibilidad, el fatigado género de la comedia romántica todavía es lo suficientemente elástico como para ser reinventado. En el universo de La Prunelle de mes yeux no hay una cesura, ni circunstancias que clamen por un gesto adusto (ni siquiera la ceguera, tomada aquí como un dato cuya principal función es la de poner el engranaje en movimiento). Hay, en cambio, un elogio de la joie de vivre y de la música como background vital, un espíritu que, en su felicidad, se vuelve subversivo. Su encanto es el de la soportable levedad del ser, el de una irrealidad que puede pulverizar, en base a su grácil amabilidad, todo el cinismo del mundo.

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