Una felicidad provisoria

Por Ludmila Ferreri

Al mediar el mes pasado, en los intercambios de mails, mensajes e ideas, surgió entre algunos compañeros de la redacción la idea de salirse del microclima (que en realidad es generalizado, pero que genera la toxicidad propia de respirar dióxido de carbono en vez de oxígeno) de la pandemia. No solo nos propusimos organizar una serie de notas en torno a las experiencias de confinamiento -pero mas que nada notas sobre los modos de evadirse de ese encierro mental- sino que surgió la imperativa necesidad de escribir sobre películas que nos hicieran felices. Pero como bien indica el editorial que abre este número, no nos interesaba pensar en una felicidad anestésica, de esas que buscan ocultar el dolor, la incomodidad y el espanto. En todo caso creíamos que se trataba de una felicidad que pedía a gritos abrazar las contradicciones.

Por eso no se nos ocurrió un género mejor para acercarse a esa experiencia que la comedia. De cualquier clase: la comedia física, la comedia taimada y verbal del screwball, la comedia musical, la comedia escatológica, la comedia romántica, la comedia sofisticada. Porque la comedia es el género de las pesadillas. Cómo? Nadie lo puede explicar mejor que George Bayley, el protagonista de Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), cuya vida se convierte en un oscuro camino. Y que en virtud de la mediación de un milagro imposible (el milagro de la comedia es mayor que cualquier milagro de navidad) logra salir de esa oscuridad, que se impregna y que no se borra.

El período clásico del cine de estudios en Hollywood supo construir una sucesión finita pero constante de pesadillas diurnas y de felicidades nocturnas que se volvieron reversibles. Pero directores como Frank Capra y Preston Sturges fueron especialistas en la construcción de mundos contrastados. Porque si hay felicidad es porque existe el contraste, es decir, porque hay tristeza, miedo, desesperación.

En un hermoso y divulgadísimo video (que pueden ver aquí) de algunos años atrás, el hoy prohibido y casi olvidado Louie CK hablaba sobre su odio a los celulares. Y la relación entre estos, el miedo al vacío y la intolerancia a la frustración de la tristeza (pero también de la soledad). Louie sostenía algo no muy distinto a lo que podemos reconocer en buena parte de la obra de Capra y Sturges (pero también de Ben Stiller, de los Hermanos Farrelly, de Adam McKay, de Judd Appattow, de Penny Marshall, de Peter Bogdanovich o del mismísimo Howard Hawks): que detrás de la comedia siempre hay un vacío insoportable. Pero que contrario al relleno, la comedia nos entrena, nos enseña a atravesarlo, a transitarlo con las mejores armas posibles, que derivan de la ironía, del sentido del humor frente a cualquier pesadilla que nos rodee. Bueno, volviendo a Louie, en el mencionado video el comediante cuenta cómo la experiencia de lidiar con el dolor, la soledad y la angustia termina siendo la gran clave para que, por contraste, el momento de la felicidad llegue. Pero no como una purga, sino como un acompañamiento necesario. En alguna medida entonces la comedia siempre que estuvo no fue necesariamente para brindarnos una felicidad perenne, sino apenas un reconocimiento provisorio de los horrores del mundo.

Quizás uds puedan vivir sin la comedia. Quizás puedan vivir sin comedia en su vida. Quizás puedan lidiar con la soledad, el dolor, el vacío o la angustia de otras maneras. Para quienes hemos mirado películas toda nuestra vida, la comedia no es mas que esa isla en la cual decidimos refugiarnos de los males del mundo, especulando que en efecto se trataba de una isla y que nos refugiaba. Lo que quizás empezamos a notar, acaso un poco tarde, es que la isla no existe. Y la comedia fue ese puente provisorio , esa felicidad momentánea, entre tanta tristeza y desolación. En estos días de incertidumbre, crucemos todos los puentes que podamos. Y que la intemperie de la comedia nos cuide de la tormenta.

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